Manos Libres
Por Francisco Macías Medina / @pacommedina (X) / @FranciscoMacias (TG)
Cuando nos asomamos a distintas realidades de nuestro entorno, pueden ser avasallantes: polarización política y social, distintas violencias, machosferas, gritos de quienes claman justicia y familias que buscan a sus desaparecidos, defensores y defensoras atacados por proteger y denunciar.
Buscar explicaciones o sentido de forma individual a lo anterior, puede ser un esfuerzo destinado a naufragar, no por ser inútil sino porque falta el componente de otros u otras que se hagan las mismas preguntas y encuentren respuestas.
No es que en colectiva se encuentren todas las rutas, pero se evita caer en la desesperanza y al contrario valorar más los pasos, los intentos, las aspiraciones y la imaginación para cambiar esos escenarios.
La información, opiniones, estudios y diagnósticos abren puertas y propician preguntas de qué hacer y cómo hacerlo. Al buscar actores, la búsqueda se hace casi arqueológica por la propia dinámica de las redes sociales y porque los medios de comunicación formales hace tiempo que abandonaron esa fuente.
Muchos espacios donde se siente, vive, piensa y hace para construir lo nuevo que requerimos como comunidad, se encuentran en otro lugar donde la palabra, la dinámica del tiempo, la dignidad de las personas y el impacto concreto tiene un gran valor. Quizás se llame esperanza.
Hace 30 años, cuando se pasaba otra época obscura en nuestra sociedad, pero esta vez marcada por el estigma, la discriminación y la desinformación por la presencia del VIH/SIDA, hacía pensar que el futuro era una sociedad dividida de forma bipolar, entre quienes tenían que afrontar el tratamiento con el virus y los que se consideraban de manera ignorante fuera del riesgo. La nueva base tenía como elementos la exclusión, la discriminación, el miedo y el silencio institucional.
Con ese escenario un grupo de personas en vez de adoptar una postura de derrota, se permitieron sentir y decidir que otro mundo era posible, pudieron pensar en un gran hospital y reducirlo a un asunto de salud, pero su decisión fue abrir un mesón como respuesta para afrontarlo como una familia colectiva y diversa.
Ante la obscuridad, la negación y la parálisis de la época, propusieron la escucha, la atención profesional y el abrazo compasivo sin juicios, recordándonos que la humanidad es única y que las preferencias, identidades, géneros deberían solamente ser reflejo de lo que de debería de significar la igualdad.
Con el paso del tiempo las instituciones médicas, las personas profesionales de la salud, las organizaciones religiosas, las instituciones educativas, entre otras, fueron tejiéndose en una red como si fuera un gran abrazo, uno que ha permanecido durante 30 años.
El impacto del trabajo del Mesón se encuentra en la atención con compasión, la detección con sensibilización, en la exigencia siempre con diálogo con las autoridades, en la inclusión de todos y todas, hasta llegar actualmente a la consolidación de un programa donde más de 100 bebés han nacido sin el VIH debido a su modelo de acompañamiento, seguimiento y atención a sus madres y familias.
Cuando se observa al equipo que lo hace posible, caracterizado por personas jóvenes comprometidas, abiertas, incluyentes, compasivas, dispuestas a dar donde más se necesita, nos encontramos no ante una organización, sino ante una nueva forma de sentir, ser y hacer en respuesta clara a muchas de las preocupaciones del día de hoy con una nueva pedagogía de la esperanza.
Como dijo en la celebración su director Manuel Salcedo, se dedican a hacer visible el “Buen vivir”, yo diría a construir una nueva forma de ser y de hacer.
Que la labor y ejemplo del Mesón nos alcance a todas/os/es.


