La Otra Historia
Por José Baroja / @jose_baroja y @laotrahistoriamx
To see what is in front of one’s nose needs a constant struggle.
George Orwell
Conozco casos de mujeres que trabajaron durante más de veinte años en la casa de una misma familia y que llegaron a conocer aspectos tan íntimos de la vida de sus empleadores que ni siquiera sus amigos más cercanos conocían. Su familiaridad con las costumbres de aquellos era tal que podían reconocer sus estados de ánimo y anticiparse a sus necesidades antes de que siquiera las expresaran. Con el tiempo, aprendieron a desenvolverse en aquellas casas como si fueran propias, aunque nunca llegaron a serlo. Algunas terminaron siendo figuras más presentes para los niños que sus propios padres, hasta que llegó el momento del inevitable adiós. Sus empleadores, mientras tanto, entre sonrisas y muestras de afecto, podían desconocer cuánto tardaban ellas en llegar al trabajo o si el dinero que recibían les alcanzaba para mantener a sus propios hijos, que crecían en una realidad muy distinta. La relación podía continuar durante décadas sin que nadie considerara demasiado extraño semejante desconocimiento. Y cuando alguna de esas vidas termina convertida en testimonio, tenemos material suficiente para una novela de crítica social que seguramente será recibida con desdén por quienes acostumbran a llamar resentidos a los que escribimos sobre estas cosas. Resentidos sociales como uno.
Algo parecido ocurre fuera de las casas. Pienso particularmente en Chile y México, pues en ambos países una parte de la clase alta ha conseguido organizar su existencia de manera que apenas necesita relacionarse con el resto de la población. Tanto en Santiago como en Guadalajara existen barrios donde las personas pueden pasar buena parte de sus vidas desplazándose únicamente entre espacios habitados por gente de condiciones económicas semejantes. La ciudad acaba reducida a unos cuantos lugares conocidos, mientras todo aquello que queda fuera del recorrido diario adquiere una existencia bastante imprecisa, como si perteneciera a un país distinto, del que se reciben noticias de vez en cuando y al que conviene acercarse con precaución. Eso, siempre que se disponga del tiempo y exista alguna razón para hacerlo. En Santiago, Plaza Italia ha sido durante décadas una frontera simbólica; en Guadalajara, la Calzada Independencia ha cumplido una función semejante. Las ciudades han cambiado, naturalmente, aunque ciertas divisiones parecen resistirse a desaparecer.
No es algo nuevo. Hace tiempo que observo y escribo sobre la facilidad con que personas de estudios universitarios y una formación aparentemente privilegiada pueden desconocer las condiciones en que viven sus propios compatriotas. Algunas llegan incluso a molestarse cuando alguien cuestiona su falta de empatía o cuando una persona ajena a su círculo social aparece por sus colonias. Mi literatura también da cuenta de ello. Lo diré de otro modo: algunos conocen mucho mejor las ciudades extranjeras donde pasan sus vacaciones o realizan negocios que los barrios donde viven miles de familias que dependen del salario mínimo. Es probable que estas últimas ni siquiera existan dentro de su horizonte cotidiano. Como me dijo un amigo alguna vez, si ven que alguien posee ciertas cosas materiales, concluyen que “está bien”; no me extrañaría que incluso afirmaran que se lo merece. Poco importa cuánto haya tenido que endeudarse para conseguirlas. Sinceramente, tampoco veo a estos sectores demasiado interesados en averiguar qué ocurre con la señora Juanita. Reconozco que muchos han crecido en ambientes donde determinadas dificultades nunca se presentaron y que, con los años, terminan interpretando esa experiencia como una representación casi absoluta de la realidad. Lo que sí me molesta es la enorme seguridad con que opinan sobre problemas que apenas conocen. También esa caridad que parece necesitar que las distancias sociales permanezcan intactas.
Mi experiencia como profesor en la educación privada me ha permitido observar de cerca algunas de estas contradicciones. Resulta sorprendente la distancia que puede existir entre la formación académica de determinadas familias y su comprensión de las condiciones sociales que las rodean. Leer el Quijote no te hace mejor persona. En conversaciones con padres y madres aparecen, en ocasiones, interpretaciones de la realidad que parecen construidas desde un mundo imaginario donde las dificultades económicas se resuelven principalmente mediante decisiones personales. Noto una confianza casi inquebrantable en el esfuerzo individual, como si las oportunidades estuvieran distribuidas de manera semejante y bastara con aprovecharlas. El viejo argumento de que “el pobre es pobre porque quiere” sigue encontrando distintas maneras de manifestarse, incluso en ambientes educativos, donde tampoco faltan quienes han terminado adoptando los prejuicios de una clase social a la que aspiran pertenecer. Resulta particularmente incómodo encontrar esas ideas entre personas que, por su trabajo, deberían tener una comprensión más amplia de las desigualdades. Lo curioso es que muchas de estas personas se consideran profundamente conscientes de los problemas sociales. Pueden hablar de pobreza con preocupación sincera y, al mismo tiempo, defender explicaciones que responsabilizan a quienes la padecen.
