Las condiciones para protestar

La Otra Historia

Por José Baroja / @jose_baroja / @laotrahistoriamx (IG)

Foto: Farah Medina

«Ver lo que tenemos delante de las narices exige una lucha constante».
—George Orwell, In Front of Your Nose (1946). Traducción propia.

Me detuve en la noticia de que los policías estatales que resguardaban Palacio de Gobierno llevaban pancartas contra la confrontación. Después del domingo anterior, el detalle merece atención, aunque me gustaría saber qué debían hacer con ese mensaje los manifestantes que, en otros puntos del recorrido, denunciaban agresiones y trataban de apartar a grupos que llevaban palos y martillos. Las familias seguramente compartían el deseo de los agentes; después de todo, habían salido a reclamar agua limpia y debieron de considerar que regresar sin lesiones estaba incluido, sin necesidad de solicitarlo por separado.

Preguntar dónde estaba la policía durante esas agresiones tampoco significa esperar que los asistentes corrieran a buscarla. Después de los abusos documentados durante la marcha anterior, sería mucho pedir que una persona desconfiara de los uniformados durante la semana y recuperara la confianza el domingo porque ahora llevaban carteles. Me interesa saber qué órdenes recibieron y qué debían hacer mientras los ciudadanos intentaban protegerse por su cuenta. El gobierno seguía siendo responsable de la actuación policial, incluso frente a quienes tuvieran motivos para preferir a los agentes lejos.

Según recogió El Informador, una parte de la organización decidió detener el recorrido porque consideró demasiado peligroso continuar. Una participante habló de las personas mayores y las infancias que estaban allí, al tiempo que expresó la sospecha de que se buscaban condiciones para reprimirlos. La decisión inmediata consistía en determinar si seguir caminando expondría a alguien a una agresión, algo que no podía esperar a que se esclareciera quiénes eran los encapuchados.

Merece pensarse esa manera de detener una protesta sin prohibirla. Una familia considera demasiado peligroso continuar y se retira por su propia voluntad, expresión que después permite contar lo sucedido con mucha tranquilidad: nadie le ordenó regresar y la calle seguía abierta, de modo que su derecho a manifestarse habría permanecido intacto. Solo tenía que aceptar la posibilidad de que alguien saliera herido. En una versión así, quienes decidieron volver a casa podrían apreciar la libertad de la que disfrutaron, aunque en el momento estuvieran demasiado ocupados buscando por dónde salir.

Lo ocurrido exige averiguar quiénes cometieron las agresiones y si actuaron de manera coordinada. No sabemos si alguien los envió. El gobierno debería poder explicar, en cambio, dónde estaban sus agentes y qué instrucciones tenían mientras los manifestantes intentaban protegerse. El origen de unos podrá estar por esclarecer; sobre su propia policía tendría que disponer de información bastante más precisa.

La utilización de grupos organizados para atacar movimientos sociales es más vieja que el hilo negro, y México tiene antecedentes documentados de participación estatal en esas prácticas. A veces parece que la memoria debe servirnos para reconocer lo que hicieron gobiernos de hace cincuenta años, siempre que tengamos la delicadeza de no formular preguntas incómodas sobre el presente. Ese pasado explica la desconfianza; lo ocurrido este domingo tendrá que esclarecerse con sus propias pruebas.

La investigación sobre los agresores deja pendiente, además, la actuación de la policía. Importa dónde estaba y qué debía hacer allí, qué reportes recibieron los mandos y cómo respondieron. Una investigación que reúne videos de personas arrojando objetos puede establecer responsabilidades individuales; todavía le queda averiguar qué hizo la autoridad durante ese tiempo, asunto sobre el cual debería existir información sin necesidad de esperar a que alguien la encuentre en su teléfono.

Según N+, Lemus señaló este domingo la presencia de encapuchados presuntamente infiltrados y les atribuyó hechos violentos. Conviene saber qué información recibió y cuándo, porque llamar “infiltrado” a alguien supone conocer algo sobre la intención con que llegó a una marcha. Si dispone de elementos para sostenerlo, podrá explicarlos. Sobre las órdenes bajo las que actuó la Policía Estatal tendría que estar todavía mejor informado, a menos que también esa parte de la jornada vaya a conocerla cuando se revisen los videos.

Una protesta corre el riesgo de quedar reducida a sus incidentes. Los convocantes explican que querían marchar pacíficamente y los asistentes deben aclarar que ellos no participaron en las agresiones, como si salir a reclamar agua los hubiera vuelto responsables de cualquiera que apareciera cerca. Se entiende la necesidad de defenderse, pero conviene observar cuánto espacio ocupa esa discusión y qué deja fuera. Un gobierno puede pasar una tarde hablando de las condiciones del orden público mientras los ciudadanos siguen esperando que hable de las condiciones del agua.

El Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas establece que los actos aislados de violencia no deben atribuirse al conjunto de una reunión. Quienes se manifestaban pacíficamente conservaban sus derechos y la autoridad tenía la obligación de adoptar medidas razonables para protegerlos frente a las agresiones de otros. De lo contrario, bastaría con que alguien llegara a lanzar una piedra para que miles de personas quedaran obligadas a justificar su presencia. Sería concederle bastante poder a quien lleva la piedra y una excusa demasiado cómoda a quien tiene la policía.

El gobierno de Lemus debe responder por el operativo y por las medidas que tomó para garantizar la protesta de este domingo. Quienes tuvieron que detenerse pueden exigir esas explicaciones sin resolver primero quién organizó las agresiones, porque bastante tuvieron con tratar de evitarlas. Las pancartas frente a Palacio expresaban el deseo de la policía de evitar la confrontación. Me gustaría conocer las órdenes: los manifestantes también querían evitarla y, según los testimonios recogidos durante la jornada, hacerlo les exigió algo más que escribirlo.

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