En sus maletas no sólo llevan ropa: también cargan fotografías, libros, recuerdos de sus mascotas, fragmentos de los hogares que dejaron atrás y las historias que se niegan a callar. Gabriela Selser, Carolina Amaya, Sergio Araúz y Andrea Ixchíu tuvieron que abandonar Nicaragua, El Salvador y Guatemala en medio de contextos de persecución, represión y restricciones a la libertad de expresión. Desde México, sus testimonios revelan que el exilio no termina al cruzar una frontera: continúa en las ausencias cotidianas, en el desarraigo y en el esfuerzo por seguir ejerciendo el periodismo lejos de casa.
En Fragmentos de Verdad: Voces de Centroamérica, una puesta en escena del proyecto Las periodistas cuentan, realizada en el Jardín Escénico de Chapultepec, sus historias se encontraron con las memorias de María Cortina y Blanche Petrich, quienes cubrieron las revoluciones centroamericanas de los años ochenta. A través de fotografías, objetos personales, testimonios y conversaciones íntimas, esta crónica gráfica reconstruye las pérdidas y resistencias de quienes encontraron en la palabra una manera de permanecer cerca de sus territorios. Porque, aunque el exilio les arrebató la posibilidad de contar desde sus países, no consiguió quitarles la voluntad de seguir narrándolos.
Por Camila Alvarez / @camila.alvza (IG) y Sara Ezzy / @saraezzy / @saralalupe_ (IG)
“Hacemos la guerra para conseguir la paz”, dice María Cortina junto a Blanche Petrich en el escenario del Jardín Escénico de Chapultepec. Y esta frase le suena rarísima ahora, décadas después.
Esa noche del jueves 4 de septiembre se presentó “Fragmentos de Verdad: Voces de Centroamérica”, como parte del proyecto: “Las periodistas cuentan”. Un espacio al que también llegaron Gabriela Selser, Carolina Amaya, Sergio Araúz y Andrea Ixchíu, cada quien con una maleta en mano.
A un costado, se escucha la voz de la narradora:
“Participaremos en un escenario de excepcionalidad en un contexto marcado por fronteras, desplazamientos forzados, exilios, travesías, mudanzas, migraciones y retornos”.
María Cortina —periodista, escritora y promotora cultural, primer corresponsal de guerra en El Salvador, combatiente durante varios años en zona de peligro— y Blanche Petrich—pionera del periodismo contemporáneo en México y fundadora del periódico La Jornada— recuerdan sus días como periodistas que dedicaron más de una década a cubrir las revoluciones centroamericanas.
Evocan los años ochenta y noventa: las masacres de Guatemala, la ofensiva final en El Salvador, los retornos de los campesinos refugiados en Chiapas. Revoluciones que, con el tiempo, se han transformado hasta llegar al contexto actual. “Lo que hoy sentimos es una rabia” dice Blanche:
“porque eran procesos revolucionarios que tenían esos ideales y que asumíamos iban cargados de un futuro para que estos chavos pudieran hacer periodismo en países libres y con plena seguridad. Y hoy están en el exilio y estamos cargados de rabia también, porque esas esperanzas fueron traicionadas”.

“Esta es y sigue siendo una pieza sin ensayo” comparte la narradora. “Reunimos las partes y las pondremos en juego como una pieza al improviso. Todo aquí está por hacerse”.
Esa noche, Gabriela Selser, Carolina Amaya y Sergio Araúz contaron cómo tuvieron que irse de su país por defender el derecho a la verdad. Al día siguiente, en tres conversaciones distintas, compartieron aquello que cargan en su maleta y que nunca termina de desempacarse.

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Al ritmo de Nicaragua Nicaragüita de Carlos Mejia Godoy & Los Palacaguita, la pantalla reproduce imágenes de Gabriela Selser en la Nicaragua revolucionaria. El público intuye que está a punto de escuchar una historia de pérdidas acumuladas. Gabriela se levanta de su butaca, toma su maleta y camina hacia el micrófono. Abre su carpeta en el atril y, con las manos entrelazadas y una bufanda que dobla y desdobla nerviosa, comienza a hablar de algo que los periodistas rara vez cuentan: ellos mismos.