Algo semejante puede encontrarse en los discursos de quienes ocupan cargos directivos dentro del mundo educativo. Me cuesta comprender cómo ciertas opiniones pueden convivir con proyectos institucionales que declaran promover una formación crítica y comprometida con la sociedad. Uno esperaría que quienes participan en la orientación de esos proyectos tuvieran una comprensión amplia de las desigualdades que atraviesan al país donde viven. Sin embargo, quienes toman decisiones educativas tampoco están necesariamente libres de los prejuicios que circulan en los ambientes donde se han formado. Basta pensar en las autoridades que discuten sobre los servicios públicos sin haber necesitado depender de ellos. Se habla de formar ciudadanos responsables y sensibles a los problemas de su entorno, pero esa preocupación puede volverse incómoda cuando obliga a examinar los privilegios de las propias familias. A veces me pregunto hasta qué punto las instituciones están dispuestas a aceptar las consecuencias de aquello que dicen enseñar. Un profesor puede intentar desarrollar una mirada crítica sobre la sociedad y encontrarse con resistencias apenas sus estudiantes comienzan a cuestionar ideas que los adultos consideran incuestionables. En Chile, incluso puede aparecer la acusación de adoctrinamiento. Ya lo dije alguna vez: qué hermoso sería que nuestras autoridades y sus familias tuvieran que vivir, aunque fuera durante un tiempo, fuera de sus privadas comodidades.
Un dato. La CEPAL señaló en 2025 que el 10 % más rico de América Latina concentra el 34,2 % de los ingresos, mientras el 10 % más pobre recibe apenas el 1,7 %. Es una diferencia tan marcada que ayuda a comprender hasta qué punto nuestras sociedades permiten experiencias de vida que difícilmente llegan a encontrarse. Quien dispone de recursos suficientes puede resolver de manera privada buena parte de las dificultades que afectan al resto de la población. Incluso puede encerrarse detrás de enormes murallas que esconden espacios habitacionales donde niños y niñas crecen como si vivieran en otro mundo y que a uno, por esos accidentes de la vida, le toca conocer desde dentro. Si la educación pública presenta problemas, matricula a sus hijos en otro establecimiento; si el sistema sanitario funciona mal, busca atención privada. Con el tiempo, las deficiencias de los servicios comunes dejan de ocupar un lugar importante entre sus preocupaciones. Parecen pertenecer a una realidad ficticia, algo que ocurre en otra parte y que conocen principalmente por las noticias. Esa distancia acaba influyendo en la manera en que interpretan las dificultades ajenas, especialmente cuando se convencen de que sus propias soluciones deberían estar al alcance de cualquiera.
En la educación, sus consecuencias me parecen particularmente preocupantes. Los jóvenes que pasan toda su formación escolar rodeados de compañeros cuyas familias tienen posibilidades económicas semejantes pueden recibir una enseñanza académica excelente y, aun así, terminar sus estudios sin conocer realmente las condiciones en que vive buena parte de la población. Algunos tampoco tendrán que enfrentar las mismas dificultades que otros estudiantes para continuar su formación. Sus familias pueden financiar alternativas educativas que permanecen fuera del alcance de quienes dependen de una beca o de los recursos que consigan reunir. Incluso los malos resultados académicos tienen consecuencias distintas cuando existe dinero suficiente para buscar otras oportunidades. Lo he pensado muchas veces al observar cómo el futuro de algunos jóvenes parece ofrecer posibilidades que otros ni siquiera pueden permitirse considerar.
No es extraño que algunos colegios intenten compensar esa separación mediante campañas solidarias y visitas a comunidades vulnerables. Me pregunto hasta qué punto esas experiencias consiguen modificar algo cuando el contacto con la pobreza se limita a una actividad organizada o, dicho de otro modo, a una anécdota. Los estudiantes regresan a sus casas después de haber conocido durante unas horas una realidad que otros niños no pueden abandonar cuando termina la jornada. Después, no siempre resulta fácil comprender por qué hay personas que salen a protestar para exigir derechos que ellos han disfrutado desde que nacieron. A veces pienso en cuánto de esa incomprensión hemos contribuido a construir desde las propias instituciones educativas.
