Desaparición: Un retrato colectivo

A partir de audios, reflexiones y respuestas de habitantes de Jalisco, este trabajo construye un retrato colectivo sobre cómo se vive, se piensa y se siente la desaparición en un estado atravesado por esta crisis. 

Los distintos testimonios reflejan el miedo, la angustia, la impotencia y los juicios que también surgen frente a una persona desaparecida. Este retrato colectivo reúne las emociones, contradicciones y preguntas que deja esta realidad en quienes la viven, la observan y temen.

Por: Farah Medina /@_dtfarahm_ 

México enfrenta actualmente una crisis de desaparición forzada, el país suma actualmente más de 134 mil personas desaparecidas, según informes de la Red Lupa. Mientras tanto el estado de Jalisco se posiciona dentro de uno de los cinco estados mayor número de personas desaparecidas, con entre 13 y 16 mil personas, y aunque según informa la Red, el estado ha presentado una disminución en esta cifra en el último año, las familias aún buscan a sus seres queridos.

A través de audios, textos reflexivos y una encuesta que buscaba reunir la mayor cantidad de testimonios, en el marco del Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada, habitantes de Jalisco lograron construir un retrato colectivo de la desaparición desde la experiencia, la cotidianidad, la angustia y el miedo reflexionaron ante la crisis. 

Unos más

“Ya es más común de lo que nos imaginamos algún día. Antes decir desapareció era como un hecho muy aislado y ahora decir desapareció es como: una más o uno más. La respuesta aparece después de una pregunta: ¿qué sientes o piensas cuando escuchas la palabra desaparición? 

Aquí comienza uno de los principales temores que atraviesan este retrato colectivo, no sólo la desaparición de una persona, sino la posibilidad de acostumbrarnos a ella

Es esta misma persona, quién desea permanecer anonima, quién continúa describiendo cómo ha sido el paso del tiempo ante la desaparición, “no debería de ser, pero sin embargo siento que es un sentimiento que ya es muy común, siento que también nos estamos acostumbrando a escuchar la palabra desaparición”, dice.

Sin embargo, esta normalización, en algunas personas no deja de ir acompañada de miedo, es, al contrario, un mecanismo de protección. 

Adhara, lo cuenta así:

“Sinceramente he normalizado vivir con esa angustia de que le pase a alguien que quiero, he aprendido a convivir con eso para que no me paralice pero hay días en que me siento tan preocupada y ansiosa por las noticias que me cuesta mucho volver a sentirme bien” relata. 

Por otro lado, Adriana, refuerza esta misma contradicción, normalizar no ayuda a navegar en medio de la crisis pero no por esto deja de ser ajena; el miedo tampoco lo es, “me genera una profunda angustia al pensar en el sufrimiento (…) Me lleva a reflexionar, la evidente falta de seguridad en el país y la normalización de un problema tan grave”.

Mientras más cotidiana se vuelve la palabra desaparición, más personas aprenden a convivir con el miedo de que algún día deje de ser una historia, una cifra o una noticia, ajena. Miedo que se siente en situaciones cotidianas:

 “desde el vecino que ya no vuelve, el o la compañera de escuela que volviste a ver en alguna ficha, la madre que te pide compartir una alerta y hasta en el miedo que sientes cuando algún ser querido no contesta el teléfono cuando necesitas saber de él o de ella”,  escribe Marco.

Ese mismo temor aparece en la respuesta de Rosa, quien también habla de la tristeza y de la “angustia de pensar que podríamos pasar por algo así”, para ella no resulta sencillo pensar que nunca podría tocarnos.

Sentirse rebasado

La primera pregunta desglosa más, y abre diversas conversaciones alrededor de ella. ¿Qué se hace ante el desborde de cifras y fichas?

La desaparición forzada no solo trae consigo el miedo, sino también la acompaña la impotencia, la falta de herramientas y memoria, este es el caso de Esther, “la cantidad de rostros que no retengo en la memoria”, dice y explica, “Siento impotencia porque son tantos que no puedo acordarme de uno para ayudar a buscarlo”.

Las fichas inundan las calles, los rostros se comparten una y otra vez con la intención de llegar a alguien que pueda reconocerlos, aportar una pista o ayudar a encontrarlos, pero se ven perdidos entre el paso de los días, la lluvia, las autoridades que las retiran, el miedo y la normalización.

Esto genera frustración que se traduce en ayuda que no llega; la magnitud de la crisis termina por rebasar la capacidad de las personas para recordar, ayudar y encontrar la forma de involucrarse.

Por otro lado, la crisis no solo produce miedo, a veces, puede producir distancia y juicio. 

