Votar por primera vez suele asociarse con el inicio de la participación ciudadana, pero cumplir 18 años no garantiza que las personas mantengan el interés en las elecciones. En los comicios federales de 2024, la participación de quienes tenían entre 18 y 34 años fue de 49.1%, frente al 64.6% de las personas de 35 años o más, de acuerdo con el Instituto Nacional Electoral (INE). Las responsabilidades cotidianas, la confianza en las instituciones y el desencanto con la política ayudan a explorar esta diferencia, aunque las cifras por sí solas no explican por qué las personas jóvenes deciden votar o abstenerse.
Por Verónica Martínez
Cumplir 18 años marca el inicio de una nueva etapa de participación ciudadana: votar por primera vez y elegir a quienes ocuparán cargos públicos. Sin embargo, la participación electoral no es igual en todos los grupos de edad. En las elecciones federales de 2024, el promedio de participación de las personas de entre 18 y 34 años fue de 49.1%, frente al 64.6% de quienes tenían 35 años o más de acuerdo con el Instituto Nacional Electoral. La diferencia plantea una pregunta: ¿qué explica la menor participación electoral de las personas jóvenes?
Para Luis Antonio Tule, académico y coordinador de la Licenciatura en Gestión Pública del ITESO, la relación con la política cambia a lo largo de la vida. La participación no permanece constante, pues las experiencias personales, las responsabilidades y las percepciones sobre las instituciones pueden modificar la disposición de las personas a acudir a las urnas.
La incorporación al mercado laboral y las obligaciones cotidianas pueden cambiar el lugar que ocupa la política en la vida de las personas. Al comenzar una vida laboral, asumir nuevas responsabilidades y enfrentar otras preocupaciones, las elecciones pueden dejar de ser una prioridad. A estos factores se suma el desencanto que surge cuando los partidos y las instituciones no responden a las expectativas ciudadanas.
Sin embargo, esta tendencia no es exclusiva de las generaciones jóvenes actuales. Tule explica que los cambios en la participación electoral también se han presentado en generaciones anteriores. Como señala el académico, la participación puede variar con el paso del tiempo y las circunstancias de cada etapa de la vida. Por ello, la menor asistencia a las urnas no debe entenderse como un fenómeno exclusivo de la juventud contemporánea: “es una tendencia y conforme avanzan en edad vuelve a aumentar la participación”.
El interés por la política también puede reaparecer cuando una elección despierta preocupación por el rumbo del país, genera identificación con una propuesta o provoca rechazo hacia una candidatura. En esos casos, las personas pueden volver a involucrarse porque consideran que el resultado tendrá consecuencias relevantes, explica Luis Antonio.
Así, una persona puede alejarse temporalmente de las urnas y volver a participar cuando considera que existe algo importante en juego. La decisión de votar también puede estar motivada por la intención de impedir que gane una candidatura o una corriente ideológica.
“La participación electoral, por tanto, no depende únicamente del interés general por la política, sino también de las circunstancias que llevan a las personas a considerar relevante una elección.” menciona Luis Antonio.
El desencanto institucional representa otro elemento para comprender esta relación. Cuando la ciudadanía percibe que sus demandas no reciben respuesta, puede debilitarse su confianza en los partidos y en la utilidad del voto. Si las elecciones no parecen producir cambios o las instituciones no cumplen las expectativas, participar puede perder sentido para algunas personas.
No obstante, abstenerse de votar no necesariamente significa rechazar el sistema político. La ausencia en las urnas puede responder a distintos motivos, desde el desinterés hasta las condiciones personales o la desconfianza hacia los representantes. Por eso, no basta con observar las cifras de participación para determinar qué piensan o sienten quienes no votaron.
Esta distinción resulta importante al analizar a las juventudes. Una tasa de participación más baja permite identificar una diferencia entre grupos de edad, pero no explica por sí sola las razones que hay detrás de ella. Para comprenderlas, también es necesario conocer las experiencias de las personas jóvenes, sus expectativas frente a las instituciones y los motivos que las llevan a considerar que su voto puede hacer una diferencia.
La distancia entre las juventudes y las urnas no tiene una explicación única. Las responsabilidades cotidianas, las experiencias políticas y el desencanto institucional pueden influir en la decisión de participar, aunque su peso varía entre personas y contextos.
Comprender esas diferencias es fundamental para analizar la participación electoral juvenil sin confundir automáticamente la abstención con la apatía, y máxime cuando en las siguienes elecciones nacionales (2027 y 2030) aproximadamente 25.7 millones de jóvenes (entre 18 y 29 años) estarán en condiciones de ejercer su voto.


