Serie fotográfica de Rafael del Río
Fotos: Rafael del Río /@rafadelriofoto (IG) / @rafael_del_rio_series_ (IG)
Texto: Adriana Navarro / @adnavar (IG)
Hay lugares donde el agua sobra hasta convertirse en una amenaza. Y otros donde su ausencia determina la vida entera.
En Guadalajara, una tormenta puede transformar una avenida en un río. Los automóviles quedan atrapados, las calles desaparecen bajo el agua y la ciudad se paraliza. A unos kilómetros, en las comunidades rurales de Jalisco, conseguir agua suficiente para beber, cocinar, lavar o mantener una parcela puede ser una tarea cotidiana que nunca termina.
También hay lugares donde el agua está presente, pero ha dejado de ser segura.

El río Santiago atraviesa una de las regiones industriales más importantes de México. Sus aguas reciben descargas municipales, industriales y agropecuarias. En distintos puntos de su cuenca se ha documentado la presencia de sustancias contaminantes, incluidos metales pesados. A sus orillas viven comunidades para las que el río forma parte del paisaje, de la historia y de una larga preocupación por la salud.
El agua está ahí. Corre. Se acumula. Desborda. Desaparece de las tuberías. Llega contaminada.
Y cada una de esas formas cuenta algo sobre el territorio.

La serie fotográfica “Geografía de la sed”, de Rafael del Río, recorre algunas de esas geografías del Occidente mexicano. En sus imágenes, el agua deja de ser únicamente un elemento del paisaje para revelar las condiciones en las que millones de personas se relacionan con un recurso indispensable para vivir.
En Jalisco existen cerca de nueve mil localidades de menos de 500 habitantes que, de acuerdo con información oficial citada en este trabajo, carecen del servicio de agua entubada. En la Zona Metropolitana de Guadalajara, alrededor de 627 colonias han enfrentado problemas de desabasto, distribución por tandeos y deficiencias en el suministro.
Las cifras tienen una traducción doméstica: una llave que no entrega agua, un recipiente que debe llenarse cuando el servicio regresa, una familia que organiza sus actividades alrededor de horarios que no controla.
La escasez no siempre comienza cuando se agota el agua. A veces comienza cuando deja de llegar a una casa.

En el campo, sus consecuencias se extienden más allá de las paredes de una vivienda. Sin agua suficiente resulta difícil sembrar, sostener el ganado o mantener una actividad productiva. La disponibilidad del recurso influye en los ingresos familiares, en las posibilidades de permanecer en una comunidad y en la continuidad de formas de vida construidas alrededor de la tierra.
Una de las fotografías de esta serie fue tomada en una comunidad campesina situada en los límites de Jalisco y Colima. Allí, la falta de agua forma parte de una realidad distinta a la de las inundaciones metropolitanas. La preocupación no es cómo detenerla, sino cómo conseguirla.
En ambos territorios, la infraestructura y las decisiones sobre su manejo intervienen en la relación cotidiana de las personas con el agua.
Pero hay otra geografía, acaso más inquietante: aquella donde el agua existe y su contaminación representa un riesgo.

El Santiago es uno de los casos más documentados de deterioro ambiental en México. Su cuenca ha sido transformada durante décadas por el crecimiento urbano, la expansión industrial, las actividades agropecuarias y la insuficiencia de los sistemas de saneamiento.
Los contaminantes que llegan a un río no permanecen necesariamente en el lugar donde fueron vertidos. El agua circula, conecta territorios y transporta las consecuencias de actividades realizadas kilómetros arriba.
En San Pedro Itzicán, comunidad de Poncitlán situada en la región de la cuenca Chapala-Santiago, la enfermedad renal crónica se ha convertido en una preocupación sanitaria de enormes dimensiones. Investigaciones académicas han documentado una elevada prevalencia de esta enfermedad entre sus habitantes. Una estimación citada para la región señala que cerca de 20 por ciento de la población adulta la padece.



La situación exige distinguir entre la presencia de contaminación ambiental, la magnitud de la enfermedad y sus posibles causas, que requieren investigación epidemiológica. Pero también obliga a observar las condiciones en las que viven las poblaciones expuestas a distintos riesgos ambientales.
La contaminación de un río puede medirse mediante análisis de laboratorio. Sus efectos sociales son más difíciles de condensar en una cifra.
En las comunidades ribereñas, el deterioro ambiental forma parte de la experiencia cotidiana. El río que durante generaciones estuvo asociado al trabajo, la agricultura y la vida comunitaria puede convertirse en una fuente de preocupación. Y quienes viven cerca de sus aguas no son necesariamente quienes producen las descargas que contribuyen a contaminarlas.

Hay una dimensión menos visible de esta historia: la vigilancia.
Entre 2020 y 2021, la Comisión Nacional del Agua asignó un solo inspector a la vigilancia de descargas de aguas residuales en el tramo jalisciense del sistema Lerma-Santiago, de acuerdo con la investigación periodística La vigilancia del agua en México, en caída libre, publicada por Adriana Navarro en Quinto Elemento Lab.
En ese territorio se concentraban decenas de miles de usuarios registrados.
Un inspector.
Una cuenca de enorme importancia ambiental y económica.
Miles de actividades que requieren supervisión.
La dimensión del problema no se explica únicamente por lo que llega al agua, sino también por la capacidad de las instituciones encargadas de impedir que se contamine y de sancionar las irregularidades.
La contaminación no empieza necesariamente donde el río cambia de color. Puede comenzar mucho antes, en una descarga sin tratamiento suficiente, en una inspección que nunca se realiza o en una infraestructura de saneamiento incapaz de responder al crecimiento de una región.
Y continúa aguas abajo.
La cuenca Lerma-Santiago-Pacífico comprende territorios de nueve estados mexicanos. Lo que ocurre en una parte de ese sistema puede tener repercusiones en otras. Las fronteras administrativas no detienen la circulación del agua ni de las sustancias que transporta.
En Guadalajara, entretanto, el problema adquiere otra forma.
Durante la temporada de lluvias, algunas zonas de la metrópoli sufren inundaciones severas. El agua ocupa avenidas, entra en viviendas y convierte espacios de circulación cotidiana en lugares de riesgo.