En uno de los audios compartidos para este ejercicio, una persona anónima reconoció una reacción que considera incómoda, pero frecuente al buscar entre los comentarios de las fichas de búsqueda, las notas y las manifestaciones. 

Para la persona, esto habla del entendimiento, de las respuestas que buscan las personas ante la desaparición, antes de siquiera saber qué ocurrió, aparecen preguntas cuestionando y revictimizando; el último paradero de la persona, la razón para salir de casa, la edad y el género, son parte de la discusión.

Buscan encontrar una explicación, pero también pueden poner la atención y la culpa sobre la persona desaparecida antes que sobre las circunstancias y el sistema que ha permitido que estás tengan el ambiente propicio para seguir ocurriendo. 

La desaparición, también nos confronta, y aunque no deje de parecernos angustiante o injusta, muchas veces también nos lleva a intentar encontrar una razón que nos permita alejarnos de ella.

Foto: Mario Marlo

La ausencia

Después del miedo, la “normalidad”, sentirse rebasado y de las preguntas, queda la ausencia.

Una de las personas que respondió al formulario describe la desaparición como un “sentimiento de vacío”. Piensa en “lo que esa persona podría estar pasando y que probablemente no regrese a su casa”, pero le invade la nostalgia por todas las cosas que le faltarían por hacer.

Adriana, lo relaciona con la experiencia cercana de un secuestro y lo describe como: “la impotencia y el vacío de que te arrebaten a un ser querido sin dejar rastro”.

Y frente a esa ausencia, aparecen quienes no dejan de buscar: ¿qué mueve en ti mirar y conocer la labor de las familias buscadoras?

Una madre intenta imaginar lo que significa vivir una desaparición desde ese lugar, “Siento que es algo que todas las mamás harían o qué haríamos” responde a la segunda pregunta de este retrato colectivo.

Con ella, las respuestas comenzaron a cambiar, al hablar de las familias aparecieron otras palabras.

Amor, admiración, respeto, esperanza, fortaleza y valentía. 

Guadalupe, resume lo que le provoca la labor de las familias en dos palabras, “Esperanza y dolor”.

Buena parte de las personas adjuntan respuestas similares, Esther, por ejemplo comparte que, “Amor, porque asumo que lo hacen desde ahí”, dice.  Sin embargo, a ese sentimiento también le acompaña la impotencia, “no sé cómo incorporarme a su lucha sin sentir temor”.

Marco siente “impotencia al ver cómo las familias cumplen roles desde el amor que deben de cubrir las autoridades” y tristeza por saber que han llegado a instancias “a las que nunca se debieron haber llegado”.

Rosa habla de “mucha admiración y respeto”, pero también de coraje porque las familias tengan que hacer lo que corresponde al gobierno. Karla, también coincide con ella, habla de admiración por quienes realizan una labor “tan difícil, tan dura”. Pero también lamenta que sean ellas quienes tengan que realizar el trabajo de las autoridades mientras enfrentan el temor y, en algunos casos, amenazas.

Faryde, por su parte, piensa en “todas las personas que buscan a sus familiares sin ayuda del Estado y en las personas que murieron esperando ser encontradas”. 

Las familias buscadoras son admiradas por su fortaleza, devoción y labor,  al mismo tiempo reconocen que esta última nunca debió recaer en ellas.

Foto: Dalia Souza

¿Y después qué?

Frente a la realidad que enfrentamos: ¿qué hacemos quienes miramos?

Algunas personas comparten fichas de búsqueda, otras intentan aportar desde sus posibilidades. Hay quienes, no encuentran las maneras de apoyar, pero no dejan de reconocer y señalar lo que haría falta para que esta búsqueda no dependa de las familias. 

Este retrato colectivo no es un manual para poder enfrentar una crisis que parece rebasar a quienes la viven y a quienes la observan. Pero sí reúne el miedo, la impotencia, la tristeza, el coraje frente al abandono y la admiración colectiva por quienes continúan buscando.

Al inicio, una de las voces habló de la posibilidad de acostumbrarnos a escuchar la palabra desaparición hasta pensar en cada nuevo caso como “una más o uno más”. Pero detrás de cada persona, hay una ausencia que todavía provoca algo: preguntarnos qué hacemos con todo aquello que sentimos después.

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Farah Medina
Farah Medina
Llegué al periodismo por accidente e impulsada por el ‘olfato periodístico’, las narrativas con una perspectiva de derechos humanos y la necesidad de seguir creando espacios para las voces, plumas y visión de las mujeres periodistas, me quedé.

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