La otra historia
Por José Baroja / @jose_baroja / @laotrahistoriamx
Foto: Karen García
Lo ocurrido este domingo frente a Casa Jalisco no fue un problema de comunicación, un incidente desafortunado ni uno de esos “momentos de tensión” con que los gobiernos intentan rebajar la violencia cuando la violencia la ejercen ellos. Fue REPRESIÓN. Hay que llamarla por su nombre porque precisamente para eso sirven las palabras cuando enfrente están los comunicados oficiales. Ciudadanos que durante meses han reclamado por el agua que reciben en sus casas terminaron frente a una fila de antimotines, respirando gas, recibiendo golpes y soportando chorros lanzados a presión por agentes protegidos detrás de escudos. Exigir sus derechos no convierte a una multitud en un enemigo al que haya que disciplinar ni vuelve razonable que un gobierno incapaz de resolver una crisis sanitaria descubra de pronto una sorprendente capacidad operativa cuando se trata de someter el enojo que esa misma incapacidad produjo.
Lo brutal no estuvo solamente en el gas o en el agua a presión. Estuvo en la actitud de los antimotines, en esa seguridad con que un hombre cubierto por casco, armadura y escudo puede avanzar sobre otro que no tiene nada de eso y sentirse todavía del lado del orden. Las imágenes son obscenas porque muestran una desigualdad elemental de fuerzas y, al mismo tiempo, la arrogancia de quien sabe que detrás de él está el Estado. Empujar, arrinconar, golpear, perseguir: todas acciones realizadas bajo el uniforme que después permite redactar el parte y llamar “restablecimiento del orden” a lo que cualquier ciudadano reconoce a simple vista. La mala educación, escribí hace años a propósito de Chile, también pertenece a quienes están arriba, seguros de su intocabilidad. Este domingo en Guadalajara esa intocabilidad llevaba casco; la responsabilidad política, en cambio, estaba bastante más lejos de los golpes.
Pablo Lemus había hablado del derecho a manifestarse. Después aparecieron los antimotines. Esa distancia entre lo que un gobernante dice frente a una cámara y lo que su gobierno hace en la calle tiene un nombre bastante antiguo: hipocresía. Lemus puede presentarse como político cercano, moderno, dialogante, recorrer colonias en tenis, grabar videos, sonreír, asegurar que escucha y repetir todas las fórmulas de cordialidad que su equipo considere convenientes. Nada de eso resiste una imagen de policías avanzando sobre ciudadanos que llegaron a reclamar agua limpia. La máscara de cercanía dura exactamente hasta que la protesta se acerca demasiado. Entonces aparecen las vallas y descubrimos que debajo del político simpático estaba también el gobernador que manda proteger su casa.
Eso es lo que vuelve especialmente repugnante lo sucedido. Durante meses los vecinos tuvieron que probar que el agua estaba sucia, tomar fotografías, llenar reportes, organizarse, insistir y esperar. No hubo para ellos una respuesta que se pareciera a la urgencia. El domingo sí la hubo. Los antimotines estaban listos. El gas estaba listo. Las vallas estaban listas. Los equipos estaban listos. Para defender al poder, el Estado llegó puntual. Para defender a quienes abrían una llave y recibían agua inmunda, siempre había una explicación pendiente.
Un gobierno muestra lo que realmente considera importante no en sus discursos, sino en aquello para lo que consigue movilizarse con rapidez. El de Jalisco tardó meses en tratar como emergencia el agua de sus ciudadanos y necesitó minutos para tratar como amenaza a quienes fueron a reclamarla. Esa elección política pesa mucho más que cualquier declaración posterior.
Lemus podrá hablar ahora de provocadores, de investigaciones, de policías agredidos y de la obligación de mantener el orden. Tendrá derecho a investigar cada delito cometido durante la protesta. Lo que no tiene derecho a hacer es utilizar esos hechos para convertir a los reprimidos en culpables de su propia represión ni para olvidar qué llevó a miles de personas hasta Casa Jalisco. Un gobierno no puede abandonar un problema, dejar que se pudra y después darse golpes de pecho porque la rabia huele mal.
Este domingo quedó claro para qué cosas funciona bien el Estado de Jalisco. Cuando hubo que escuchar, fue lento. Cuando hubo que resolver, fue insuficiente. Cuando hubo que informar, abundaron las explicaciones. Cuando hubo que reprimir, en cambio, no faltó nada.
Y, por cierto, el agua limpia estaba en las tanquetas.


