Un relato ficticio sobre la sociedad y la indiferencia a la que la seguridad de una pantalla nos somete.
Por: Gina M. Erosa
Las pisadas de Lucía cambian conforme el día pasa: por la mañana, dictan su apresurado paso, convirtiendo los 60 escalones que tiene que pasar para llegar al andén en 30. Por la noche, sin embargo, convierte esos 60 escalones en 120, pues sus pies casi se arrastran al vagón.
Hace años que Lucía no conoce lo que es el tiempo libre; pero ¿quién podría si solo se vive por cumplir una jornada laboral? ¿Quién podría si pasa más tiempo tratando de llegar a casa del que ha estado en su sala la última semana?
La mujer está ciertamente agotada. Las únicas relaciones que el tiempo le ha ayudado a conservar han sido las que tiene con las dos voces en su cabeza: aquella que sí forma parte de sí misma y aquella que en ocasiones expresa opiniones que Lucía ni siquiera comparte. Habiendo caído la noche, ríe por primera vez:
– Y la gente se pregunta por qué la tasa de natalidad baja cada vez más – piensa.
Está cerca de la puerta del vagón, deseando que haya un lugar vacío en el interior, cuando alguien golpea su hombro. Un hombre con una larga gabardina acaba de pasar entre el bullicio y Lucía logra observar cómo esconde entre la tela la cartera de una chica distraída, quien mira al frente estáticamente y habla mientras usa audífonos.
Lucía se para en seco, una parte de sí piensa que debería decir algo, al menos eso haría antes. Pero la otra no está convencida.
De repente, frente a sus ojos aparece una notificación.
Total de asientos vacíos: 3. Es un buen momento para abordar.
Lucía parpadea para eliminar el aviso de su campo de visión y mira al vagón, en donde ve a una persona mayor sentándose con dificultad en uno de los últimos tres asientos. Vuelve la vista hacia donde estaba la chica, quien ahora está palpando los bolsillos de su pantalón mientras habla desesperadamente.
“Ya no hay nada que puedas hacer. Sube al vagón. Toma una respiración y descansa los ojos.”
Lucía asintió. El ladrón se había ido y el siguiente probablemente sería su vagón, por lo que decidió hacer caso a la voz secundaria y subir. Justo antes de que el tren avanzara, logró sentarse en el último asiento disponible: aquel que daba a la ventana.
Ese es el asiento más evitado por Lucía y probablemente la última vez que lo había usado habría sido hacía uno o dos trabajos, más de cinco años atrás. Todos los demás tienen algún tipo de entretenimiento: audífonos, revistas – aunque son escasos – e incluso pantallas, aunque los pasajeros suelen considerarlas obsoletas. Sin embargo, Lucía solo puede observar el abismo del aburrimiento, pues tampoco había una línea a la que pudiese conectar sus ojos para revisar sus redes.
A través de la ventana, Lucía observa la rutina de una ajetreada ciudad. Miles de automóviles formados en largas filas, sin poder pasar. ¿Cuántos tiempo se quedarían ahí? ¿Qué estarían haciendo las personas en su interior si no estuvieran atoradas entre más cápsulas metálicas? ¿Qué estaría haciendo ella si no tuviera que tomar tres trenes distintos para llegar a su añorada sala que, aunque aún seguía pagando, nunca había disfrutado plenamente?
Si tuviera la oportunidad de pasar más tiempo en aquella sala del que pasaba en los asiento del tren, ¿podría haber conservado aunque sea un vínculo? Tal vez hablaría con su amiga con la que nunca pudo ir a tomar café. Tal vez podría salir por las tardes y conocer a más personas. Tal vez podría haber llegado a tiempo…
Otra notificación apareció frente a sus ojos:
“Son cosas fuera de tu control. No puedes hacer nada. Tú no tuviste la culpa.”
Y esa es exactamente la razón por la que Lucía evita el asiento aburrido. Porque la condena a pensar. A recordar. A preguntar por el hubiera.
Lucía parpadeó para cerrar el anuncio y regresó su atención a la ciudad que, como si hubiera estado esperándola para despedirse, desapareció tras las paredes de un túnel.
Cerró los ojos en espera de encontrar una conexión o algo más allá de sus pensamientos que le ayudara a distraerse. Y lo encontró.
