#ZonaDeOpinión
Por Alejandro Salgado*
«Nombrar la rabia sin convertirla en odio contra los débiles.»
José Baroja, Chile: cuando el miedo reemplaza el futuro (2026)
Hace tiempo me incomoda una pregunta que parece impropia del análisis político: ¿podemos hablar todavía de maldad? La palabra produce cierto pudor intelectual. Suena excesiva, religiosa, quizá demasiado cargada para una época acostumbrada a explicar los comportamientos mediante encuestas, condiciones materiales, algoritmos electorales y desplazamientos demográficos. Podemos hablar de autoritarismo, polarización, nativismo o radicalización sin demasiados problemas; en cambio, decir que algunas prácticas políticas son malas parece introducir un juicio moral allí donde se esperaba distancia analítica. Sin embargo, hay momentos en que evitar esa palabra también empobrece nuestra capacidad para comprender lo que tenemos delante.
No me interesa llamar malvadas a millones de personas ni convertir una diferencia ideológica en una clasificación moral entre buenos y malos. Una explicación así sería intelectualmente pobre y, además, reproduciría el mismo mecanismo de simplificación que pretendo discutir. Cuando hablo aquí de la maldad de la ultraderecha me refiero a determinadas formas de ejercer y representar la política que encuentran eficacia en la humillación, la exclusión y el sufrimiento ajeno. La pregunta que me interesa es por qué una sociedad democrática puede acostumbrarse a que la vulnerabilidad de ciertas personas termine convertida en espectáculo, amenaza o incluso motivo de satisfacción.
Conviene precisar también de qué hablamos cuando utilizamos la palabra ultraderecha. Cas Mudde (2019) emplea far right como una categoría amplia dentro de la cual distingue entre derecha radical y extrema derecha. Ambas comparten componentes autoritarios y nativistas, aunque mantienen relaciones distintas con la democracia liberal. Esta precisión importa porque cualquier crítica seria debe resistirse a llamar fascista a todo adversario conservador. Una democracia necesita derechas, izquierdas, liberales, socialdemócratas y muchas otras tradiciones capaces de disputar legítimamente el poder. El problema aparece cuando la pertenencia plena a la comunidad comienza a reservarse para unos pocos y los demás quedan convertidos en sospechosos.
Allí empieza a interesarme la cuestión de la maldad. No necesariamente en sus formas históricamente más espectaculares, sino en operaciones pequeñas que terminan modificando nuestra sensibilidad. Un migrante deja de aparecer como una persona que tiene frío, hambre, hijos, miedo o esperanza y se convierte en una cifra que “invade”. Una minoría deja de ser un conjunto de personas concretas y pasa a representarse como amenaza cultural. El pobre deja de tener una biografía y se transforma en alguien culpable de su fracaso. Cuando ese desplazamiento ocurre, el sufrimiento pierde parte de su capacidad para interpelarnos.
Hannah Arendt comprendió que algunas de las grandes catástrofes políticas del siglo XX necesitaron algo más complejo que la existencia de dirigentes excepcionalmente crueles. Necesitaron instituciones, lenguajes, obediencias y hábitos capaces de volver administrativamente normal aquello que, contemplado desde fuera, resultaba monstruoso. The Origins of Totalitarianism conserva su importancia precisamente porque muestra hasta qué punto la destrucción política de una persona puede comenzar mucho antes de su eliminación física: comienza cuando pierde derechos, pertenencia y reconocimiento ante los demás (Arendt, 1973).
Por supuesto, nuestras democracias contemporáneas no pueden compararse mecánicamente con los totalitarismos europeos del siglo XX. Hacerlo impediría entender tanto el pasado como el presente. Pero la advertencia de Arendt permanece: una democracia se deteriora también cuando aprende a clasificar seres humanos según el grado de protección que merecen. Antes de la violencia abierta suele existir un largo aprendizaje de indiferencia.
Ese aprendizaje necesita palabras. Ruth Wodak (2021) ha estudiado precisamente el modo en que los discursos de la derecha populista radical normalizan expresiones vinculadas al nacionalismo excluyente, la xenofobia, el racismo, el sexismo y otras formas de discriminación. El lenguaje importa porque modifica lentamente el territorio de lo aceptable. Una expresión que inicialmente provoca rechazo puede convertirse, tras repetirse cientos de veces en discursos, entrevistas y redes sociales, en una posibilidad política perfectamente discutible.
