Peter Haberle sobre el principio de paz

En Pie de Paz

Por Magdiel Gómez Muñiz / @magdielgmg /CEPAZ

“Donde la diferencia se convierte en amenaza,
la democracia comienza a perder su vocación de
Convivencia”
Peter Häberle

Hace un par de semanas, llegó a mis manos una obra intitulada “Sobre el Principio de Paz. La cultura de la paz. El tópico de la teoría constitucional universal” su autor Peter Haberle, recupera, una visión que invita a escudriñar el problema desde una perspectiva más amplia que la ausencia de guerra.

Lo que deja en claro Haberle que para que la paz se dé, es indispensable un principio cultural y jurídico capaz de orientar la convivencia humana. Esta idea resulta pertinente en nuestra realidad donde la violencia puede adoptar múltiples rostros engarzados en la economía, seguridad, salud y educación con sus diferentes derivaciones. De ahí que la cultura de la paz no pueda reducirse a un discurso bienintencionado sino una elongación cronológica que subraye la dignidad humana algo más que una declaración solemne.

Siguiendo las pistas semánticas, la obra invita a una concepción de la Constitución más allá del formalismo jurídico, la Constitución no es una únicamente un conjunto de normas que organizan al Estado; también expresa cultura, una forma de entender la libertad, la dignidad, la solidaridad y convivencia. Bajo esta traza, el principio de paz adquiere una dimensión universal porque constituye en horizonte normativo que permite pensar el constitucionalismo más allá de las fronteras nacionales.

La pregunta inevitable es: ¿puede existir una Constitución si la sociedad que pretende ordenar ha normalizado la violencia? lo más probable es que no, al menos no en plenitud. Una Constitución puede prohibir jurídicamente la violencia, pero su eficacia cultural dependerá de que los ciudadanos reconozcan al otro como sujeto de derechos y no como un enemigo o amenaza. La paradoja visible es que se han desarrollado sofisticados sistemas jurídicos para proteger la paz, pero no siempre han desarrollado una cultura suficiente para vivirla.

Tenemos normas contra la violencia, policías, tribunales, mecanismos de protección de derechos; sin embargo, la escalada de la violencia y la confrontación permean en todos los territorios.

Aquí podríamos subrayar que la cultura de paz debe pensarse como una tarea constitucional permanente. No solo educar para no agredir, sino aprender a dialogar desde las diferencias y resolver conflictos sin convertir la diferencia en amenaza. La paz, en este sentido, no elimina el conflicto: lo civiliza. Justo aquí radica la mayor aportación de Haberle. La paz no es el punto final de la política sino una condición para que la política pueda existir democráticamente. Es decir, una sociedad pacífica sienta sus reales a partir de tener respuesta por cauces institucionales efectivos, que resuelvan.

Debatir sobre la cultura de paz es un ejercicio polisémico transdisciplinar, y la pregunta no es tanto qué Estado queremos construir, más bien qué cultura queremos reproducir. Lo sabemos, cada sociedad educa, para la paz o para el conflicto. Quizá el verdadero desafío consiste en hacer de la paz no una aspiración retórica, sino una forma de vida democrática.

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"Es una columna que busca colocar en el debate público la relevancia de la cultura y la educación para la paz. Esta columna es escrita en colaboración con las y los integrantes del Centro de Estudios para la Paz (Cepaz) del Instituto de Justicia Alternativa del Estado de Jalisco”.

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