Más allá de prohibir: ¿cómo acompañamos en un mundo atravesado por lo digital?

#ZonaDeOpinión

Por Itzel Lugo / @lugnares (IG)

Los celulares, las redes y plataformas sociodigitales, así como las inteligencias artificiales generativas implican riesgos para niñas, niños y adolescentes: violencias digitales, exposición a contenidos dañinos, problemas de privacidad y nuevas formas de desigualdad ya expuestas en México por distintos espacios como Tejiendo Redes Infancia, Cultivando Género y la Escuela de Periodismo para Niñas y Niños, pero también han sido espacios para construir saberes y habilidades, aprender, crear y participar. 

Hay experiencias que muestran esa otra dimensión. K (16 años), por ejemplo, decidió desde los siete años estudiar desde casa para “construirse en el mundo de la comunicación” de acuerdo con sus propias palabras. Hoy es locutora, conductora y coordina un club de lectura entre pares con otras niñas y adolescentes. Eri (19 años) encontró desde los 13 años en las tecnologías digitales una posibilidad de aprendizaje autónomo cuando las condiciones económicas le impedían acceder a talleres y otros espacios de participación. 

China (17 años) ha utilizado las tecnologías digitales para buscar y seleccionar fuentes que le han posibilitado escribir discursos para participar en espacios institucionales tanto locales como nacionales, hasta ser seleccionada para representar a México en foros internacionales. Entre otras experiencias, ellas reconocen que dichas tecnologías son “armas de doble filo”. 

De modo que estos casos no significan que las tecnologías digitales sean necesariamente positivas o negativas esencialmente ni que sustituyan los espacios presenciales. Muestran que cuando existen acompañamientos intergeneracionales, dichas tecnologías pueden convertirse en dispositivos para descubrir sueños y deseos además de construir saberes y habilidades como expresarse y ser reconocidas, cambiar las injusticias, conocer sus derechos o aprender alguna actividad artística.

Por ello, la restricción anunciada en México para el uso de celulares durante la jornada escolar, incluido el recreo cuyo espacio es sumamente importante para niñeces y adolescencias, abre preguntas que van más allá de las tecnologías digitales: ¿qué educación para las tecnologías digitales estamos construyendo? ¿Cómo estamos formando a las personas docentes para acompañar también el uso de inteligencias artificiales? ¿Y qué otros espacios ofrecemos para que niñas, niños y adolescentes jueguen, se recreen, creen y se encuentren? 

María de Ibarrola advertía desde el 2012, mucho antes de la pandemia que los problemas educativos no podían atribuirse exclusivamente a la escuela: requieren también condiciones sociales, económicas y políticas que permitan aprender para habitar y transitar sus infancias. Hoy vale la pena trasladar esta pregunta al contexto actual,

¿no corremos el riesgo de convertir a las tecnologías digitales e inteligencias artificiales generativas en una coartada para no discutir las condiciones estructurales detrás de sus usos y apropiaciones?

Desde la Escuela de Periodismo para Niñas y Niños hemos apostado, desde hace poco más de diez años, por una apropiación cultural de las tecnologías digitales que reconozca sus posibilidades y riesgos. Ello ha implicado no dejar de problematizar los contextos en donde está presente la responsabilidad de las empresas y del Estado, es decir, no podemos pedir únicamente a niñas, niños, personas adolescentes, familias y docentes que hagan un “uso responsable” de plataformas cuyos modelos económicos y políticos escapan a sus decisiones.

Niñeces y adolescencias necesitan acompañamiento intergeneracional, educación a través de programas de alfabetización digital, ciudadanía digital y educación sexual integral como se ha insistido desde diferentes frentes de la sociedad civil, académicos y activistas y, sobre todo, les hace falta un Estado que regule a las empresas tecnológicas y garantice otros espacios diversos para aprender, jugar, crear y reír.

Al igual que niñas, niños y personas adolescentes, los celulares seguirán asistiendo a las escuelas junto a las inteligencias artificiales. La pregunta es qué harán las personas adultas cuando sean utilizados en horarios indebidos: ¿se les regañará?, ¿se les castigará? Y, sobre todo, ¿qué haremos frente al acoso, el ciberacoso y otras formas de violencia digital que no desaparecen al prohibir un dispositivo? Más que preguntarnos solamente cómo sacar los celulares de las escuelas, quizá necesitamos construir escuelas capaces de acompañarnos.

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