Movimiento que habla
Cuando alcancé la mayoría de edad fui más consciente de algo que hasta entonces me resultaba ajeno y que casi no me molestaba: mi cuerpo.
Con la pandemia de 2020 y la poca movilidad de la cuarentena, una idea empezó a rondarme: me estoy poniendo gorda. Empecé a hacer ejercicio de forma intensa y, quizá, ayudada por mi dismorfia corporal, de repente noté que se me bajaba esa panza que yo aseguraba tener.
Aun así, mi obsesión por el ejercicio solo creció. Iba a citas con una nutrióloga, me obsesionaba con aumentar músculo y no grasa, y tomaba proteína. Desayunaba religiosamente un shake con alguna fruta. Así fue como los cambios llegaron: dejé mi cuerpo adolescente de apenas 40 kilos y empecé a ganar músculo. Me sentía bien, pero era un estilo de vida imposible de sostener. Estaba en la universidad y empezaba a trabajar: me levantaba a las 5 de la mañana para ir al gimnasio, entraba a clases a las 8, trabajaba de 9 a 3, comía entre 2 y 3 y regresaba a la escuela de 3 a 8. No sé cómo aguanté esa vida un año.
Escuchaba comentarios de que el ejercicio había arruinado mi cuerpo, de que estaba más ancha. Al principio no les hacía caso porque estaba muy satisfecha con mi masa muscular. Hoy me cuesta más hacer ejercicio, me encanta comer (incluso puedo comer más que mi pareja) y hay algo que nunca deja mi cabeza: estoy gorda.
Eso me lleva a preguntarme por qué las mujeres siempre pensamos en nuestro cuerpo, por qué nada es suficiente, por qué pensamos en dietas extremas cuando el cuerpo es lo que nos permite vivir. ¿Por qué nos maltratamos al vomitar, al dejar de comer, al negarnos el placer de un café con azúcar, un dulce o unas papas que sin duda mejorarían nuestro día?
También me pregunto por qué muchos hombres parecen vivir sin esa vigilancia constante. No hacen dietas obsesivas ni se miden frente al espejo cada mañana, y dudo que odiar su cuerpo esté en su agenda del día. No es que no tengan inseguridades, sino que a ellos nadie les enseñó que su valor dependía de su apariencia.
Creo que la respuesta es social. El cuerpo de la mujer es objeto de consumo. Nos enseñan a vernos siempre bonitas y femeninas, a querer cambiar lo que no encaja en el estereotipo de las revistas o de Barbie; hasta el porno nos ha enseñado cómo vernos durante el sexo. En la industria musical se exige más a las mujeres y se consumen shows donde el vestuario muestra el cuerpo, importando poco o nada la trayectoria, el esfuerzo, la lírica o el mensaje. Nos comparamos constantemente con otras mujeres y todas hemos escuchado el mensaje de “quiérete y ama tu cuerpo” de boca de quienes persiguen justo lo contrario.
Así que sí, el patriarcado permea otra vez nuestra vida: crecemos creyendo que para que un hombre nos quiera debemos vernos de cierta manera. Y a ese mandato se le suma uno peor, llega una edad en la que descubrimos que muchos hombres buscan a mujeres más jóvenes porque las de su edad ya les parecen “viejas”. Ellos envejecen y se les llama interesantes; a nosotras se nos exige detener el tiempo.
De ahí surge otra pregunta: ¿quién dijo que tenemos que gustarles? ¿Por qué no empezamos a preguntarnos si ellos nos gustan a nosotras?
Nadie se salva de este fenómeno. Son pocas las mujeres que se rindieron ante la idea de ser perfectas y simplemente habitan su cuerpo.
Por eso quiero decirte, a ti que me lees, que no estás sola. Nadie se preocupa por tu cuerpo tanto como tú. Es normal que no te guste, porque nadie te enseñó que tenías que amarlo; al contrario, todo el mundo te enseñó a odiarlo y a querer cambiarlo. Es una idea muy difícil de romper, pero te invito a intentarlo poco a poco. Hacer ejercicio y comer bien tiene un propósito: que tu cuerpo se sostenga con el paso del tiempo y vivas con estabilidad, no que te parezcas a una modelo. Y recuerda que la mayoría de las personas está demasiado ocupada pensando en su propio cuerpo como para fijarse tanto en el tuyo.
Hace poco llegué a una conclusión: mi cuerpo me permite amar, hablar, reír, viajar, trabajar; me da todo lo bonito de la vida. Hay personas que han perdido una pierna o un brazo, que viven en una silla de ruedas o con una enfermedad crónica, y que saben mejor que nadie lo que significa depender de un cuerpo que no siempre coopera. Su experiencia nos recuerda que el cuerpo no es un proyecto que corregir, sino el lugar desde el cual vivimos.
Hay cuerpos que han sufrido abusos y que aun así siguen en pie. Y todas hemos hecho lo imposible por modificar el nuestro. ¿Y si en vez de odiarlo lo agradecemos? Tal vez la clave no sea seguir peleándonos con él, sino empezar a habitarlo y a disfrutar la vida que nos permite tener.


