#ZonaDeOpinión
Por Anashely Elizondo / @Anashely_Elizondo
Los hombres van solos al baño, no como nosotras, que casi siempre vamos en grupo o al menos, acompañadas.
Los hombres cocinan, la mayoría de las veces, sólo para ellos, no como nosotras, que pensamos en preparar porciones para compartir.
Los hombres aceptan el trabajo de sus sueños sin pensarlo porque son sus sueños. No como nosotras, que al aceptar una responsabilidad más grande pensamos en el tiempo libre, en las obligaciones, en los cuidados de los demás.
Los hombres han crecido así, creyéndose los jefes de una tribu que no existe. Las mujeres hemos crecido así, poniendo el bien de cualquier otra persona antes que el nuestro.
¿Será por eso qué a los hombres les cuesta un poco más sentirse parte de algo? ¿De un grupo de amigos, de su familia, de sus parejas, de las personas que les rodean? ¿Les hará falta pensar en otra cosa que no sea su bien común, su “independencia”, su afán de no perder nunca nada?
Nadie es por naturaleza egoísta o super independiente. No es la naturaleza masculina lo que los vuelve poco vulnerables o cercanos. Es la falta de perspectiva hacía el otro. La falta de cercanía con ellos mismos y con los demás. ¿Están solos por qué quieren o por qué no saben estar cerca?
Estar cerca implica acompañar en los cambios, ceder, involucrarse, incomodarse, mantener. Y ese trabajo, perdón que lo diga, compañeros, ha sido, por muchos años, algo propiamente femenino. Los hombres van solos al baño, juegan sus videojuegos en soledad, les cuesta intimar con otros hombres y construir espacios más seguros, de respeto y libre escucha.
Ni el feminismo ni las mujeres son la causa de la soledad masculina. Tampoco de la baja tasa de natalidad.
El feminismo es un aliado, un amigo que le susurra a los hombres más machos: mereces que te cuiden y tú también necesitas involucrarte más en la tarea de cuidar.



