#Crónica
Por Vanesa Robles / @vanesarobles6222
Fotos: Leslie Zepeda / @Lesszep (IG)
Parecen muy mayores con las cruces, las lágrimas tatuadas sin mucho esmero en los pómulos, la Santa Muerte en el dorso de las manos de algunos. El acné, los brackets y las trompas paradas en pose de selfi indican que recién abandonaron la infancia. El domingo 18 de octubre andaban en grupos de entre seis, ocho o diez en el centro de Guadalajara; la mayoría hombres, una que otra mujer. No eran del todo libres, no. A cuatro o cinco metros de distancialos vigilaban treintones muy Boss, cuyo rango se distinguía con gruesas cadenas de oro. Preparados para un domingo de furia, los kids mexicanos llevaban, casi todos, pantalones deportivos entubados, tenis caros, sudaderas negras de bolsas muy amplias. Dentro de aquellas bolsas palpitaban los martillos, las radios, las piedras, las latas, las bombas molotov…
Los vi de cerca a los morros. Casi todos escondían el cuello bajo buffs similares o idénticos de garigoles marrones o negros y una inscripción indescifrable en letras cursivas, notó mi amiga Rocío Rodríguez. Encapuchados para el fuego, parecían temibles; cuando se descubrían la carainspiraban la ternura y la rabia que inspiran todos los adolescentes del planeta; unas ganas contradictorias de abrazarlos y agarrarlos a cachetadas.
Hacían la maldad y se escurrían. Entrenados por quién sabequién, eufóricos, bravos, reventaron los vidrios de un hotel, saquearon un almacén y asaltaron un negocio en Juárez, atacaron el café Dval, en Pedro Moreno. Huían siempre en forma de un solo cuerpo viscoso y veloz; siempre en grupo, siempre hacia el norte por las perpendiculares a la avenida Juárez: por 8 de Julio, Enrique González Martínez, Donato Guerra… ¡Bomp! Sus petardos alrededor del contingente. Sus risas. Sus escapes teatrales —nadie los persiguió nunca— bajo la forma de un solo cuerpo.
Por Juárez, pasaron frente a dos mujeres ciclo policías de Guadalajara que, inmutables, miraban todo en el cruce con Enrique González Martínez: “Allá van. Son ellos. Haga algo, señorita”. Pero la señorita se encogió de hombros. Nos asignaron a nosotras solas para cuidar el centro —explicó—, pero no se preocupe: entre ustedes hay policías antimotines, de los que el otro día defendieron la Casa Jalisco.
—Ah bueno.
Luego, la señorita masculló contra la “violencia” que desde sus ojos estaba generando la protesta contra las condiciones y la conservación del agua en el área metropolitana de Guadalajara.
Eran las doce y cuarto. A esa hora la gran marcha no había avanzado ni un centímetro hacia el Palacio de Gobierno. Cercadas por los muchachos de los martillos, los petardos y las bombas, entumecidas por el miedo, cientos de personas aguardaban sobre la avenida Juárez, entre 8 de Julio y Jesús, muchas de ellas en grupos desparramados en las dos secciones del parque Rojo.
Ahí mismo, en el sur poniente del Rojo, algunos kids descansaban y bromeaban sobre las bancas de concreto. Los oí hablar a los morros. Sin duda jalisquillos igual que yo.
No estamos haciendo nada, doña. Nomás venimos de paseo —dijo uno con sorna—. ¿Y del agua sucia qué opinan? Que esa la empuercan los niños —intervino otro—. Yo siento que Pablo Lemus no está haciendo nada —soltó el más dicharachero—: promete una cosa y hace otra en las calles.
—¿En las calles?
—Sí, las calles están bien empiedradas. No puede ni caminar uno, imagínese.
Enfrente, uno de sus amos, un treintón bajito, pulcro, de ojos muy verdes, vigilaba la conversación. “Muera Lemus”, habían pintado antes sus muchachos sobre la cortina de un negocio de la avenida Juárez muy cerca del primer cuadro. Eran las 12:56. La marcha sin marchar.

A la una y media los manifestantes más arrojados comenzaron a caminar en racimos pequeños hacia el Palacio de Gobierno. Entonces los kids dejaron las bancas y caminaron a los lados, adelante y atrás de los contingentes flacos.
A algunos los volvimos a encontrar frente a la puerta del Palacio de Gobierno: muy resistentes a la humillación pública. Al ¡Fuera! colectivo, al abandono del amo, el chaparrito Boss que se hizo ojo de hormiga. Casi unos niños. Ágiles para atacar, lentos para responder.
—¿Quién los mandó? ¿A qué grupo de la izquierda pertenecen? —los enfrentó un hombre rubio.
—Izquierda —repitió el adolescente de los brackets mientras buscaba respuesta entre sus camaradas.
Otros de ellos, apenas veinteañeros, habían cercado el flanco derecho del Palacio de Gobierno y esperaban, agazapados, en la salida, cerrada a esas horas, de la Estación Centro del Tren Ligero. ¿De dónde llegaron? ¿Quién los mandó? ¿Qué buscaban? “Vengo de la colonia La Perla —dijo uno muy amable—. El problema del agua está complicado porque más que nada todo huele a alcantarilla. Más que nada, todo se basa en que marquemos nuestra presencia porque hay grupos de ataque que están identificados por la Fiscalía. Si me avientas un grupo de ataque en esta manifestación, pues se da. Los gobernadores ya los conocen con nombre y apellido. Pienso que deberían de hacer un trabajo de ciencias políticas donde se emprenda más que nada la Universidad de Guadalajara y las universidades privadas para hacer un diferente estudio en diferentes colonias, ya que en algunas sale con plomo, en otras sí huele a desechos, en otras literal, literal, es agua de alcantarilla”.
En las bolsas de su sudadera negra palpitaban unos artefactos. En mi cabeza palpitaba un recuerdo de terror: el del 22 de febrero de 2026.


