De Morón al mundo entero

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo 

el ser feliz es un momento, no es un modo de vivir
ni el significado de existir, no seas tan gil.
—Milo J en “Solifican12

Hace mucho tiempo tenía yo una enfermiza —y hoy puedo decir que muy ridícula— aversión al bombo legüero. Estábamos a mediados de los noventa y unos amigos y yo manteníamos una rivalidad con otro grupo, una cuyas disputas tenían como pretexto la música: nosotros teníamos un grupo de rock y ellos integraban algo que hacían llamar “conjunto latinoamericano”: mientras nosotros tocábamos a Caifanes o El Tri o The Offspring o Metallica, ellos contraatacaban —es un decir— con “El cóndor pasa”, “Carnavalito” (que en realidad se llama, lo supe después, “El humahuaqueño”) y “Los sonidos del silencio”. En aquellos años me daba sopor el sonido sordo y fofo —así me lo parecía— del bombo legüero, y la combinación de quenas, charangos y zampoñas me provocaba una impostada urticaria. 

Los recuerdos me tomaron por asalto el otro día mientras lavaba los trastes y escuchaba por enésima vez La vida era más corta (Sony Music Latin, 2025), tercer disco de estudio del argentino Mijo J y que es una joya que echa mano, precisamente, de los sonidos que en mi mente están asociados con el sur del continente: guitarras, percusiones, flautas y, claro que sí, quenas, charangos y bombo legüero.

Sucumbí al encanto de La vida era más corta casi por casualidad. Digo casi porque ya antes había escuchado algunos temas sueltos de Milo J y, aunque no me habían enganchado del todo, mantenían al músico argentino dentro de mi órbita. Ya saben, porque ya lo había contado en otra ocasión, cómo funciona: uno de mis hijos me dijo un día “Escucha esto”; era un tema de trap que escuché y me gustó a secas, no tanto como para recordar exactamente cuál fue pero lo suficiente como para tener al joven cantante en el radar, de modo que cuando vi entre las novedades de Spotify “Niño – Milo J” le di play nomás por no dejar. Y ahora, casi un año después, sigo dándole play una y otra vez.

Milo J es el nombre con el que es mundialmente conocido Camilo Joaquín Villarruel (Morón, Argentina, 2006), un cantante que en un principio llamó mi atención por dos razones: su edad y su peculiar timbre de voz. Cuando uno escucha las letras de sus canciones, uno puede imaginarse que esa persona ha vivido muchas cosas y ha pasado por tres o cuatro divorcios, pero en realidad se trata de un muchacho que compuso esas obras, cargadas de una poética conmovedora, antes de siquiera cumplir 20 años. La profundidad y la complejidad de sus composiciones —que no rebuscamiento—, se ven apuntaladas por un profundo timbre de voz que le da una peculiaridad que me resulta imposible describir y que es mejor escuchar.

Como escribía líneas arriba, los primeros temas de Milo J pueden meterse en los cajones del trap y la llamada música urbana —lo que quiera que eso signifique— categorías genéricas y ambiguas en las que la generación “Pongan Caifanes” mete casi todas aquellas propuestas musicales que no entiende ni está dispuesta a entender. Por eso me quedé atónito cuando comencé a escuchar “Niño” y me encontré con una canción melancólica, reposada, apacible pero al mismo tiempo estremecedora. La escuché tres veces seguidas de un tirón, la tercera de ellas al borde de las lágrimas. Cuando por fin pude salir del trance y todavía profundamente conmovido, fui a buscar el álbum completo y lo que encontré me dejó sin palabras. Tanto que apenas ahora me animé a escribir de ello.

La vida era más corta está integrada por 15 temas que ponen el foco sobre la música folclórica argentina pero no se limita a ella: es una recuperación de los sonidos tradicionales del folclor latinoamericano, que son revisitados y apuntalados con cánticos de los pueblos originarios del sur del continente. Es un profundo ejercicio de poesía, pero también de memoria y de respeto por un legado que muchas veces es visto con recelo, o incluso con abierto desprecio. El disco convoca también a otros cantantes contemporáneos, como Trueno y Akrilla, pero también a músicos consagrados como Soledad Pastorutti, la Sole, o Silvio Rodríguez. Mención aparte merece el tema “Jangadero”, en el que Milo J comparte micrófonos con Mercedes Sosa en un hermoso y profundamente respetuoso homenaje: escuchar de nuevo la voz de la Negra enchina la piel.

(El acercamiento que ha hecho Milo J ha sido tal que cuenta que, para la grabación del tema “Recordé” fue necesario pedir la autorización del Malunguinho. Cuenta Milo J: “Vos cuando usás un sample te lo tienen que autorizar, y tuvimos que esperar a que la gente que hizo la canción le pida al santo Malunguinho que lo deje usar, porque es un sample umbanda”. Lo cuenta aquí.)

Si ya con el material de estudio Milo J había creado una obra de arte, la apuntaló con el lanzamiento en abril de este año de su presentación en el Tiny Desk, donde se puede ver una maravillosa presentación junto con Agarrate Catalina, una murga uruguaya que le acompañó durante la gira del disco. Si no la han visto, les recomiendo que dejen de hacer lo que sea que estén haciendo —así sea leer este texto— y vayan a verla inmediatamente. Y si ya la vieron no importa: vayan y mírenla de nuevo y vuélvanse a conmover.

Por supuesto que la propuesta de Milo J no ha dejado indiferentes a sus detractores, que los tiene. Pero él, en su juventud, tiene mucha más claridad de lo que está haciendo que la que tenemos muchos otros ya entrados en años: “A los puristas del trap no les gusto; a los puristas del folclore, no les gusto; a los puristas puristas de la música urbana en sí, que deben ser un par de centroamericanos, no les gusto. Si vamos al purismo purismo de algo, como que no le gusto a nadie. Entonces Milo J está en los fans, en quien escucha a Milo J. Si vos decís ‘¿Qué género hace Milo J?’… (hace) Milo J. Quiero también buscar eso”. 

Pero no sólo los puristas de los géneros musicales han alzado sus voces contra su propuesta. También lo han hecho otros, más nefastos, rancios y peligrosos: los puristas de los nacionalismos. Basta asomarse a los comentarios de los clips sacados del Tiny Desk para ver a las hordas de mononeuronales despotricar contra Milo J por no representar “lo argentino”. Peor para ellos.

Hace unos días mis hijos me regalaron el vinilo de La vida era más corta. Si tuviera una máquina del tiempo, ya habría viajado 30 años atrás para dárselo a aquel que era yo y decirle que se deje de necedades y ridiculeces, que la música es música y que hay que tener la mente más abierta y dispuesta al hallazgo, porque la belleza siempre está en los lugares menos pensados y tiene los sonidos menos imaginados.

Me parece que en estos tiempos aciagos la propuesta que nos hace Milo J en La vida era más corta es sumamente valiosa porque nos invita a reconectarnos con un legado que muchas veces no sólo ignoramos, sino que despreciamos e incluso sobajamos abiertamente: uno que nos conecta con las tradiciones milenarias que, en diferentes manifestaciones, unen a todo el continente. Y que, nos guste o no, lo sepamos o no, lo aceptemos o no, también forma parte de nuestra identidad. O debería. Aunque también nos guste el rock.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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