La dignidad de pie

Historias Cotidianas

Por Víctor Ulín

Me paré frente a la casa de doña Francisca para verla ya sin su presencia.

La última ocasión que coincidimos estaba sentada en la entrada que ahora son tubos, pedazos de láminas en el suelo y partes de paredes que están aún en pie.

Las plantas de su jardín, de la que algunas veces corté unas hojas de chaya, parecen desconcertadas. Se van arrugando de tristeza..

Ahora vive con su hija en otra parte. Ya no puede caminar y pasa la mayor tiempo del día en cama.
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La recuerdo sentada en el interior de la tienda de abarrotes ofreciendo sus platanitos de queso. Era puntual.
Todas las noches le permitían sentarse en una silla de madera pequeña en el interior de la tienda y esperar a la clientela en la antesala de la caja para ofrecernos sus platanitos. Su sonrisa era lo primero que nos compartía.
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Era parte del lugar y su ausencia la notábamos rápido. Preguntábamos y nos daban la noticia: había tenido una recaída o solo había dejado de llegar sin avisar. Cuando era lo segundo reaparecía con la misma sonrisa que le conocimos aún enferma.
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Una caída en su casa, de esas que advierten los médicos que puede ocurrir en cualquier momento a cualquiera, y la lesión en su cadera, sería el principio de sus ausencias y de que ahora se haya ido.
Doña Francisca nunca quiso irse de su casa o de lo que fue su casa hasta estos días en que la hija de su esposo fallecido ha tomado posesión del terreno. Le permitió vivir en el lugar hasta que lo deshabitara, por decisión u otra causa.
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Aún con la lesión, doña Francisca seguía sosteniéndose. No rechazó el apoyo de las vecinas que fueron amigas y que ahora la extrañan y que como yo miran la casa en la que aún se oyen sus pasos.
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Su familia estaba en todas las casas. Doña Francisca es una mujer que vivía al día. Sentía como los minutos pasaban caminando a su lado muy lentamente. Nacía junto con las mañanas.
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Vivía la edad en la que dejan de importar las cosas que no importan.
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Tampoco le hubiera preocupado el futuro que nadie conoce. Ni los viejos que no existen ni los niños que no han nacido. Hubiera pensado que su vida no tendría que cambiar si para el 2034 la mayoría de la población tendrá más de 60 años. Sería hasta mejor, porque con personas afines a su edad, doña Francisca estaría más acompañada que ahora.
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No les miento si les digo que doña Francisca rondaba los 80 años de edad y ahí estaba con la dignidad bien parada o sentada en la tienda ofreciendo sus platanitos de queso y por supuesto que igual había de carne. Me gustaban.
Nunca la vi pedir prestado o tocando las puertas de las casas de los vecinos que más de una vez le compartían alimentos.
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Que ahora esté en cama en el otro lugar que no conocemos, es algo que fue contra su voluntad. La vi muchas veces conteniendo las embestidas del cuerpo. Cuando enfermaba en algunas ocasiones pasaba días en casa de su hija, pero regresaba caminando a levantar su vida. Volver a la tienda a ofrecer sus platanitos.
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Nunca se pensó en otra casa que no fuera esta que ahora es solo un despojo de escombros.
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Para mí, doña Francisca sigue en pie. Así la veo cada que paso por su casa que ya no habita y en la tienda en la que me detenía a comprarle un platanito.

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