En Pie de Paz
Por Diana Laura Gómez Dávila / Abogada y profesora del Tec de Monterrey, campus Guadalajara
Hace unos días, el famoso «¿y si, sí?» motivacional para los mexicanos se transformó en un «en esta no». Llevamos días en duelo tras la derrota de la selección mexicana ante Inglaterra. Después de 40 años, la selección volvió a ilusionar a un país entero: esta vez sí parecía posible. El partido se jugó en casa, con nuestra gente, con la mejor porra y el “y retiemblen en sus centros la tierra” a flor de piel. Dejaron la piel en la cancha, pero el sueño terminó: pincharon la burbuja y volvimos de golpe a la realidad. En redes, muchos se preguntan: ¿qué sigue? Guardan sus playeras para reencontrarse con ellas en 2030. Algunos viven el duelo; otros intentan volver a la normalidad tras los múltiples 15 de septiembre de este mes. Esa pregunta revela algo profundo: la necesidad de un sentido colectivo, de un propósito que vuelva a convocarnos.
En estos días me sentí extraña y hasta culpable por no vivir la fiebre del Mundial en Guadalajara siendo sede. Estuve conflictuada entre salir a las calles y unirme al “quizás no viviré otro Mundial en casa siendo joven” o seguir con mis actividades de activismo y exigencia social. Me cuestioné con amigos y compañeros de lucha si era normal sentir que no sabes disfrutar, que no vives por tener conciencia social y por no ignorar las heridas abiertas de la sociedad jalisciense y mexicana. Todos me dijeron que se sentían igual y, de nuevo, apareció la frase más sorora y solidaria de nuestras luchas: «No estás sola».
En medio de ese vaivén de culpas, decidí ir un día a la Minerva al concierto de Alejandro Fernández, Julión Álvarez y Alfredo Olivas. El FOMO pudo conmigo y convencí a un amigo. Ahí entendí la mezcla entre vivir y seguir cuestionándolo todo. Lo primero que vi fue la multitud. Mientras caminaba pensaba: ¿cuántos seremos? ¿Y si hay un accidente, hacia dónde corremos? Después del jericallazo del 22 de febrero, mi alerta no era ingenua: no me sentía segura. También me pregunté: ¿será que alguien de los que están aquí busca o acompaña a una víctima de desaparición forzada? ¿Cuántas sillas vacías hay en las familias presentes? Considerando que 1 de cada 12 hogares en la ZMG tiene a un familiar desaparecido, esta multitud refleja la dimensión de quienes nos faltan y seguimos buscando, le dije a mi amigo.
¿Cómo es posible vivir en esa dicotomía entre disfrute y duelo, tan anestesiados que no reconocemos las ausencias colectivas mientras vemos el espectáculo? La respuesta no es simple. Vivimos una vida pública fragmentada: por un lado, la celebración; por otro, la memoria que reclama justicia. Ambas pueden coexistir, pero requieren una consciencia que no permita que el brillo del momento borre la vigilia necesaria para recuperar a quienes faltan.
El domingo siguiente acompañé a las familias buscadoras del Colectivo Luz de Esperanza a la pega de fichas de búsqueda en Chapultepec. Mientras pegábamos, se acercaron turistas de España y Uruguay, curiosos por el motivo de la movilización y por si las autoridades nos respaldaban. Uno me preguntó directamente por qué buscábamos y por qué desaparecía la gente. Tras mi respuesta, me dijo: «Son grandes, hermana. Sigan luchando». Curiosamente, quienes más se acercan y simpatizan con las familias buscadoras suelen ser extranjeros, quizá porque no comparten la costumbre nacional de mirar hacia otro lado.
Esa indiferencia interna es parte del problema. Mientras nos preguntamos “¿y ahora qué sigue?” como si estuviéramos desorientados tras una fiesta, siguen existiendo causas urgentes donde podríamos usar el mismo poder de convocatoria de estos días. Las redes y las plazas demostraron que podemos reunirnos masivamente; esa energía puede y debe redirigirse hacia la exigencia de justicia, memoria y búsqueda. Viéndolo, comprendí que sí es posible.
Si algo dejó el Mundial en casa, además del consuelo colectivo pasajero, es la prueba de que podemos convocarnos. La pregunta ahora es si seremos capaces de convertir ese impulso en motor para seguir encontrando a quienes faltan, acompañar a las familias y sostener las luchas por la verdad y la justicia. El duelo por un partido termina. La búsqueda y la construcción de paz no. ¿Y ahora qué sigue? Seguir encontrándolos, seguir exigiendo, seguir reuniéndonos, hasta que la tierra deje de temblar por ausencia y empiece a temblar por la justicia que alcanzamos juntxs.


