El fútbol que todavía pertenece a la gente

Lejos de los estadios, los boletos de miles de pesos y las zonas exclusivas como el FanFest, comerciantes, conductores y familias de Guadalajara han encontrado en las pantallas públicas, los negocios de barrio y las calles una forma de apropiarse del fútbol y mantener viva una tradición que consideran parte de su historia, su comunidad y su vida diaria.

Texto y fotos por Karen García / @karen_gdlt

Frente a su puesto, una pantalla gigante transmite los partidos del Mundial. Mientras acomoda playeras de la Selección Mexicana, Juana Navarro Cortés levanta la mirada cada vez que el balón se acerca al área. Lleva casi seis décadas trabajando en el centro de Tlaquepaque: comenzó a vender a los 17 años y, ahora, a sus casi 76, comparte el negocio con su hijo.

El Mundial le ha traído más clientes, pero también la posibilidad de no perderse ningún partido. Para ella, el fútbol “es algo muy bonito”. Dice que la hace feliz y espera con ilusión cada encuentro de la Selección Mexicana.

La escena se repite en distintos puntos de Guadalajara. Taxistas disminuyen la velocidad cuando una pantalla aparece en alguna plaza; repartidores hacen una pausa para mirar el marcador; comerciantes siguen el partido desde sus locales; personas que caminan rumbo al trabajo se detienen apenas unos minutos para compartir un gol con desconocidos.

Mientras la Copa Mundial se disputa dentro de estadios y zonas exclusivas, otra parte del torneo ocurre en las calles.

Porque el fútbol nunca ha sido solamente un deporte. Es memoria, identidad, comunidad. Para muchas familias mexicanas es un ritual heredado: reunirse frente a una televisión, enseñar a las infancias quién es su jugador favorito, recordar goles históricos o simplemente compartir noventa minutos donde las preocupaciones cotidianas quedan suspendidas.

Pero esa pasión popular convive con otra realidad.

La Copa Mundial se ha convertido también en uno de los negocios deportivos más rentables del planeta. México, como país sede, ha destinado miles de millones de pesos para infraestructura y adecuaciones urbanas, mientras la FIFA concentra buena parte de las ganancias derivadas de patrocinios, derechos comerciales y transmisiones.

En ese modelo, el acceso al fútbol también tiene un precio.

En un país donde el salario mínimo ronda los 315 pesos diarios, asistir a un partido puede costar hasta 125 mil 900 pesos. Las camisetas oficiales superan los dos mil pesos y seguir el torneo desde casa implica contratar servicios de streaming cuyo costo ronda los 900 pesos.

Además, la FIFA ha establecido mecanismos para proteger la comercialización del torneo. Entre ellos, restricciones para la venta de productos no oficiales y sanciones contra quienes realicen transmisiones sin autorización, en coordinación con el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual.

El espectáculo global parece pensado para quienes pueden pagarlo. Sin embargo, el fútbol encuentra la forma de escaparse de ese modelo.

Juana vende playeras que no forman parte de la mercancía oficial. Como ella, decenas de comerciantes aprovechan el entusiasmo mundialista para sostener sus ingresos, mientras siguen los partidos desde los espacios públicos.

La pasión no depende de una licencia comercial. Tampoco para Carlos García.

Asesor de ventas y conductor de plataforma, recuerda que desde niño esperaba cada cuatro años para ver jugar a quienes consideraba sus ídolos: Ronaldinho, Pelé o Maradona. Hoy procura seguir cada partido “desde donde se pueda”: durante los tiempos libres en el trabajo, caminando por la calle o desde el teléfono celular.

Para él, el fútbol significa alegría, unión y un respiro frente a las exigencias de la vida diaria.

“Es un sentimiento inexplicable la pasión por el fútbol. Para muchos es nuestro estilo de vida, es nuestra infancia completa. Ahora ya de adultos es nuestro momento feliz, de distracción, nuestro hobbie, en el que se nos olvidan todos nuestros problemas personales.”

No todas las personas viven el fútbol con la misma intensidad.

Jorge Hugo Guzmán, comerciante también en el centro de Tlaquepaque, reconoce que disfruta más jugarlo que verlo. Aun así, sigue los encuentros desde la pantalla instalada frente a su negocio.

“Mucha gente no tenemos la oportunidad por el tiempo, por el trabajo, por muchas causas de ir a un estadio.”

La pantalla pública se convierte entonces en un estadio distinto. Allí coinciden comerciantes, repartidores, personas que caminan hacia sus trabajos y quienes no pueden pagar un boleto o una plataforma de streaming. Durante unos minutos, todas ellas comparten el mismo partido. Quizá esa sea una de las mayores contradicciones del Mundial.

Mientras el torneo se organiza bajo reglas comerciales cada vez más exclusivas y el espacio urbano se transforma para responder a las exigencias del espectáculo, el fútbol continúa sobreviviendo donde siempre ha estado: en los barrios, en las calles, en los mercados y en los pequeños negocios.

Porque la FIFA puede administrar un Mundial. Pero la pasión por el fútbol sigue perteneciendo a quienes hacen una pausa en su jornada para mirar una pantalla improvisada, compartir una celebración con personas desconocidas y recordar que, al menos durante noventa minutos, el balón todavía es de todos.

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Karen Garcia
Karen Garcia
Fotógrafa y periodista en proceso. Fiel creyente de que el amor y la ternura son revolucionarios. Quiero contar historias que defiendan los derechos humanos y tengan un impacto en la estructura de la sociedad.

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