Ya no se puede trabajar sin miedo

#DespuésDel22F

A unos metros de un 7-Eleven afectado durante los hechos violentos del 22 de febrero, una mujer vende tamales mientras observa a quienes pasan sobre avenida Arco del Triunfo. La ciudad parece haber vuelto a la normalidad, pero ella no lo cree posible. Desde hace años aprendió a trabajar con miedo: pendiente del celular, de los rumores y de cualquier movimiento extraño en la calle. En esta zona de Zapopan, comerciantes y trabajadores conviven con una violencia que no siempre deja edificios incendiados, pero sí una sensación permanente de alerta.

Por Luciana Arias / @lucianaariasa

“Yo creo que ya nunca se vuelve a la normalidad, porque si volviera a la normalidad, uno no saldría a la calle con miedo y demasiada precaución”, dice una mujer que vende tamales sobre la avenida Arco del Triunfo, en Zapopan.

“Pasan los años y te vuelves a sentir confiada hasta que vuelve a pasar alguna otra cosa y te das cuenta de que realmente la violencia nunca cesó, solamente uno se confió”. 

A unas cuadras de la estación Arcos de Zapopan de la Línea 3 del Tren Ligero, la gente transita con aparente normalidad. Los negocios permanecen abiertos y, desde un puesto de toldo rojo intenso, se desprende el olor a tamales recién calentados. 

Detrás del mostrador, una mujer de cabello rubio y delantal negro acomoda las ollas mientras espera clientes. Más adelante, sobre la esquina con avenida Juan Gil Preciado, un 7-Eleven rompe parcialmente esa imagen cotidiana. 

A simple vista parece un establecimiento cualquiera, pero los anaqueles vacíos y un cartel colocado en la fachada —“permanecemos abiertos en la tienda de enfrente. ¡Te esperamos!”— todavía dejan ver las huellas de la jornada violenta del 22 de febrero de 2026, cuando este y más de 400 establecimientos resultaron afectados tras el abatimiento de Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. 

Trabajar cerca de una de las zonas afectadas convirtió la violencia en algo menos lejano para quienes pasan ahí todos los días. Ese es el miedo con el que convive la vendedora de tamales desde hace años. 

“Últimamente es complicado salir a la calle, porque realmente siento que ya no puede uno caminar en la calle como caminaba antes. Digo, antes uno caminaba y no tenías que ir volteando para atrás y a los lados, caminaba con seguridad. Y ahorita para mí ya no existe esa parte, todo el tiempo uno tiene que estar volteando para estar alerta en todos lados”, narra. 

Lleva cuatro años trabajando en ese punto. 

El domingo 22 de febrero era su día de descanso, pero se enteró de lo que ocurría por una llamada de su jefe, quien le avisó que al día siguiente tendría que retirarse temprano para no poner en riesgo su seguridad.

El negocio forma parte de una red de sucursales cuyos trabajadores se mantienen comunicados por grupos de WhatsApp. Si ocurre algo sospechoso, se avisan entre todos. Las medidas de cuidado no comenzaron después del 22 de febrero; desde tiempo atrás ya existían formas de protección improvisadas entre compañeros.

Hace aproximadamente dos años, ella vivió una situación similar mientras trabajaba en otro puesto.

“Ese día yo sí estaba trabajando. Nada más estaba en otro puesto. Eran no sé, creo que eran las 8 de la noche, 7:30 de la noche y justo me hablaron por teléfono mis patrones y me dijeron: ‘Recoge todo, ya van a pasar por ti’. Entonces, ahí supe que algo estaba pasando”.

Aunque conoce las calles de la zona y existe cierta lógica de cuidado entre vecinos y comerciantes, el miedo permanece. 

Dice que comenzó a notar el aumento de la violencia desde mediados de los años dos mil, pero que ahora la preocupación se ha vuelto más constante, especialmente por sus hijos.

“Pienso yo que para ellos (los jóvenes) es más complicado reaccionar a una situación de peligro, uno trata de hablar con los jóvenes y tratar de decirles lo más claro posible para no minimizar la situación”. 

Sobre la misma avenida, unos metros más adelante, un puesto de flores y regalos permanece abierto. Detrás del mostrador está Joselyn, de 19 años. 

A diferencia del primer negocio, ella trabaja sola y no cuenta con una red de apoyo o protocolos frente a situaciones de riesgo. Desde el 22 de febrero comenzó a cargar gas pimienta y cada vez sale menos de su casa. “Mi mayor miedo es que me pasara algo en el trayecto de venir a trabajar. Venir a trabajar y ya no volver a mi casa”. 

Joselyn utiliza transporte público para trasladarse. El 22 de febrero estaba en su casa cuando escuchó detonaciones cerca de la zona donde vive. Piensa que, de haber estado trabajando ese día, no habría sabido cómo reaccionar ni a quién acudir. “Imagínate que hubiera estado hoy ahí, ¿qué hago yo?”, relata. 

“Fue algo inesperado, no lo presentimos”. Ese mismo factor de sorpresa es el que deja a muchos negocios sin capacidad inmediata de reacción. 

En la mayoría de los casos, las decisiones dependen de mensajes entre compañeros, rumores en grupos vecinales o comunicados oficiales que llegan cuando la incertidumbre ya comenzó. 

Tras la jornada del 22 de febrero, la Fiscalía del Estado de Jalisco habilitó mecanismos de denuncia para establecimientos afectados. 

Sin embargo, las medidas institucionales no alcanzan a registrar algo menos visible: el miedo que permanece entre quienes trabajan todos los días en espacios atravesados por la violencia.

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“¿Qué pasó después del día en que Jalisco se detuvo?” es un proyecto periodístico realizado por alumnas y alumnos del Laboratorio de Información de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO en colaboración con ZonaDocs.

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