El fuerte estruendo de una explosión le hizo saltar en su asiento y abrir los ojos de manera repentina. A su lado, la gente no parecía dar importancia al estallido, la mujer de al lado seguía inmersa en algún tipo de documental de crímenes reales y los demás estaban concentrados en su propio entretenimiento.
Frente a Lucía, sin embargo, solo había destrucción. Una parte del lugar que en algún momento representó esperanza para quienes están bajo ataque ahora yace en el piso, mientras que la otra intenta resistir hasta que las últimas personas puedan salir. La tierra cubre la imagen en la ventana, pero los gritos de auxilio no se logran esconder ni siquiera con el sonido de las vías.
La gente viene y va, de un lado a otro. Hay mujeres buscando a sus hijos, enfermeras que tratan de curar a los heridos y hombres contando a los caídos.
El corazón de Lucía se aceleró. Se preguntaba si debía hacer algo o permanecer en su asiento; las personas a su alrededor seguían sin reparar en lo que sucedía a su alrededor y el vidrio la separaba de aquella realidad, por lo que tampoco había mucho que pudiera hacer. Mientras pensaba en cuál sería la mejor opción, otra notificación apareció para salvarla.
“Si te sientes insegura puedes fijarte en algo concreto dentro del vagón, como un asiento, un anuncio o las personas que están a tu alrededor. Estoy aquí contigo, vamos a ir despacio.”
Lucía asintió, parpadeó para eliminar la notificación, tomó una respiración y miró en dirección a la señora a su lado, que se había quedado dormida. En la pantalla de su reproductor, el documental continuaba en una escena en donde entrevistaban a uno de los abogados encargados del caso.
“No había nada que la mujer pudiera hacer, incluso si así lo hubiera querido” leyó en los subtítulos.
Su mirada regresó a la ventana, en donde se encontró con el gris de la pared del túnel, sin ningún atisbo de la explosión. Lucía suspiró, probablemente se había quedado dormida. El trabajo la tenía agotada y no recordaba la última vez que había dormido más de tres horas. No es que hubiera habido una explosión real frente a ella, es ilógico pensarlo.
Se removió en el asiento, incómoda. El asiento se sentía especialmente rígido hoy, lo que le daba un fuerte dolor de espalda. Añoraba su sala que seguía pagando y que nunca había disfrutado plenamente.
De repente, Lucía tuvo ganas de estornudar. Sus ojos entonces se encontraron con unos en los que el cansancio estaba escrito pero que no sobrepasaba a la tristeza. Una mujer, cubierta de pies a cabeza en tierra, con ropas teñidas por hilos rojos y con el dolor de un hogar perdido atravesando su rostro la miraba fijamente.
Lucía sabía diferenciar la manera en la que alguien se perdía en internet observando un punto fijo, para ella ya era normal identificar la ausencia en los ojos de las personas. Sin embargo, esta mujer la estaba mirando fijamente a ella.
Estaba segura de que no habían subido al tren juntas, además de que seguían pasando por aquel eterno y gris túnel. No había manera en la que se hubiera subido y aún así, ahí estaba.
– ¿Será que los fantasmas existen? – pensó.
“No hay pruebas científicas concluyentes de que los fantasmas existan, aunque hay muchísimas personas que aseguran haber vivido experiencias paranormales” respondió la segunda voz.
Lucía asintió, pensando que era una respuesta bastante lógica. La mujer en el vagón probablemente había subido en algún otro momento y se había cambiado de lugar mientras estaba distraída.
La atención de Lucía entonces volvió al gris del túnel, en donde vio una hoja pegada. El tren iba muy rápido, por lo que no lograba distinguir el texto escrito, solo veía que el color predominante de las letras era el rojo. Conforme el tren avanzaba, Lucía veía más hojas. Primero dos la una junto a la otra, después dos, tres, hasta que la pared estaba completamente tapizada.
Entonces el viento hizo que una de las hojas volara hacia la ventana, pegándose. Era la ficha de búsqueda de Carlos Ramírez Villarreal, un hombre que había desaparecido hacía más de un año.
Lucía tenía idea de haber visto su rostro en una pancarta durante una manifestación en la que personas buscando a sus familias habían cerrado las calles. Recordó sentir enojo, pues esa movilización evitó que su añorada sala que aún no pagaba y que nunca había disfrutado plenamente llegara durante su día de descanso.
