El hombre de la Colonia Americana

Historias Cotidianas

Por Víctor Ulín

Fotografía de portada por César Franco / @cefrnco

Yo no lo conozco. Supongo que tampoco tú ni ninguno de los que ahora sepan lo que hizo.
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Es complicado conocer a todos los que nos rodean. Pero quizá sí lo viste alguna vez. Pudiste haberlo mirado cuando pasó a tu lado o te interrumpió en tu camino.
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De tanto verlo puede suceder que dejamos de verlo.
Me pregunto si este señor lo vio alguna vez cuando caminó aquí por la Colonia Americana.
Aquí abundan los carros. Los restaurantes. Los turistas. Es una de las zonas más conocidas de Guadalajara.
No descarto que se haya parado más de una vez desde afuera a mirar a los que vienen a comer. O de pronto se haya puesto a gritar o a cantar una canción. En el centro histórico es más común que suceda.
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De lo que sí estoy seguro es que conoce cada rincón de esta colonia y que muchos, antes de darse la vuelta y seguir su camino o cerrar la puerta de sus casas, deben verlo con curiosidad.
Por momentos tiene que sentarse para descansar o dormir.
Si no lo saludamos, es probable que note nuestra presencia.
En las noches debe ser más visible.
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Aquí en la Colonia Americana las casas o negocios son muy seguros. Cerrados por dentro y por fuera.
Las calles de noche son desiertos. Para él, es un día de 24 horas. El silencio sigue siendo el mismo. Las miradas sin miradas.
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No hay muchos detalles de lo que pasó aquí la noche del 6 de agosto en que seguramente iba caminando como todos los días.
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Debió escuchar ese quejido que surgió del silencio. De otra manera no habría hecho lo que hizo.
Quien lo haya visto seguramente se sorprendió. Hemos dejado de mirar de frente y para los lados cuando andamos en la calle. Y ya cuando volvemos los ojos a la realidad cualquier cosa pasa.
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Ahora nuestra atención la tiene el celular y los audífonos. Es fácil decir que no viste venir lo que te suceda. O culpar a terceros.
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Él pudo hacer lo mismo que hacemos todos los días mientras vamos al trabajo caminando o en autobús: meterse en su celular.
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Pero no lo hizo. No salió corriendo. Ni menos a esconderse. Pudo pensar que lo confundirían y hasta que lo señalarían como culpable.
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Ni celular tiene. Escucha y observa más que nosotros. Debe guardar rostros y sonrisas en su memoria. Buenos y malos momentos.
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No le debió ser difícil ubicar el cuerpo de este hombre de 50 años, tirado en el cruce de las calles Vidrio y Rayón, de la colonia Americana, con golpes en el rostro y la cabeza. Iba tomado, según la nota periodística del día 6 de agosto, y los paramédicos que lo revisaron, ya sobre la camilla.
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No se detuvo a ver si lo conocía, si lo había pateado hace un momento cuando se le acercó, o si le negó una moneda cuando le extendió la mano. Solo actuó. 
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Tomó una carretilla. No sabemos cómo ni de dónde.
Subió el cuerpo del hombre golpeado y lo llevó cargando hasta un lugar seguro donde pudieran atenderlo.
El herido recibió atención a pocas calles de donde fue encontrado.
El se marchó con su carretilla.
Nadie le preguntó su nombre.
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