La intensidad de las precipitaciones es parte de la explicación, pero no la única. La expansión urbana sobre áreas susceptibles de inundación, la pérdida de superficies naturales que permiten la infiltración y las limitaciones de los sistemas de drenaje aumentan la vulnerabilidad de la ciudad.
El suelo cubierto de asfalto y concreto deja menos espacio para que el agua se infiltre. Los cauces modificados, la ocupación de zonas inundables y la infraestructura insuficiente agravan las consecuencias de las tormentas.
La ciudad recibe en unas horas volúmenes de agua que sus sistemas no siempre consiguen conducir.
Después, cuando termina la lluvia, persisten los problemas de abastecimiento en numerosas colonias.
El agua que inunda una calle no es necesariamente agua que pueda almacenarse, potabilizarse y distribuirse. Para aprovecharla se necesitan sistemas de captación, tratamiento e infraestructura que permitan gestionar las precipitaciones sin aumentar los riesgos sanitarios.
La abundancia momentánea de lluvia no garantiza el acceso permanente al agua potable.
Y ese es uno de los asuntos centrales de esta serie fotográfica: la distancia entre la existencia física del agua y la posibilidad real de utilizarla en condiciones seguras.

Durante décadas, la respuesta a las necesidades hídricas se ha asociado con grandes obras: presas, acueductos, colectores, plantas de tratamiento y redes de distribución. Son infraestructuras fundamentales. Pero su construcción, operación, mantenimiento y vigilancia determinan buena parte de sus resultados.
Las fotografías de Rafael del Río permiten observar la crisis desde una escala distinta.
Una calle inundada. Un cauce contaminado. Una comunidad campesina que enfrenta escasez. Los territorios donde el agua condiciona la salud, el trabajo y la vida cotidiana.
Cada imagen muestra una parte de un sistema mucho más amplio, hecho de decisiones públicas, actividades económicas, transformaciones ambientales y desigualdades acumuladas.
El saneamiento de una cuenca degradada durante décadas no se consigue con una intervención aislada. Requiere tratamiento efectivo de las aguas residuales, supervisión de las descargas, mantenimiento de infraestructura, información pública y coordinación entre autoridades, industrias y comunidades.
También exige comprender que el acceso al agua no se resuelve únicamente con garantizar su presencia.
Un río puede llevar agua y estar contaminado. Una ciudad puede recibir lluvias abundantes y padecer desabasto. Una comunidad puede encontrarse junto a una gran cuenca y carecer de agua potable en sus viviendas.
El derecho humano al agua y al saneamiento supone que las personas dispongan de agua suficiente, salubre, aceptable, accesible y asequible. No se satisface con la existencia de un río cercano ni con una tubería instalada que permanece vacía.

En las fotografías de “Geografía de la sed” hay agua que irrumpe y agua que falta. Agua que sostiene actividades productivas y agua que representa un riesgo. Agua que recorre los paisajes y agua que depende de una red de infraestructura para llegar a una casa.
Vistas en conjunto, las imágenes construyen una geografía de la crisis hídrica en el Occidente de México.
No se trata de un solo problema ni de una sola causa. Son distintas manifestaciones de una relación profundamente transformada entre las sociedades, sus territorios y los sistemas naturales de los que dependen.
La fotografía puede detener un instante: una inundación, la superficie de un río, la aridez de un territorio. Lo que no siempre aparece dentro del encuadre es la historia que produjo esa escena. Las decisiones acumuladas, las omisiones, las inversiones pendientes, las descargas permitidas, los años de deterioro.

Eso también forma parte de lo que estas imágenes invitan a mirar.
Porque el agua tiene una historia anterior a cada fotografía y otra que continúa después de ella.
La lluvia seguirá cayendo sobre Guadalajara. El Santiago continuará su recorrido. Las comunidades campesinas seguirán necesitando agua para vivir y trabajar.
La pregunta es en qué condiciones.
Quién puede abrir una llave y beber. Quién debe esperar a que llegue una pipa. Quién vive junto a un río contaminado. Quién pierde sus bienes durante una inundación. Quién vigila las descargas. Quién decide dónde se invierte y qué territorios deben esperar.
El agua no reconoce las fronteras entre municipios ni las divisiones entre el campo y la ciudad. Lo que se vierte, se extrae, se desperdicia o se deja de sanear en un punto puede tener consecuencias muy lejos de allí.
Las fotografías de Rafael del Río registran algunos de esos lugares.
Y dejan una pregunta que permanece cuando la imagen termina:
¿Cuánto vale el agua cuando falta, y cuánto cuesta cuando está contaminada?


Fuentes documentales
- Sistema de Información Geográfica y Ambiental de Jalisco. Información sobre recursos hídricos.
- TV Azteca Jalisco. Reporte sobre colonias afectadas por interrupciones del suministro.
- Universidad de Guadalajara. Información sobre enfermedad renal crónica en Jalisco.
- Quinto Elemento Lab. La vigilancia del agua en México, en caída libre, investigación de Adriana Navarro.


