En Pie de Paz
Por Luis Rodrigo Díaz Thomé *
Durante muchos años hemos escuchado que la educación en valores es una de las mejores estrategias para construir una sociedad más justa y pacífica. Respeto, honestidad, solidaridad, responsabilidad y tolerancia aparecen escritos por doquier: en las paredes de las escuelas, en los programas educativos y en los discursos institucionales. Sin embargo, conocer un valor no garantiza actuar conforme a él.
He observado últimamente que algunas personas saben perfectamente qué significa respetar a los demás y, aun así, insultan en redes sociales. Conocen el valor de la honestidad, pero justifican pequeñas formas de corrupción. Hablan de solidaridad, pero permanecen indiferentes frente a quien necesita ayuda. Entonces pensé que quizá el problema no esté en conocer los valores, sino en el siguiente paso: convertirlos en una forma cotidiana de vivir.
Me parece que los valores son la base. Nos ayudan a distinguir aquello que una sociedad considera importante. Funcionan como principios que orientan nuestras decisiones. Pero, la paz no aparece cuando aprendemos el significado del respeto; aparece cuando actuamos respetuosamente, incluso en los momentos difíciles. Esas son las virtudes.
La diferencia parece pequeña, pero me parece enorme. Una persona puede memorizar que el respeto es un valor. Sin embargo, será respetuoso cuando escuche antes de responder, cuando trate con dignidad a quien piensa distinto o cuando rechace la humillación como forma de relacionarse. Lo mismo ocurre con la honestidad. Saber que es importante no convierte automáticamente a una persona en honesta; actuar con honestidad una y otra vez termina convirtiéndose en un hábito, el cual conformará una virtud.
Las virtudes son hábitos que forman el carácter. Responden a “¿cómo vivo aquello que considero importante?”. Se desarrollan mediante la práctica. Se ejercitan. Orientan acciones cotidianas. Se hacen visibles en la conducta.
La cultura de paz, impulsada por instrumentos internacionales como la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz de las Naciones Unidas, reconoce que la paz se construye mediante valores, actitudes, comportamientos y formas de vida. Yo interpreto estos cuatro elementos como un proceso de transformación: donde conocer los valores constituye apenas el primer paso. El verdadero desafío consiste en convertirlos en actitudes, traducir esas actitudes en comportamientos y, finalmente, hacer de esos comportamientos una forma de vida. Solo cuando esa práctica se repite una y otra vez termina convirtiéndose en un hábito, es decir, en una virtud.
Por eso creo que la construcción de paz necesita algo más que educación en valores. Necesita educación del carácter. Hace más de dos mil años Aristóteles sostenía que las virtudes no nacen con nosotros; se adquieren mediante la práctica. Sorprende que esa idea siga teniendo tanta vigencia en pleno siglo XXI.
No nacemos siendo personas prudentes, justas, generosas o responsables. Aprendemos a serlo mediante la repetición de pequeñas acciones cotidianas. Cada vez que cumplimos nuestra palabra, pedimos perdón, respetamos una fila, escuchamos con atención o ayudamos a alguien sin esperar recompensa, estamos fortaleciendo una virtud.
Las virtudes aparecen en el momento en que los valores dejan de ser conceptos y se vuelven conductas.
Es interesante observar que prácticamente ninguna sociedad afirma educar en “antivalores”. Todas hablan de respeto, disciplina, solidaridad, patriotismo, responsabilidad o justicia. Lo que cambia es el contenido que cada época, cultura o proyecto político atribuye a esos valores. Las virtudes en cambio, plantean una pregunta diferente: ¿qué tipo de personas queremos en la sociedad?
El verdadero desafío consiste en formar virtudes. Una sociedad puede discutir qué valores prioriza, pero difícilmente cuestionará la importancia de que las personas sean prudentes, honestas, justas, responsables o compasivas.
Tal vez la paz no dependa únicamente de enseñar a las personas qué es correcto. Tal vez dependa, sobre todo, de ayudarlas a practicar aquello que consideran correcto hasta convertirlo en parte de su manera de ser y actuar.
Los valores nos muestran el camino. Las virtudes hacen que realmente lo recorramos. Los valores no bastan; necesitamos convertirlos en virtudes para construir paz.
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Miembro del CEPAZ. Investigador del Centro de Investigaciones Pedagógicas y Sociales. Académico de la Escuela Judicial del Supremo Tribunal de Justicia del Estado de Jalisco.


