Anti-Princesas, ópera prima documental de Alejandro de Icaza, reúne los testimonios de diez mujeres privadas de la libertad en el Reclusorio Neza-Bordo, cuyas historias revelan violencia de género y fallas en el sistema de justicia mexicano. A partir de un taller de teatro impartido por La Cana en 2022, la película entrelaza sus experiencias personales con los ensayos y una función frente a sus familias.
Por Vanessa Briseño / @nevervb
Fotografías cortesía.
El teatro como espacio para recuperar la voz y el documental como medio para visibilizar las fallas del sistema de justicia mexicano son los ejes de Anti-Princesas, ópera prima documental de Alejandro de Icaza. La película reúne los testimonios de diez mujeres privadas de la libertad en el Reclusorio Femenil Neza-Bordo, en el Estado de México, cuyas historias están marcadas por la violencia de género, los vínculos abusivos y procesos judiciales en los que, de acuerdo con sus relatos, no se aplicó de manera efectiva la perspectiva de género.
El proyecto surgió en 2022, a partir de un taller de teatro impartido por La Cana, asociación civil que desarrolla programas educativos y profesionales para mujeres en prisión y promueve su reinserción social. En un principio, Alejandro propuso realizar un registro audiovisual de los ensayos y las funciones de la obra. Su intención era documentar la experiencia artística y conservar un testimonio del trabajo de las participantes. Sin embargo, el acercamiento con ellas abrió una ruta distinta para la película.
“Yo les propuse que tuviéramos un registro audiovisual de esto, que hiciéramos un registro audiovisual de esto con el único afán de eso, de documentar, registrar y que eso quedara, pues para la posteridad, para lo que les sirviera a ellas”, explicó el director durante el diálogo con ZonaDocs.
Mientras grababa los ensayos, Alejandro advirtió que las conversaciones con las participantes contenían historias que no aparecían en la representación teatral. Fuera de cámara, algunas mujeres se acercaban para conversar con él y compartir aspectos de sus vidas. Esos encuentros lo llevaron a considerar la posibilidad de ampliar el registro y construir una película que abordara tanto la experiencia artística como las circunstancias personales y judiciales de las protagonistas.
El director decidió regresar al reclusorio meses después de las primeras grabaciones para realizar entrevistas individuales y registrar aspectos de la vida cotidiana dentro del penal. El rodaje se desarrolló en tres etapas: los ensayos, la función teatral y una segunda visita para conversar con las mujeres y conocer sus experiencias. Para concretar esta última parte, el equipo tuvo que gestionar permisos con las autoridades penitenciarias y adaptar las grabaciones a las restricciones del lugar.
Uno de los principales retos fue establecer una relación de confianza con las participantes. Alejandro explicó que, a diferencia de lo que ocurre en espacios públicos, las mujeres privadas de la libertad no cuentan con la misma posibilidad de decidir libremente cuándo quieren estar frente a una cámara. Por ello, tuvo que modificar su manera de trabajar: apagó el equipo y priorizó las conversaciones sin grabación, con el propósito de conocerlas antes de solicitar sus testimonios.

“Y entonces ahí, a través de ese conocimiento, digamos, de esas preguntas relacionadas a la obra de teatro, a los ensayos, al taller, nos fuimos conociendo”, relató. El director señaló que procuró acercarse a ellas sin prejuicios y generar un espacio en el que pudieran hablar de sus experiencias sin temor a ser juzgadas. Cuando les propuso realizar entrevistas, las diez aceptaron compartir sus historias.
Los testimonios revelaron experiencias de violencia física, sexual, psicológica y económica, así como relaciones en las que las amenazas, la dependencia y la coerción limitaron la capacidad de las mujeres para tomar decisiones. Alejandro encontró también relatos sobre detenciones cuestionadas, falta de pruebas suficientes y largos periodos sin sentencia. A partir de estas conversaciones, la película estableció una relación entre las violencias que algunas de ellas vivieron en sus entornos personales y las que, según sus testimonios, enfrentaron durante sus procesos judiciales.
En el documental, las experiencias de sus protagonistas no aparecen aisladas de la obra teatral, sino que forman parte de una estructura que alterna los testimonios con los ensayos y la representación. Para Alejandro, esta combinación fue una decisión central para evitar que las protagonistas quedaran reducidas a los hechos violentos que marcaron sus vidas. La película expone las circunstancias que enfrentan, pero también muestra su participación en un proceso colectivo de creación artística.