Este mecanismo explica parte de la eficacia contemporánea de la provocación. Cuando un dirigente insulta deliberadamente a una minoría, ridiculiza a una víctima o propone un castigo desproporcionado, la frase cumple varias funciones al mismo tiempo. Sus partidarios pueden interpretarla como valentía; sus adversarios reaccionan y amplifican el mensaje; los medios obtienen una declaración capaz de generar audiencia. Al cabo de un tiempo, la discusión deja de girar alrededor de si determinadas personas merecen dignidad y pasa a concentrarse en cuánto podemos restringirla sin sentirnos excesivamente incómodos.
Jason Stanley (2018) ha explicado que la política fascista trabaja recurrentemente con divisiones entre un “nosotros” supuestamente legítimo y distintos grupos presentados como amenazas. La nostalgia por un pasado idealizado, la obsesión con el orden, la ansiedad sexual, el antiintelectualismo y la fabricación de enemigos forman parte de ese repertorio. Me parece especialmente importante que estas estrategias no dependan siempre de una adhesión consciente al fascismo histórico. Pueden circular dentro de sociedades democráticas y ser utilizadas por personas que jamás se describirían a sí mismas como fascistas.
Hay algo más inquietante. La crueldad política contemporánea puede resultar entretenida. Basta observar ciertos espacios digitales para advertir que la humillación se ha convertido en un género expresivo: videos destinados a ridiculizar adversarios, memes sobre migrantes, celebraciones públicas de deportaciones, bromas sobre personas pobres, mujeres, extranjeros o minorías sexuales. En esos lugares el objetivo ya no parece convencer a nadie. Lo que se busca es disfrutar colectivamente de la derrota simbólica de otra persona.
Este elemento suele quedar fuera del análisis electoral, aunque me parece fundamental. Existen ciudadanos que apoyan opciones radicales por inseguridad económica, otros por miedo al delito, desconfianza institucional, rechazo a las élites, transformaciones culturales demasiado rápidas o experiencias reales de abandono estatal. Todas esas razones merecen ser estudiadas. Sin embargo, reconocer la existencia de esas causas no obliga a ignorar que determinados movimientos convierten el malestar legítimo en permiso para despreciar a personas más vulnerables.
José Baroja ha formulado el problema de una manera que me parece particularmente útil. Al reflexionar sobre el avance de la ultraderecha escribió que había que ser capaces de “nombrar la rabia sin convertirla en odio contra los débiles” (Baroja, 2026). La frase contiene una distinción política esencial. La rabia puede proceder de condiciones reales: salarios insuficientes, barrios inseguros, servicios públicos deteriorados, desigualdad, miedo al descenso social o la sensación de que nadie escucha. El trabajo político comienza precisamente al decidir hacia dónde se dirige esa rabia.
La ultraderecha suele ofrecer objetos humanos sobre los cuales descargarla. Allí encuentro una de sus dimensiones moralmente más graves. Problemas producidos por economías complejas, instituciones debilitadas, políticas públicas deficientes o transformaciones globales adquieren de pronto un rostro sencillo: el extranjero, la feminista, el profesor, el periodista, el pobre que recibe ayudas, la persona trans, el intelectual, el opositor. Resulta mucho más fácil odiar a alguien que comprender un sistema.
El miedo cumple una función parecida. Una comunidad asustada acepta medidas que probablemente rechazaría en circunstancias menos angustiosas. Seguridad, migración y decadencia cultural aparecen entonces mezcladas dentro de un relato donde todo parece encontrarse al borde del colapso. Baroja (2026) ha insistido justamente en este desplazamiento del futuro por el miedo. Cuando una sociedad deja de preguntarse qué quiere construir y comienza a preguntarse únicamente de quién necesita protegerse, el horizonte político se estrecha.
