#DespuésDel22F
El 22 de febrero, mientras la violencia paralizaba Jalisco, periodistas de seguridad salieron a cubrir lo que estaba ocurriendo sin certezas, sin protocolos claros y tomando decisiones en tiempo real.
Para Rubí y José, ese día no solo implicó documentar incendios y bloqueos. También significó enfrentarse a una pregunta que rara vez tiene respuesta en el oficio periodístico: hasta dónde vale la pena arriesgarse para contar una historia.
Por Mariné Camacho / @marinecamacho
A las 8:20 de la mañana del 22 de febrero, Rubí Bobadilla pensó que sería un domingo rápido. José Acosta, en cambio, iba camino a cubrir un medio maratón.
Ninguno de los dos salió de casa pensando en incendios, disparos o rutas de escape.
Pero en cuestión de minutos, la ciudad cambió.
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Rubí, reportera de seguridad en El Informador desde hace casi diez años, comenzó su jornada como cualquier domingo: medio turno, un par de notas, salir temprano.
Hasta que el grupo de “hard news” empezó a llenarse de mensajes.
“No había certeza de que fuese algo grave. Es un reporte de movimiento en Tapalpa”, se dijo. Probablemente bloqueos. Nada fuera de lo habitual para alguien acostumbrada a cubrir violencia, escenas que pueden salirse de control en cualquier momento.
Pero en menos de quince minutos los mensajes se multiplicaron. Cada vez más urgentes. Más difíciles de ordenar.
Entonces lo sintió: no sería un día normal.
Recibió un mensaje de su jefa: “Creo que se tendrán que movilizar”.
No hizo falta más explicación.
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José también empezó su día sin sobresaltos.
“Yo ese día iba normal, a cubrir el medio maratón de Guadalajara. Era fotografía deportiva, la premiación… lo de siempre”.
Hasta que dejó de serlo.
Los mensajes comenzaron a hablar de camiones incendiados, de movimiento en el centro.
“Ahí fue cuando pensé: creo que me va a tocar moverme”.
No hubo indicaciones claras. Nadie le dijo cómo ni con qué precauciones.
Aun así, salió.
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Rubí se dirigió hacia la Calzada Independencia, uno de los primeros puntos reportados.
Iba acompañada de José, el fotógrafo de guardia. Para él, todo era nuevo. No venía de cubrir seguridad. No tenía experiencia en ese tipo de escenarios.
Aun así, iba ahí. Sin instrucciones largas. Sin protocolo. Solo salir a cumplir su labor.
Al llegar, la escena no coincidía del todo con lo que les habían dicho.
“Me habían reportado dos unidades quemadas. Pero al llegar solo había una: un camión detenido, con el rastro reciente del fuego todavía en el aire, y la radio sonando”.
Rubí siguió trabajando. Transmitió en vivo, grabó, tomó datos, observó.
El teléfono no dejaba de vibrar. Más reportes. Más puntos. Más alertas.
“Mientras grababa, a lo lejos empezó a levantarse humo negro. Quería ir hacia allá. No tenía claro qué iba a encontrar, pero tampoco podía quedarme. Así fue todo el tiempo, decidir sobre la marcha en base a mi experiencia”.
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José, por su parte, comenzó a recorrer distintos puntos de la ciudad.
Llegó a Calzada Independencia y Javier Mina. Vio los carros ya quemados, la policía. Tomó fotos. Se movió a otro punto.
“Al principio lo veía como algo ‘normal’, dentro de lo que cabe. Mi forma de trabajar es: primero hago las fotos y luego proceso lo demás… Pero ya después empezó a cambiar el ambiente”.
Los mensajes hablaban de la posible muerte de un narcotraficante.
“La gente se brincaba los semáforos, manejaba rápido… todos querían llegar a su casa. Era como una histeria colectiva”.
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En medio de esa cobertura, algo cambió.