Su relato arranca con Olivia, su perra mestiza “con unas manchas que delatan su origen criollo nicaragüense, a pesar de que en el certificado de viaje la registraron como galgo italiano”. Olivia es risueña y Gabriela le pide que le enseñe la receta de cómo hacer para reír. Olivia tuvo que quedarse en Nicaragua cuando ella y su hija huyeron en enero de 2022. En el aeropuerto de Managua le arrebataron el pasaporte nicaragüense y le dijeron: “Señora Selser, usted no sale del país”. Fue su segundo exilio —el primero lo vivió de niña cuando su familia escapó de la dictadura argentina en 1976—, pero esta vez la expulsaba el mismo Daniel Ortega, con quien había viajado por el mundo décadas atrás, cuando ella era periodista del diario oficial y él un comandante revolucionario.

En el escenario. Gabriela narra cómo a los 18 años viajó a Nicaragua motivada por el triunfo sandinista, cómo alfabetizó en un rancho del norte y se quedó cuarenta años, cómo cubrió siete años de guerra contra Los Contras y cómo, en 2018, volvió a ver jóvenes muertos en las calles cuando el régimen reprimió brutalmente las protestas sociales. Su libro Banderas y Harapos, una mirada crítica a la revolución, se convirtió en un instrumento de memoria incómodo para el poder. Las presentaciones en universidades terminaban con estudiantes preguntándole: “¿Cómo hacemos una revolución como la de ustedes? Queremos fuera a Ortega”. Por eso la persiguieron, por eso vivió con patrullas frente a su casa, por eso tuvo que irse.
Sentadas en la mesa de su cocina cuenta: “Empecé a caerme y tuve cuatro esguinces en el tobillo derecho. La última vez me la encontré ahí en la universidad, justamente en la UCA, yo andaba con yeso y muletas y me dijo: ‘¿Qué te pasó?’, y le dije: ‘No sé por qué me caigo’. Entonces, me dice: ‘Seguís recogiendo muertos del piso’”. Martha Cabrera trabaja con constelaciones familiares, a Gabriela Selser le dio muñecos y le pidió que los colocara en orden respecto a cada momento traumático de su vida. Acomodó sus tres primeros traumas detrás de la muñeca que la representaba. El cuarto muñeco lo puso delante de ella: “Martha me pregunta: ¿Y esto qué es? Entonces le digo”:
Mientras habla en la puesta en escena, la pantalla muestra imágenes de Olivia, de Luna, de Malibú, de todas las mascotas que forman su familia —ahora son mayoría: seis animales, dos humanas—.
Entre conversaciones y libros en la cocina de su casa, Gabriela nos ofrece rosquillas nicaragüenses que una colega recién le trajo:
“Se llaman Rosquillas. Ahorita me las trajo una nicaragüense que llegó ayer, que se la había dado otra que vino de Nicaragua y que no pudo llegar ayer, pero que me las trajo. Todo nicaragüense come rosquillas. Son típicas de Nicaragua”.

Comemos rosquillas mientras las tres perritas caminan de un lado de la cocina al otro, recuerda también la casa que dejó en Managua:
“Allá tenía árboles de mango, de aguacate. Yo aquí digo, ‘Voy a comprar un mango’, o sea, en mi vida he comprado un mango. Porque allá tengo la lotería: cuatro árboles y también de aguacate, limones, mandarina. Están las plantas, la gente, mis amigas, aunque ya todos andan como desperdigadas por el mundo. Mi hija me dice: ‘Yo no viviría en Nicaragua ahora porque todos mis amigos se fueron’. No lo sé, si la cosa cambia, pienso que muchos van a volver, aunque también muchos no van a volver”.
María y Blanche levantan los marcos que estaban sobre la mesa y sostienen las fotografías de perros y gatos. Cuando Gabriela describe la represión de 2018, la pantalla se llena de manifestaciones, jóvenes golpeados, carteles de resistencia. Trescientos cincuenta muertos, dos mil heridos, ochocientos mil exiliados. Nicaragua, dice, es ahora “el país del silencio”: no queda un solo diario impreso, más de 5,600 ONG’sclausuradas, universidades cerradas, cuyos archivos académicos han sido borrados, periodistas presos en condición de desaparecidos. Callar, explica, es una forma de resistir.
