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Texto y foto por Anashely Elizondo / @Anashely_Elizondo
Me he despedido muy pocas veces de personas que yo elegí amar.
Aquellos escenarios que contemplaron esa tristeza,-a veces más mía, a veces más del otro-, incluyen parques, aeropuertos, sillones compartidos, llamadas de larga distancia, voces entrecortadas, manos sudorosas y aquel nudo en la garganta que presiona las cuerdas vocales y te hace decir (muchas veces) cosas que en realidad no querías decir, o que te costaba mucho decir, o que era mejor callarte.
Lo que me duele admitir es que siempre me he ido con el amor en las manos; pesado como una piedra lisa de río o liviano como una hoja que cae desde lo más alto del árbol y apenas logra rozarte la cabeza. Pesado o liviano pero siempre en las manos. Aprendí ahí que soltar no es cosa fácil.
A veces el soltar se parece a algún momento de berrinche infantil, donde deseabas algo con tanta fuerza que llorabas y pataleabas y gritabas a tus padres frente a todas las personas de la plaza y te tirabas al suelo y sentías que lo merecías y rogabas, y no te importaba dar vergüenza, ni ensuciar las rodillas de tu pantalón favorito, no te importaba tampoco avergonzar a mamá y a papá, que te veían con amor pero simplemente era imposible para ellos darte lo que querías.
Después de aprender a soltar (o de intentarlo siquiera); de saber que la vida del otro no te pertenece, que no puedes ni podrás hacer tu voluntad en su destino, que tu valor no depende de si el otro te elige o te desecha, es saber en dónde poner lo que sientes, aquel cariño que A ya no quiere de B. No puedes guardarlo en las maletas que están arriba del clóset, ni en los cajones de madera de tu repisa, no cabe tampoco en la cajuela del auto, en los compartimientos pequeños de la mochila, en casa de tus padres, ni en los vagones más grandes del tren. No puedes meterlo en ninguna parte así que lo cargas contigo.
Al principio estorba, o eso parece. Tiene aspecto de que no se lo puedes dar a nadie más, que es algo tuyo enteramente, incluso simula que se pudre dentro de ti, que empieza a oler, que todo el mundo se da cuenta, que apestas a rechazo, a dejado, a solo.
Posteriormente te das cuenta de que no apestas, cuando el sol te quita la húmedad del alma y del cuello y de lo cóncavo de las ojeras, sales a caminar cerca de la avenida y ves que aquello que traes dentro cabe en todos lados; en tus amigos cuando toman cerveza, en la caricia de tu madre en tu cabello, en las arrugas del rostro de tu padre, en la crianza de tus hermanos. También cabe con aquellos que vas a conocer próximamente, girando la esquina de aquella avenida por donde evitabas pasar.
Lo cierto es que ya no pesa, lo reconoces, lo abrazas y lo repartes. Porque no era del otro, era tuyo. No estaba en el otro, estuvo siempre en ti.
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