También había visto su fotografía en redes, pero no la había compartido porque uno nunca sabe si ese tipo de cosas son reales. Lucía nunca había visto que pasara nada malo en su ciudad, por lo que a veces pensaba que las personas exageraban un poco. Nunca compartía ese tipo de cosas.
Apartó la vista de la ventana y se dio cuenta de dos cosas. La primera era que la mujer del principio seguía mirándola de manera fija, sus ojos probablemente no se habían movido ni un solo milímetro. La segunda era que había alguien nuevo en el asiento de junto; un hombre que también la miraba directamente.
El hombre era joven y tenía puestos unos lentes rotos, no como los que algunos usan para navegar por internet en lugar de sus ojos, más bien unos obsoletos, de los que antes se utilizaban para ver más allá de uno mismo. Su mirada también se sentía dolorosa.
Tenía un fuerte parecido a Carlos, por lo que Lucía se sintió incómoda. Durante un momento pensó en que podría avisar a alguien que estaba ahí, pero al mismo tiempo pensó que el verlo frente a ella probaba su punto en cuanto a la increíble exageración de la sociedad.
De todas formas, sostener la mirada cargada de pena de dos personas distintas al mismo tiempo resultaba incómodo para Lucía, quien seguía pensando en que sólo añoraba su sala que no había terminado de pagar y que aún no había podido disfrutar plenamente. Decidió distraerse, mirando a su alrededor una vez más.
La mujer a su lado leía una revista cuyo titular llamó su atención: “México tiene a la población más feliz del mundo.”
Por un momento dudó. Ella no estaba feliz, necesitaba más de un trabajo para mantenerse, extrañaba su sala y pasaba horas en el transporte público. Sin mencionar que sus vínculos se habían terminado por lo ocupada que estaba todo el tiempo. Y que no había pagado su sala todavía.
“Pero podría ser peor. Deberías ser más agradecida por lo que tienes.”
Lucía parpadeó para eliminar la notificación y una vez más, estuvo de acuerdo con su segunda voz. Además, México es conocido por su población que ama la fiesta, que es cálida y sobre todo, que tiene una gran capacidad para salir adelante.
La mirada de ambas personas seguía pesando sobre Lucía, quien aunque trata de distraerse, no lo logra. Decide cambiarse de lugar, pero no importa a qué parte del vagón se cambie, el par de ojos sigue posándose sobre ella.
Voltear a otro lado se vuelve difícil si eres la persona directamente afectada.
“Está bien si te sientes incómoda, Lucía. Estás cansada, has tenido un día largo y ahora hay gente mirándote y, ¿sabes? Eso puede ser abrumador. Tal vez sea una buena idea bajar del tren y correr a casa. Cuando llegues, asegúrate de prepararte una taza de té caliente y descansar. Te lo mereces.”
El túnel está por llegar a su fin cuando Lucía decide que se bajará en la siguiente parada, sin importar que la suya quede lejos todavía. Las personas ya no suelen mirar nada que no sea la pantalla que sus ojos muestran, por lo que a Lucía le incomodan las miradas. Y le incomodan más aún las que están cargadas de dolor en un lugar feliz.
Las pisadas de Lucía cambian conforme la noche avanza. Sale corriendo de la estación del metro, aunque no tiene la certeza de que alguien esté persiguiéndola ni de cómo llegar a casa.
Al correr, Lucía no se fija en el camino a su alrededor, por lo que no se da cuenta de que hay una zanja en su camino hasta que cae dentro de ella. A su lado, una mujer pasa caminando y, aunque la observa por un momento, su mirada termina dirigiéndose al frente y abandonando el lugar.
La luna es lo único que ocupa la visión de Lucía hasta que aparece un nuevo mensaje frente a sus ojos:
“La alarma ‘Trabajo’ sonará dentro de tres horas.”
Una vez más, la sala que no le pertenecía y que nunca había logrado disfrutar plenamente, se quedaría sola. Igual que Lucía.
Si los fantasmas existen es una creencia intrínseca de cada quien. Lo que verdaderamente asusta es una sociedad que se esconde detrás de una pantalla y que se vuelve indiferente al dolor ajeno.