Gabriela termina con una confesión: exiliarse de adulta es distinto que exiliarse de joven. “Se te cierran las fuentes de trabajo, te cuesta más subir las escaleras, te vienen achaques”. México le ha ofrecido techo, redes de apoyo y la posibilidad de seguir contando lo que ocurre, aunque cada vez sea más difícil. Finaliza con una cita de Julio Cortázar de Nicaragua tan violentamente dulce (1984):
“Si ese exilio ha de tener algún sentido, no será a base de negatividad de todo lo que comporta, de sufrimiento y de nostalgia, sino de una inversión total de valores que le den esa fuerza que hace temible al bumerang: la fuerza del regreso…”.
El público aplaude, Gabriela regresa a su butaca mientras Como la cigarra de Mercedes Sosa inunda el teatro.
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Aparece la imagen de Carolina Amaya y la música se mezcla con el ritmo de una cumbia. En la pantalla se reproduce un video, Carolina habla de su vida en El Salvador, en una colonia “populosa de viejitos” donde las pandillas de alrededor peleaban por ganarse el territorio. Las imágenes la muestran en distintos escenarios: en un parque de la Ciudad de México; afuera de una prisión en El Salvador; abrazando a colegas y familia; con ejemplares de Una habitación propia de Virginia Woolf y Navegar el Colapso de Pablo Montaño y Carlos Tornel. Aparecen panorámicas del medio ambiente —la costa, el mar, los árboles— y reportajes de Mala Yerba sobre la crisis climática y la defensa del territorio. El video cierra con otra toma de ella en el parque y su voz en off:
“Vi mi casa tan bonita, vi a mis mascotas por última vez y a ellas no me las pude traer, pero las llevo en mi corazón, aunque sea en fotos. Y así fue como la última vez salí de El Salvador”.
La pantalla se oscurece y la luz cae sobre la narradora:
“Carolina Amaya es una periodista salvadoreña. Es fundadora y directora de Mala Yerba, medio especializado en la crisis climática y el medio ambiente, que al mismo tiempo es la raíz que la mantiene viva. Forma parte de la Red de Innovación Política en América Latina. Es productora multimedia, datera de información, periodista de investigación. Carolina salió de El Salvador hace casi un año por motivos políticos. Desde entonces vive exiliada en México y está convencida de que el desplazamiento forzado es un término que no ha sido reconocido ampliamente por los gobiernos porque es un signo de la existencia de una guerra. Cuando nos despedimos hace unos días, ella nos dijo: ‘En el mundo actual, el periodismo es nuestra última esperanza’”.
Carolina se levanta de su butaca, avanza con su maleta en una mano y prende el micrófono con la otra:
“La Ciudad de México me gusta mucho, debo decirlo, menos el clima seco, porque vengo de un país tropical. Siempre que camino por las calles siento una paz nuevamente que no había tenido desde hace mucho tiempo, porque vivir en El Salvador y trabajar haciendo periodismo es muy difícil”.
Al día siguiente, cayendo la tarde, nos encontramos en un café. Carolina llega con una perrita llamada Oli. Mientras acomoda a su mascota bajo la mesa, habla sobre la vocación que la trajo al periodismo:
“Desde chiquita había querido ser periodista. Dice mi mamá que cuando estaba bien pequeña jugaba a entrevistarla. A mí me gustaba mucho escuchar radio porque sentía que la gente que hablaba sabía un montón y yo decía, ‘Quiero saber mucho’”.
Recuerda el río de su infancia, ese que marcó su conciencia ambiental:

Se agacha para abrir su maleta y saca una caja. La coloca sobre una silla y comienza a extraer fotos, cuadros y postales. María Cortina se levanta para ayudarla a montar ese altar portátil que lleva a cuestas. “Ando con mi maleta por los países donde he estado desplazada prácticamente, porque estar en mi casa trae problemas para mi familia”. En la pantalla aparecen las imágenes de Cuchurrumí Amaya, su gato de casi diez años que ya no puede viajar por su vejez, y de Moty, hermana de la gatita, que murió la última vez que Carolina estuvo en El Salvador. También están las fotos de su hermano, de su papá, su oráculo de la bruja verde, su Polo Tierra —esos vínculos que la distancia no rompe.
