Búnkers de Bambúes
Por Juan Yves Palomar / @JuanYvesPalomar
Casi todos los niños del planeta han jugado alguna vez una cascarita, ya sea en los barrios, en las escuelas, en el campo o en las sierras, las amistades se reúnen para entrenar, jugar y festejar en comunidad. En los cinco continentes, prácticamente todas las infancias alguna vez han pateado un balón y gritado un gol. Puede apasionarte, gustarte o no este deporte, pero casi todas las personas saben de la importancia ritual del juego.
En México, el antecedente más vetusto de un juego de pelota data de hace más de 3 mil años. Alrededor de uno de los inventos más característicos de nuestra región, el uso de hule como materia prima para diferentes propósitos, fue que se desarrollaron las primeras pelotas de este material conocidas en el mundo. Alrededor del antiguo juego de pelota mesoamericano se desarrolló una compleja estructura social de dimensión ritual, deportiva y cultural con tribunas y pelotas, que recuerdan a los actuales balones y estadios de fútbol.
Desde El Manatí, Veracruz, (hacia 1700 A.C) donde se crearon las primeras pelotas de hule o El Paso de la Amada, Chiapas (1600 A.C) donde se ha encontrado el campo de juego de pelota más viejo del mundo (creado por el antiguo pueblo Mokaya, «gente del maíz»), pasando por los misteriosos juegos griegos de el Uranía descritos por Homero en la Odisea (siglo VIII A.C) o la phaininda referida por Antifanes (siglo IV A.C) hasta el balompié de masas medieval en el Reino Unido, el Jeu de Paumes galo o el Ulama en el Noroeste mexicano, hasta el fútbol actual pareciera que las celebraciones humanas masivas siempre están acompañadas de una pelota y un público apasionado.
Con la revolución industrial, la migración masiva del campo a la ciudad, y el establecimiento de las fábricas que prefiguraron la segmentación urbana que prevalece llegó el fútbol moderno que conocemos hoy. En México este deporte se estableció en el siglo XIX con la llegada de migrantes ingleses a diferentes partes del país. Y aunque algunas fuentes refieren un origen o conducción elitista del deporte, lo cierto es que la masividad, popularidad y relevancia social está atravesada por su componente interclasista, obreros jugando con y contra patrones, profesionistas contra artesanos, agricultores y albañiles contra directores y propietarios.
Es así que en medio de toda esta compleja historia llena de mitos, anécdotas, evoluciones paralelas y contradicciones comienza la historia de la copa del mundo profesional en el año de 1930 en Uruguay, 26 años después de que se fundará la FIFA en 1904. Sobreviviendo a la inestabilidad de la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, para 1960 la copa del mundo ya era un fenómeno internacional de masas en donde casi todos los juegos eran un lleno, y para 1998 la FIFA ya tenía más de 200 países miembros, casi los mismos estados soberanos que reconoce la ONU.
Para encuadrar este fenómeno durante los últimos años, repasemos un poco la numeralia de los últimos cuatro mundiales antes del que está en curso:
En Sudáfrica 2010, la entrada más barata tenía un costo de 70 dólares y el presidente de la FIFA ganó 14 millones de dólares totales. En Brasil 2014, el boleto más barato fue de 90 dólares, con el presidente de la FIFA percibiendo 15 millones de dólares. En Rusia 2018, y tras el escándalo de corrupción que estalló en 2015, el boleto más económico estuvo en 104 dólares (con descuentos de más de 50% para residentes) y con el nuevo presidente de la FIFA obteniendo una compensación de 3.1 millones de euros. Y en Qatar 2022 el boleto más barato estuvo en 40 dólares, sin embargo en este torneo se alcanzó hasta ese momento el récord del boleto más caro para la final con un costo de 1,600 dólares, con el presidente Infantino obteniendo una compensación total de 4.6 millones de dólares.
Para cerrar, tengamos en cuenta que en la actualidad en un país como México en donde el salario mínimo establecido está en menos de 10 mil pesos mensuales y el boleto más barato para la final del mundial está en 2030 dólares o 35,050 pesos mexicanos, es decir, más de tres meses de ingresos de un trabajador que percibe salario mínimo.
¿Estamos entonces ante la captura del deporte más popular del mundo para beneficio y usufructo de las personas más acaudaladas? ¿Por qué el Gobierno de México no aseguró una forma de poner un porcentaje de boletos significativo a precios accesibles para los mexicanos? ¿Será esto un acierto de segmentación comercial de la FIFA o un autosacrificio por abandonar al 95% de su base de apoyo popular? Los pueblos y la afición decidirán hasta dónde llegará la exclusión, la moneda está en el aire