“Yo creo que lo que sucede en la película es que hay un paralelo. Hay dos narrativas”, explicó. Por una parte, las mujeres hablan de los abusos que vivieron en sus relaciones personales; por otra, sus relatos dan cuenta de la violencia institucional que identifican en sus detenciones y procesos judiciales. La obra de teatro introduce una tercera dimensión: la posibilidad de que sean reconocidas por sus capacidades, sus decisiones y su participación en una actividad compartida.
Los ensayos y la función final permiten observar aspectos de sus vidas que no se limitan a la prisión. Alejandro destacó el empeño, el talento y la disposición de las participantes para aprender sus diálogos, preparar la representación y presentarse ante sus familias. En ese encuentro, el escenario se convierte en un espacio para el reconocimiento, tanto de ellas mismas como de sus vínculos familiares, fuera de las etiquetas que suelen acompañar a las personas privadas de su libertad.
La obra teatral también establece un vínculo con el título de la película. En palabras del director, durante la representación las mujeres “se vuelven princesas que luchan contra la autoridad de un rey machista”. La imagen funciona como una forma de resignificar el papel que ocupan dentro de la historia: no son únicamente personas sometidas a circunstancias adversas, sino mujeres que participan activamente en la construcción de una representación y reclaman un lugar ante quienes las observan.

Alejandro insistió en que Anti-Princesas no pretende convertir el sufrimiento de las participantes en un espectáculo. Su intención fue evitar una mirada centrada en el morbo o en las condiciones físicas de la prisión y dirigir la atención hacia las fallas del sistema de impartición de justicia en México. También aclaró que la crítica de la película no se dirige específicamente al Reclusorio Neza-Bordo, sino a un problema más amplio que, desde su perspectiva, atraviesa distintas instituciones penitenciarias y casos de mujeres privadas de la libertad.
La película plantea así una discusión sobre la aplicación de la perspectiva de género en los procesos judiciales. Alejandro señaló que las autoridades deben considerar los contextos de violencia, amenazas y dependencia en los que algunas mujeres se encuentran antes de su detención, en lugar de asumir que su relación con un hombre acusado de un delito demuestra por sí misma su participación. Para el director, ignorar estas circunstancias puede profundizar la desigualdad y prolongar las consecuencias de la violencia en la vida de las mujeres y sus familias.
En cuanto al propósito público del documental, Alejandro espera que las historias trasciendan la pantalla y propicien conversaciones sobre la situación de las mujeres en prisión. “La importancia de no cerrar los ojos. La importancia de no voltear a ver hacia otra parte”, respondió al hablar de lo que desea que permanezca en el público después de la función. Considera que hablar de estos casos, buscar información y compartirla puede contribuir a que la sociedad preste atención y exija respuestas a las autoridades.
Anti-Princesas es una producción de BHD Films, en asociación con La Cana y con el apoyo de EFICINE. Alejandro de Icaza estuvo a cargo de la dirección y compartió el guión con Patrick Danse. La producción estuvo a cargo de Alejandro, Arantxa Oliver, Lucía Ferreyra, Gabriela Maldonado, Mercedes Becker Pérez, Raquel A. Aguirre García, Carime Esquillano y Mariana Tohen. Lucía Ferreyra y Arantxa Oliver participaron también en la producción creativa, las entrevistas y la dirección teatral; Linda López estuvo a cargo de la fotografía y Patrick Danse de la edición, con edición adicional de Alejandro. El equipo se completó con Chema Ramos en sonido directo, Baltazar Oliver en música original y Corina Giacomello en investigación adicional, entre otras personas.
Con una duración de 75 minutos, Anti-Princesas marca el debut de Alejandro De Icaza como director después de una trayectoria como cineasta, productor y diseñador sonoro. El documental cuenta con la participación de Cynthia Berenice Vilchis Camarena, Eva Gorduño Sabordo, Ana Nelly Rentería Ramírez, Vera Laura Hernández, Gheisel Morales Ramos, Brenda Carina Ortiz Santiago, Jessica Esmeralda Hernández Rodríguez, Evelyn Darian Martínez Aguilar, Ofelia Rivera Gómez y Yesenia Adriana Alba González. A través de sus testimonios y de su experiencia en el taller de teatro, la película busca abrir una conversación pública sobre la violencia de género, las deficiencias en los procesos judiciales y la necesidad de garantizar la aplicación efectiva de la perspectiva de género en el sistema de justicia mexicano.
Para conocer más acerca de Anti-Princesas, así como consultar fechas de proyección puedes visitar su perfil de Instagram: @antiprincesas.mx. La película participó en el circuito documental del Festival de Cine de Morelia, al igual que en el DOCS MX prevista para el la Selección Oficial (Competencia Ópera Prima, Ciudad de México 2026).