En el café, acariciando a Oli, Carolina nos explica la importancia de sus mascotas y de esos objetos: “Yo creo que los animalitos al final se vuelven parte de uno”.

Recuerda las primeras noches en el exilio:
Y nos cuenta de cómo ha ido construyendo un sentido de pertenencia:
En el escenario, Carolina Amaya saca de la maleta el peluche de Juan Carlos Bodoque y el público estalla en risas. “Obviamente es el mejor periodista ambiental del mundo”, bromea, y esa ligereza dura apenas un instante antes de que su relato se vuelva áspero. Carolina cuenta cómo en 2018, recién despedida de su trabajo “de toda la vida” y atravesando una depresión peor que su divorcio ese mismo año, pasó el año tiradaen la cama, sin querer saber nada de la prensa. Hasta que unas amigas activistas en un bar le contaron sobre una carrera de runners que el gobierno quería hacer en Montecristo, un bosque nebuloso emblemático del área Trifinio. Carolina contactó a los compañeros de Gato Encerrado y publicó la investigación. Al día siguiente, la ministra de medio ambiente convocó a una conferencia de prensa donde compartió que se cancelaba la carrera. “Yo no pensé que una nota pudiese detener una carrera en un área natural protegida”. Desde ahí, ha dedicado su trabajo al periodismo.
Después, en 2020, ella y otros periodistas destaparon un fraude inmobiliario en un área natural protegida: tierras vendidas milagrosamente por un exministro de medio ambiente a un tío del presidente Nayib Bukele, donde la empresa de Claudia María de Bukele construiría residenciales de lujo. La publicación salió una semana antes de la cuarentena por COVID. En 2022, cerraron la investigación que revelaba que la empresa demandó a la alcaldía por 12 millones de dólares para obtener permisos de construcción ilegales. Carolina anunció en sus redes que publicarían a las ocho. Tenía el teléfono en modo avión. Más tarde, al revisarlo, llegaron audios desesperados: la policía acababa de llevarse a su padre, Benjamín, acusándolo de pertenecer a la Mara Salvatrucha.
“Yo en shock porque era como que acabo de publicar esto y están deteniendo a mi papá”, dice mientras en la pantalla aparecen fotos de su padre y familiares e imágenes de la cárcel. “Me quedé pensando si era yo la que tenía el problema, si cada vez que iba a publicar algo le iba a pasar algo a mi familia”. Durante diez meses no supo si la detención fue por su trabajo periodístico o por la propia lucha de su padre como defensor de la tierra para veteranos de guerra. La fiscalía lo llamó delincuente. Le pidieron diez mil dólares de fianza. Durante una semana no supieron dónde estaba. Se trataba de una desaparición forzada, un término que en ese entonces Carolina ni siquiera conocía.
El día de la liberación, junto a su familia, entregaron la carta y pasaron las horas bajo el sol frente al centro carcelario.
“De hecho traigo la misma camisa de ese día”, dice mostrándola al público, “porque me recuerda de dónde vengo y hacia dónde quiero ir, pero también me recuerda que el dolor es parte ya de mí. No sé si estas heridas van a sanar en algún momento. He visto muchos casos de otras personas que padecieron la guerra salvadoreña en los ochenta y todavía siguen con procesos de ese tiempo”.
Finalmente, lo sacaron, pero no se los dijeron. Lo subieron a una camioneta y lo llevaron a otra delegación. Los policías nuevos no sabían qué hacer con él. “Dame el número de un familiar”, le dijeron a su padre. “Sí, el de mi hija”. “¡No, el de ella no!”. Carolina dice que estaban enojados porque el día anterior lo habían tratado como si fuera el rey: le habían puesto cama y ropa limpia mientras los demás presos le pedían sus cosas usadas. “Parece que eres alguien importante”, le decían los policías a Benjamín. Después de la liberación fueron a la playa. Su padre quería que el mar lo limpiara de las cosas malas de la cárcel. En la pantalla aparece la selfie de ambos ese día, sonriendo frente al océano.
Pero no terminó ahí. En 2023, durante una beca de descanso en España, le pusieron una demanda. La jueza programó audiencia en su ausencia alegando que no había evidencia de que Carolina estuviera fuera del país, pese a las copias del pasaporte y el programa de la beca. Desde el País Vasco, Carolina hizo una transmisión en vivo: “Miren, aquí estoy, por favor colegas, váyanse a la audiencia porque no tengo abogado que me represente”. Fue entonces cuando decidió no volver. “El Salvador es un país nocivo que está expulsando a toda su gente que trabaja por un mejor país, y la situación no parece que vaya a cambiar”.
Carolina desmitifica la idea romántica del exilio:
“Es complicado porque tenemos que tener la plática seria, pues no todos se ven saliendo y algunos que se han salido no quieren continuar afuera, quieren volver, porque salir no es sinónimo de que vas a estar bien, o sea, y ese es el gran problema, que todavía se romantiza mucho el exilio. Desde el lado de los aliados de Bukele, lo que dicen es que alguien anda buscando exilio. Haciéndolo ver como que salir del país es lo mejor que te puede pasar o que ya tienes asegurada una casa, un carro y todos los privilegios que tenés en tu casa o tu país”.
Ahora en México está replanteándose vivir la vida que no se le permitió en su país de origen. Por eso sigue escuchando cumbia a donde vaya —“cumbias cholas”, como le dicen aquí—, porque no se puede seguir sufriendo eternamente. “Como lo dice tan bien Andrea Ixchíu, el gozo también es parte de nuestra reunificación y de nuestra celebración de vida”, concluye.
El público aplaude mientras suena Lejanía de Lisandro Meza. Carolina deja el micrófono, mueve un poco el cuerpo al ritmo de la música y se sienta junto a Gabriela Selser. Blanche y María siguen aplaudiendo al ritmo. Las luces bajan. Hay silencio. En la pantalla aparece una foto de Sergio Araúz.
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La voz de la narradora regresa: “Sergio Araúz es un periodista que lleva más de veinte años de experiencia. Ha dedicado su carrera a la investigación de temas relacionados con la corrupción y la política en El Salvador. Ha sido subjefe de redacción de El Faro y presidente de la asociación de periodistas de El Salvador. En mayo de 2024, después de publicar unas entrevistas con pandilleros, cuatro integrantes de El Farosalieron del país de manera preventiva. Después fueron tres más y diez más, hasta que en junio más de veinticinco periodistas y decenas de activistas habían abandonado el país. Sergio es parlanchín y dice que en los días previos a su exilio comenzó a sentirse como un fantasma, como alguien que espantaba porque al verlo, los amigos y los familiares, se llevaban las manos a la cabeza y le preguntaban: ¿por qué no te has ido?”
En la pantalla comienza a reproducirse un video documental: Sergio camina con su perro por las calles de la Ciudad de México mientras su voz en off cuenta su salida de El Salvador. Suena una cumbia de fondo. Aparecen imágenes de sus perros en la playa, un gato, lo que parece ser la casa donde vivía con su esposa. Las tomas cambian: Sergio con su perro en su departamento, paseando por la calle, sentado frente a su computadora y hablando por teléfono, hasta terminar en un café.
Sergio Araúz toma su maleta —esa compañera inseparable— y por detrás lo sigue Eduardo Bernal. Se sientan en la mesa llena de objetos y la escena se convierte en una entrevista abierta al público.
Eduardo le pide que cuente su experiencia en México, esas vivencias complicadas hasta llegar al momento presente. Sergio sonríe con nostalgia. “México ha estado presente siempre en momentos muy felices de mi vida”. En 2017 vino a Holbox por el cumpleaños de su esposa. Venía solo con una mochila y unas calzonetas para cuatro días que se convirtieron en tres meses cuando la pandemia los atrapó.
“Nuestro presidente es algo dramático, por decirlo de forma elegante”, dice Sergio, y el mandatario impulsó medidas muy “draconianas”, cerrando el aeropuerto de manera indefinida. “En El Salvador se vivió como ahora se está viviendo, lastimosamente, la normalidad: cualquier falta que al presidente no le guste, pues hay venganza”. Lo único que extrañó fueron sus perros, varados tres meses, pero cuidados por sus padres.