Desde mi experiencia docente, también he pensado en lo difícil que resulta enseñar a cuestionar aquello que los adultos han aprendido a considerar natural. Un estudiante puede mostrarse sinceramente interesado en comprender la desigualdad, pero sus preguntas no siempre encuentran la misma disposición fuera del aula. Las explicaciones familiares tienen un peso considerable, especialmente cuando se relacionan con la manera en que padres y madres entienden su posición económica. Cuando esas ideas también están presentes entre quienes orientan los proyectos educativos, la enseñanza corre el riesgo de convertirse en un ejercicio donde se fomenta el pensamiento crítico mientras sus conclusiones no resulten demasiado incómodas. No deja de ser curioso que se insista tanto en formar estudiantes capaces de pensar por sí mismos y que, al mismo tiempo, determinadas preguntas provoquen tantas suspicacias que termine siendo preferible mantenerlas fuera de la discusión. Me pregunto hasta dónde estamos realmente dispuestos a permitir que llegue ese pensamiento, especialmente cuando empieza a incomodar a quienes acostumbran a decidir lo que debe enseñarse.
Por cierto, la desconexión tampoco es exclusiva de quienes poseen grandes fortunas. En Chile y México abundan personas de sectores medios que han adoptado el desprecio hacia los pobres como una forma de distinguirse de ellos. Algunas terminan respaldando medidas gubernamentales que favorecen principalmente a quienes ya poseen buena parte de los recursos. Me cuesta comprender ese entusiasmo, especialmente cuando a muchas de esas familias les bastaría una enfermedad o la pérdida del empleo para experimentar las mismas dificultades que critican. Aun así, defienden una idea de la sociedad donde el éxito individual parece justificar cualquier privilegio. Me parece sumamente triste esa necesidad de identificarse con quienes ocupan posiciones económicas muy superiores, especialmente cuando supone mirar con desdén a quienes comparten nuestras propias incertidumbres. Lo he visto tantas veces que comienzo a preguntarme cuánto de ese comportamiento responde a una convicción y cuánto al deseo de no volver a sentirse parte de aquello que se desprecia.
Esa distancia también afecta nuestra capacidad para discutir los problemas públicos. He escuchado opiniones sobre educación formuladas con una seguridad sorprendente por personas que desconocen las condiciones de trabajo de los profesores o las dificultades que enfrentan las familias para sostener la escolaridad de sus hijos. Lo mismo sucede cuando se habla de salarios. Siempre parece haber alguien dispuesto a explicar cuánto debería ganar un trabajador, aunque jamás haya intentado organizar su propia vida con esa cantidad. Recuerdo que alguien me señaló que cien pesos más eran apenas un paquete de cervezas; le respondí que también podían ser atún y tortillas. Para esa persona, la cantidad parecía insignificante. Para una familia que debe calcular cada gasto, puede representar una diferencia considerable. Me quedé pensando en lo fácil que resulta burlarse de un aumento cuando el dinero que representa no modifica en absoluto nuestra vida. La conversación continuó y no estoy seguro de que mi respuesta consiguiera alterar demasiado su manera de entender el asunto. Tampoco sería la primera vez que me ocurre.
Me resulta cada vez más complicado callarme cuando algunos sectores acomodados, acompañados por sus habituales barberos de clase media, hablan de la realidad nacional. Pueden pasar años sin utilizar un hospital público y, aun así, sentirse autorizados para explicar sus deficiencias. Lo he pensado especialmente cuando escucho historias de superación personal utilizadas para desacreditar las dificultades económicas de otros. Siempre hay un conocido que salió adelante gracias a su esfuerzo o un familiar que comenzó desde abajo. Esas historias pueden ser ciertas, desde luego. Lo que nunca termina de explicarse es por qué deberían servir para establecer lo que millones de personas pueden conseguir con los recursos de los que disponen. He visto aparecer razonamientos semejantes en conversaciones relacionadas con la educación. A veces intento discutirlos, aunque no siempre resulta sencillo hacerlo cuando las personas están tan acostumbradas a considerar su propia experiencia como una medida razonable de lo que debería ser la vida de los demás. Mejor escribo.
Referencias
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2025). Panorama Social de América Latina y el Caribe, 2025: cómo salir de la trampa de alta desigualdad, baja movilidad social y débil cohesión social. Naciones Unidas. https://www.cepal.org/es/publicaciones/84175-panorama-social-america-latina-caribe-2025-como-salir-la-trampa-alta-desigualdad
Orwell, G. (1946, 22 de marzo). In front of your nose. Tribune. https://www.orwell.ru/library/articles/nose/english/e_nose