José recibió un mensaje de su hermano menor, que estaba trabajando como juez en el maratón y no tenía cómo volver.
“El transporte se había suspendido y me dijo que no tenía cómo regresarse. Entonces le dije: ‘vente, voy por ti’”.
Lo recogió. Pero no dejó de trabajar.
“Le dije: te vienes conmigo porque tengo que seguir cubriendo. Ahí fue cuando todo cambió para mí. Porque ya no estaba solo. Ya no era solo mi riesgo. También lo estaba poniendo en riesgo a él”.
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Rubí seguía en la calle.
Para ella, todo ocurría al mismo tiempo. Nuevos reportes. Nuevos puntos. Nuevas decisiones.
Había algo más que también tenía claro: no podía perder tiempo.
“Decidí no abrí redes sociales. Sabía que ahí solo iba a encontrar más ruido y perder tiempo. Preferí moverme con lo que tenía: los grupos de periodistas, la información que podíamos verificar entre nosotros era en la que yo creía”.
José llegó a otro punto de la ciudad.
Otro vehículo incendiado. Elementos de fiscalía armados.
Se acercó porque todo parecía “tranquilo”.
Hasta que dejó de serlo.
“De repente veo que los de fiscalía levantan las armas y apuntan hacia algo o alguien… Y ahí dije: ok, aquí ya no está bien”.
Ese fue el momento.
No hubo una orden. No hubo un protocolo.
Hubo una decisión.
“Yo ya tenía las fotos necesarias. Y traía a mi hermano conmigo. Entonces dije: ‘no puedo seguir arriesgando esto’”.
También recordó un mensaje que le había llegado minutos antes:
“Un amigo me dijo: ‘ninguna foto vale más que tu vida’… y sí”.
Ahí terminó.
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El regreso fue distinto.
Calles bloqueadas. Montículos de tierra. Rutas cerradas.
“Veías patrullas, militares, ambulancias… pero no te daba seguridad. Al contrario, sentías que algo podía pasar en cualquier momento”.
No fue hasta que llegó a su casa que entendió lo que había pasado.
“Llegué y vi a mi mamá llorando, me abrazó… y ahí fue cuando caí en cuenta. Ahí dije: ‘sí estuvo fuerte’”.
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Rubí también regresó a casa.
Pero no dejó de trabajar.
Pensó en salir otra vez, en volver a la redacción. Pero también estaba el miedo. No el suyo. El de su familia. El de su entorno.
Aun así, siguió escribiendo.
“No puedo dejar de trabajar, no puedo dejar esto pasar. Soy reportera”, se repetía.
“He hecho esto durante años, pero este día es distinto. Debo hacer lo que me toca”.
Permaneció en casa, pero no se detuvo.
Siguió escribiendo. Sin saber cuánto iba a durar. Solo con la responsabilidad de contar lo que pudiera, como pudiera.
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Después de ese día, algo cambió.
José lo nombra así:
“Sí, me volví más atento, más desconfiado. Ves cosas que antes no veías”.
Y también algo más:
“Pero, creo que sí se ha normalizado esto. Se ha normalizado estirar la liga lo más que se pueda, pero eso no quiere decir que esté bien”.
El problema es que nadie dice cuándo parar.
“A veces no sabes cuándo ya te pasaste. Cuando ya estás en un punto donde tu vida está en riesgo”.
Ese domingo, José sí lo supo. No por una instrucción. No por un protocolo. Sino porque ya no estaba solo. Porque alguien iba sentado a su lado. Porque ya no era solo su riesgo.
Rubí, en cambio, siguió. Porque para ella, detenerse no era una opción. Porque, incluso en medio de la incertidumbre, había algo que tenía claro: tenía que contar lo que estaba pasando.
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“¿Qué pasó después del día en que Jalisco se detuvo?” es un proyecto periodístico realizado por alumnas y alumnos del Laboratorio de Información de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO en colaboración con ZonaDocs.