Al mediodía siguiente, en un café, Sergio nos habla sobre las rutinas que dejó atrás:
Reflexiona sobre el desarraigo y las pequeñas cosas que se extrañan:
“Entonces, es raro por todo lo cotidiano, creo que es lo que más cuesta, y que no es lo mismo, es venir a disfrutar un café a esta parte de la Ciudad de México, sabiendo que va a convertirse en parte de tu rutina. No quiero hacer clichés, pero son clichés importantes que hemos conversado con mi esposa en los últimos días: ¿No sentís que aquí la sal no sala?, ¿O no sentís que estos huevos son como más simples? Entonces hablo de los huevos y de la sal porque es encontrarle el gusto al espacio que no es tuyo, y, sobre todo, en un punto en el que no tuvimos mucho margen de decisión. Es el desarraigo obligado y la obligación también a la adaptación, ¿no? O sea, es entre esta resistencia de la sal y no tiene sabor, pero esta es la sal que hay aquí y día a día uno va a ir procesándolo”.
Sergio también nos habla de las pupusas:
“Las pupusas, que parece un cliché, pero no, en mi caso, es una historia personal de rutina, que yo amo. A mí me gustaban mis rutinas allá. Una de las rutinas que teníamos con mi esposa era ir a desayunar con mis suegros todos los domingos. Mi suegra hacía unas pupusas riquísimas y mi esposa le ayudaba a hacerlas. Todos los domingos era comer esas pupusas que eran superricas. También los frijoles, o sea, estoy hablando de cosas muy banales, muy pueriles. Todo es distinto, cada país tiene lo suyo, adoro la comida mexicana, pero es otra”.
Luego vinieron más salidas preventivas: en 2022, como parte del equipo de El Faro que reporteaba la corrupción y el pacto del presidente con las pandillas. “Soy una persona que siempre está acompañada de una maleta”, dice señalándola, “esta de aquí en los últimos años”.
“La maleta de verdad que es el símbolo del exilio. A mí no me gusta mucho ocupar esa palabra, pero es así, hay que decirla. Es decir, no me gustaba la idea, ni la sensación, de no voy a sacar nada de la maleta, porque igual mañana me voy. No era un viaje agradable en el sentido de que la verdad es que yo quería estar en mi casa. Es que yo siempre acostumbro a viajar con una maleta de mano porque me gusta ir liviano por la vida. Y viajo mucho por trabajo y disfruto el acto de viajar, de conocer, de explorar. Esto los últimos meses no ha sido agradable, la de viajar, ni de esa maleta conmigo”.
En su última salida, el 21 de mayo, Sergio tenía más preguntas e incertidumbres como nunca antes. No ha regresado. Cuando salió de El Salvador, también otros colegas lo hicieron: más de cuarenta y siete periodistas entre mayo y agosto. Se aprobó una ley de agentes extranjeros que criminaliza de forma sofisticada. “Yo le llamo gente que no aplaude”, explica, “porque en El Salvador el presidente se ufana de que es muy popular y le encanta que le aplaudan. Cuando ve que alguien no está aplaudiendo, hay consecuencias que pagar”.

También nos cuenta de los objetos que no pudo traer: “No me pude traer mis libros, me traje algunos. Para mí los libros de mi casa era la colección de las historias de mis últimos 30 años. Yo tengo 46 años”.
Hace una pausa. “No he mencionado la palabra exilio ni quiero llamarla de esta forma porque todavía cuesta asimilarla. Todavía pienso: estoy saliendo indefinidamente”. Su voz se vuelve firme: “No me gusta que un periodista tenga por apellido el exilio. No deberíamos acostumbrarnos, es algo que no deberíamos normalizar”. Apunta hacia donde están Blanche y María. “Aquí están reporteras que vivieron etapas oscurísimas de violencia sangrienta de mi país, y es triste que esos fantasmas que yo, cuando tenía veinte años, creía totalmente enterrados —como historias para un libro de memoria o una película—, los volvamos a escribir y a registrar”.
Presos políticos, torturas, cierre de espacios. “Son tiempos que tenemos que leer bien, registrar bien, contar bien. Y contar bien significa contarnos a nosotros mismos también”. Por eso en El Faro, donde nunca le gustó aparecer en primera persona, lo ha hecho en los últimos tres meses:
. “Surgió de una reflexión de …… un escritor argentino: para contar la historia hay que contarse a uno. También es una forma de resistir. Contarse bien, con calidad, con cariño, escribirnos porque nos está pasando a nosotros. No se exiliaron poetas, se exiliaron periodistas”.