Me preocupa especialmente el momento en que la crueldad empieza a confundirse con fortaleza. Un gobernante compasivo puede ser presentado como débil; quien duda antes de ejercer violencia parece incapaz de gobernar; quien reconoce la humanidad del adversario corre el riesgo de parecer ingenuo. La ultraderecha explota esa inversión moral con notable eficacia. El dirigente fuerte demuestra su fuerza haciendo visible que está dispuesto a producir sufrimiento.
Aquí aparece una diferencia que considero decisiva entre autoridad y crueldad. Una democracia puede encarcelar a quien comete delitos, controlar sus fronteras, establecer obligaciones y hacer cumplir la ley. Esas funciones forman parte de cualquier Estado. El problema moral comienza cuando el castigo necesita también humillación, cuando la aplicación de la ley se convierte en representación pública de superioridad y cuando el dolor de alguien funciona como mensaje tranquilizador para los demás.
Por eso desconfío de la expresión frecuente según la cual determinadas afirmaciones son “solo retórica”. La retórica prepara imaginarios. Decide quién nos parece próximo, quién merece confianza y qué sufrimientos estamos dispuestos a contemplar sin inquietarnos. Wodak (2021) muestra que la normalización discursiva forma parte del crecimiento político de la ultraderecha. Aquello que ayer parecía inadmisible puede presentarse mañana como simple sentido común.
La responsabilidad de las democracias, sin embargo, tampoco puede limitarse a condenar moralmente este fenómeno. Si millones de ciudadanos encuentran respuestas en discursos autoritarios, algo ha fallado antes. Baroja lo señala cuando recuerda que muchas de las preguntas capturadas por la ultraderecha nacieron de injusticias verdaderas: inseguridad, abandono, precariedad y miedo (Baroja, 2026). Despreciar a quienes experimentan esas condiciones solo entrega nuevos argumentos a quienes aseguran hablar en su nombre.
La respuesta democrática exige entonces una dificultad mayor. Hay que defender a quienes son convertidos en enemigos sin negar los problemas que preocupan a las mayorías. Hay que discutir la seguridad sin aceptar que cualquier abuso pueda justificarse en su nombre. Hay que hablar de migración sin deshumanizar al migrante. Y hay que reconocer que la igualdad pierde capacidad de convocatoria cuando se convierte en un lenguaje incapaz de hablar también de protección, comunidad y vida cotidiana.
Vuelvo finalmente a la palabra con la que comencé. Sigo creyendo que podemos hablar de maldad en política, siempre que lo hagamos con cuidado. La maldad que me preocupa no pertenece a una esencia misteriosa alojada dentro de determinadas personas. Se vuelve política cuando una sociedad aprende a convivir con el sufrimiento evitable, cuando descubre que la humillación obtiene votos y cuando algunos seres humanos empiezan a parecernos menos dignos de protección que otros.
Tal vez por eso la frase de Baroja debería leerse también como una advertencia dirigida a quienes pretendemos enfrentarnos a la ultraderecha. No tendría sentido combatir la deshumanización imitando su desprecio. Comprender las razones del miedo no significa ceder ante quienes explotan ese miedo, del mismo modo que reconocer la rabia social no obliga a justificar su transformación en odio. Todavía podemos decidir qué hacemos políticamente con nuestras heridas.
Me interesa preservar precisamente esa posibilidad. Una democracia demuestra su calidad cuando incluso en momentos de temor conserva límites frente a la crueldad. En tiempos de incertidumbre, esa resistencia puede parecer menos espectacular que los gritos, las amenazas y las promesas de castigo. Aun así, de ella depende algo bastante elemental: que ninguna victoria política necesite enseñarnos a disfrutar del sufrimiento de otra persona.
Referencias
Arendt, H. (1973). The origins of totalitarianism. Harcourt Brace Jovanovich. (Trabajo original publicado en 1951).
Baroja, J. (2026, julio). Chile: cuando el miedo reemplaza el futuro. Le Monde diplomatique, edición chilena.
Mudde, C. (2019). The far right today. Polity.
Stanley, J. (2018). How fascism works: The politics of us and them. Random House.
Wodak, R. (2021). The politics of fear: The shameless normalization of far-right discourse (2nd ed.). SAGE.
***
Súmate a nuestra campaña de donaciones solidarias:


