La violencia no le pega a todos de la misma manera

#DespuésDel22F

Para muchas personas, el 22 de febrero fue una jornada de autos incendiados y rumores de balaceras. Para Cruz, fue una tarde entera mirando una bolsa de frijoles, esperando que su hijo regresara vivo y entendiendo, una vez más, que la violencia nunca golpea igual a todos. Mientras algunos podrían refugiarse con seguridad en sus casas, en colonias como Rancho Nuevo la única defensa posible era quedarse, cerrar la puerta y esperar que la noche pasara.

Por Iker Vergara

Cruz contó los frijoles dos veces antes de aceptar que no alcanzarían para mañana. 

Los echó en el traste con la mano ahuecada, los volvió a meter a la bolsa de plástico, los sacó otra vez. Era un gesto inútil, como si el conteo pudiera cambiar el resultado. 

Afuera, a tres cuadras, el segundo Oxxo de la tarde ardía con un sonido que no era exactamente fuego sino algo más parecido al mar: un rumor constante, sin principio claro, que llenaba el aire de la cocina junto con el olor a plástico quemado y algo más dulce, quizás el azúcar de los anaqueles, quizás el unicel de los refrigeradores. 

Su esposa, Remedios, estaba parada en el vano de la puerta que da al patio. No miraba el humo. Miraba la maceta de geranios que Cruz había podado el lunes, como si en ella hubiera una respuesta que el resto de la tarde se negaba a dar. 

—Ya son las cuatro —dijo ella, sin voltearse. Cruz no respondió. Sabía lo que significaba: que si no salían antes de que oscureciera, no saldrían. Y también sabía que salir no era una opción que él supiera cómo tomar. 

No porque no quisiera —quería, con una urgencia que le apretaba el pecho desde el mediodía— sino porque salir implica tener a dónde ir. Y el único lugar al que Cruz podría ir era la casa de su hermano en San Pedro Tlaquepaque, que ese día tampoco era un lugar seguro. 

El celular sobre la mesa vibró por décima vez en una hora. Todos los mensajes eran variaciones del mismo: audios que alguien había grabado sin saber bien qué decir, capturas de pantalla de Twitter con información contradictoria, el meme de siempre que aparece cada vez que algo grande ocurre. 

Su cuñado Beto había mandado un solo mensaje de texto, sin audio, sin imagen: Pérate en tu casa. Tres palabras con la autoridad de quien ya había vivido esto antes, en otro municipio, en otro año, con otro nombre en los titulares. 

Entre los mensajes, uno que Cruz leyó tres veces: era de su hijo Rodrigo, veintitrés años, que vive en una vecindad de la colonia Oblatos y trabaja como repartidor. 

Rodrigo llevaba cuatro horas varado en la colonia Americana con la moto estacionada frente a un Oxxo que ya había bajado las cortinas. Le había dicho a Cruz que no se movía porque en el camino de regreso había bloqueos en dos cruces distintos. Ya mero papá, en cuanto pueda salgo. 

Cruz sabía que ya mero podía significar dos horas o podría significar la mañana siguiente, y que entre esas dos opciones no había ninguna que él pudiera controlar desde su cocina con los frijoles contados. 

La colonia Rancho Nuevo no salía en los noticieros. Nunca salía. Las colonias que sí salían eran las del centro, las que tienen nombre que la gente de fuera reconoce. 

Aquí, los Oxxos quemados serían una nota al pie, si acaso. Cruz lo sabía porque había buscado su colonia en Google Maps tres años atrás, cuando unos encobijados aparecieron en la calle de atrás, y el único resultado fue el de una aplicación de delivery que ya no operaba en esa zona. 

Lo que sí salía en los noticieros —Cruz lo vio en el teléfono antes de que se le acabara el internet— era la colonia Providencia. Una toma de dron sobre el boulevard: tráfico fluido, negocios cerrados pero intactos, camionetas saliendo en fila hacia Zapopan, hacia la carretera, hacia algún rancho familiar, hacia cualquier parte que no fuera esto. 

Cruz reconoció ese tipo de camionetas: las mismas que a veces llegaban a la obra donde trabajaba, las que tienen pantalla en el asiento trasero y vidrios que no se bajan del todo. Las que pertenecen a gente que, cuando algo así ocurre, tiene dónde meterse que no sea la misma casa de siempre. 

Alguien tocó la puerta con los nudillos, no con el timbre. Cruz y Remedios se miraron. Era el código de los vecinos de confianza. 

Era don Aurelio. Traía una lata de atún y una expresión que Cruz no supo leer del todo: no era miedo exactamente, sino algo más antiguo, algo que en los hombres de cierta edad se parece a la resignación pero que por dentro es otra cosa. —¿Tienen gas? —preguntó Aurelio, sin entrar—. El mío se acabó ayer. Cruz asintió.

Le dijo que pasara. Aurelio negó con la cabeza.

 —No, no. Nomás quería saber si podían calentar algo si se necesitaba. Mi hija viene en la noche, si puede. 

Don Aurelio tenía setenta y dos años, caminaba con bastón desde el accidente, y su hija — Cruz lo sabía— vivía en una unidad habitacional en Tlajomulco, a cuarenta minutos en condiciones normales. 

Si puede era la frase más honesta que alguien había pronunciado en todo el día. No era una frase de consuelo. Era una descripción precisa del mundo tal como existía esa tarde: como una serie de condicionales sin garantía. 

Se quedaron un momento en el umbral, los tres, sin decir lo que ninguno quería decir: que la noche todavía estaba lejos, que entre los frijoles de Cruz, el atún de Aurelio y los geranios recién podados había una especie de tratado no escrito que la ciudad, en sus noticieros y sus redes, no iba a registrar. 

Fue entonces cuando Cruz recibió el segundo mensaje que leyó más de una vez. Era de su patrón, el ingeniero Vargas, dueño de la constructora donde Cruz lleva ocho años. El mensaje decía, con esa economía de palabras que usan los hombres que no necesitan explicar nada: Mañana no hay obra. Cuídense. 

Y debajo, veinte minutos después, una foto: la terraza de una casa en Puerto Vallarta, una copa, el mar de fondo. El pie de foto no decía nada. No necesitaba decir nada. 

Cruz guardó el teléfono. No con enojo —o no sólo con enojo— sino con algo más parecido al reconocimiento. Así era como funcionaba. 

El 22 de febrero les había ocurrido a todos, sí, pero no les había ocurrido igual.

Al ingeniero Vargas le había ocurrido como una interrupción, una incomodidad gestionable que resuelve con una reservación y una copa frente al mar. 

A Rodrigo le había ocurrido como un muro, una tarde entera perdida sin pago, la moto varada, el miedo quieto de quien sabe que si algo pasa nadie va a venir por él con una camioneta de vidrios que no bajan. 

A don Aurelio le había ocurrido como le ocurren las cosas a quienes ya no tienen edad ni dinero para que les ocurran de otra manera: quedándose, esperando, contando con los vecinos. 

Y a Cruz le había ocurrido como siempre le ocurrían las cosas importantes: en la cocina, con los frijoles sobre la mesa, midiendo exactamente cuánto alcanza y cuánto no. 

El humo seguía llegando. Tenía el color del fin de la tarde: naranja sucio, quieto, indiferente. Cruz cerró la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera despertar algo que aún dormía.

***
“¿Qué pasó después del día en que Jalisco se detuvo?” es un proyecto periodístico realizado por alumnas y alumnos del Laboratorio de Información de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO en colaboración con ZonaDocs.

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