Pero aclara que esto es solo un paso. “No podemos andar por la vida contando nuestra propia historia siempre. A mí me daría mucha vergüenza si después de dos años estoy hablando de mi exilio”. Su parte de la historia tiene que ver con seguir trabajando para que la gente en El Salvador tenga información de calidad. “Lo digo como una revancha: si me quitaron mi país, no me van a quitar la libertad de expresarme y de contar mi país, aunque no tenga que estar ahí”.
Eduardo reflexiona sobre las nuevas responsabilidades del periodismo contemporáneo: no solo la verdad, también la justicia. La necesidad de nuevas formas de denominar estos fenómenos tristes.
“Si los dictadores se han reinventado —los dinosaurios ahora parecen amigables y están de moda—, los periodistas tenemos que hacerlo bien”, responde Sergio. “Si ellos son muy sofisticados para callarnos, nosotros tenemos que ser igual de sofisticados para contar las historias y reinventarnos”. No salió para olvidarse de su país, salió para seguir siendo relevante, para no dejar que se salgan con la suya tan fácil. “Esto puede parecer muy romántico, pero es lo que hace que me levante todos los días”.
Eduardo pregunta cómo considera su trabajo en esta nueva condición. Sergio sonríe: “No es aburrida, tiene muchas preguntas. Recurriendo a Roberto Bolaño y Los detectives salvajes, somos una banda bastante grande de gente que también quiere replantearse las cosas. No solo para contar lo malo ni lo triste, sino también para reinventarnos”. Estar en México le permite distanciarse para ver las cosas mejor, con más cautela. “Aunque es también una forma elegante de decir que perdí la posibilidad de contar desde el territorio”. Los retos son muy distintos, inimaginables cuando inició hace veintiséis años. “Pero hay energía y ánimo y hay mucha gente valiente en El Salvador, en Centroamérica, aliados en México y en todo el mundo, que no se han rendido y que todavía tienen algunos cartuchos bajo la manga para que los malos no se salgan con la suya”.
El público aplaude. Sergio toma su maleta y camina de regreso a su butaca mientras suena Ídolo de Atilio. Las luces bajan gradualmente.
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Tras el aplauso que despide a Sergio Araúz, la pantalla se ilumina con el rostro de Andrea Ixchíu, comunicadora comunitaria quiché de Guatemala, gestora cultural y defensora del territorio.
Andrea avanza al centro del escenario con su maleta. Se despoja de la ropa del viaje para vestirse con una camisa y una falda tejida. Se presenta como heredera del valor de la palabra que su abuelo le transmitió para “contar el tiempo” y construir el futuro ancestral. Su resistencia se forja en la rabia temprana contra la censura, canalizada desde el punk rock y el metal hasta la radio comunitaria y el periódico feminista La Cuerda. El exilio fue la consecuencia inevitable de nombrar a los responsables del extractivismo.
Su narrativa se vincula de inmediato al escenario que la une a sus compañeras periodistas. Como los demás centroamericanos, Andrea carga el peso de una maleta que es símbolo de un exilio forzado. Sin embargo, su voz, como la de Sergio Araúz, es una propuesta de reinvención.
La resistencia de Andrea se enfoca en “tejer, a sembrar la milpa América que sueña” y “contar el tiempo” para transformar los corazones. Su propósito es claro: “Narro para hacerme justicia. Narro para que nos hagamos justicia como pueblos” usando sus propios medios y lenguas. Es la culminación de esa “última esperanza” que Carolina Amaya atribuye al periodismo.
Andrea saca una bolsa tejida con ofrendas y las coloca en la mesa. Al ritmo de Rebeca Lane, Primobeatz y Sara Curruchich, sale del escenario caminando. Las luces bajan, el público aplaude y los periodistas pasan al frente para el cierre. Se abrazan, miran al público y hacen una reverencia.
La noche concluye con un acto de comunidad y celebración, de reencuentro en la resistencia. Andrea invita a un brindis, un símbolo de su propia reconexión con este territorio. Con un último aplauso, la productora, Alicia Laguna, confirma que la “chela chicatana” y el mezcal están servidos. Es la reafirmación de que, en medio del exilio, el periodismo sigue siendo esta “última esperanza” donde la lucha por la verdad se vincula con el gozo y la celebración.



