#MeToo: No eran monstruos, eran hombres

Desde Mujeres

Por Claudia Angélica Ramírez Ramos / @ClaudiaRmRm / @DesdeMujeres

Cuando pasó una de las olas más grandes del #MeToo en México, allá por 2019, lo entendí. No eran monstruos, eran hombres; eran mis amigos, conocidos, mis profesores, eran hombres que admiraba o que cité, eran hombres con quienes sin razón aparente repetí frases como “hay que separar al hombre del artista” o “no son todos iguales” y que claro, luego entendí la violencia de enunciar sus frases.

Al principio fue un conocido, y asentí con la cabeza entendiendo, “siempre ha sido incómodo estar cerca de él” me dije a mi misma. Luego fue un activista cercano, con sorpresa toqué mi pecho y me repetía: “pero si lo he visto en todas las discusiones sobre cómo derrumbar el sistema que nos oprime”, aparentemente la opresión contra la que luchaba era la que él no ejercía.

Más tarde se volvió más cercano, un profesor al que no sólo admiré durante años, sino con el que construí una amistad; más tarde un amigo de la infancia; después otro amigo con quien luché durante años, con quien en fiestas imaginábamos abrir una cafetería o un bar, después otro amigo a quien amé y con quien construí sueños, pactos y locuras. No eran desconocidos, no eran lejanos, ni siquiera eran sobresalientes de ninguna manera, no eran figuras públicas, ni líderes, ni salían en la tele; eran como mi familia.

Y ellos son sólo un ejemplo, hubo muchos cercanos y conocidos por parte de mi paso por la política, por la sociedad civil, la academia e incluso personas que conocí simplemente de ir al parque o a un café; y dentro de mi egocentrismo y clara culpa interiorizada comencé a creer que ante tal patrón, tal vez era yo quien me juntaba o validaba a la gente equivocada cerca de mi; pero no; en realidad no sólo eran mis círculos cercanos, eran hombres de cada una de las esferas de todas nosotras.

Los hombres por su parte tenían miedo y en su desesperación no había espacio en el que no los escuchara tratar de deslegitimar el movimiento por si acaso en algún momento les tocaba ellos, o se justificaba y ¡vaya cómo me tocó escuchar justificaciones durante ese tiempo!, la más favorita de todas era el “yo no sabía” e inocentemente les creí porque ¿Quién se pondría a pensar en sus violencias cuando es el violentador mismo? cuando creció en ese entorno, es lo que aprendió y consumió durante años, es el ambiente que conoce ¿lo justifica? no; pero creía entender de dónde venía.

Pasó el tiempo y me sorprendió más que el miedo generalizado de cada uno de los hombres era por ser expuesto… no por reconocerse a sí mismo como un violentador, un violador, un puerco, un monstruo; tenían miedo de ser descubiertos. Tenían miedo porque entonces sí sabían que lo que hacían estaba mal, y al ver la avalancha de mujeres valientes sabían que ellos en algún momento lo habían hecho, sabían cuándo y con quién… pero no sabían cuándo sus víctimas iban a alzar la voz.

Hubo un momento en el que recibí un montón de peticiones de ir por un café o si les podía recibir una llamada, todos para hablarme de sus casos o lo que habían sentido al ver a un amigo cercano en esa situación.  Hombres pidiéndome consejos, pero no de cómo terminar sus violencias o preguntarse por qué lo que hacían estaba mal y el por qué de cómo se relacionaban no era sano, me pedían ayuda para saber cómo disculparse públicamente o en dónde pararse para que su versión de los hechos fuera escuchada.

Algunos se atrevieron a señalarme enojados de no haberles dicho antes que serían expuestos para que pudieran prepararse y otros sólo querían verme o que nos vieran juntos para que su conciencia estuviera más tranquila, pensando que al yo ser una mujer feminista mi lucha les protegería a ellos.

Casi ninguno me preguntó a mi cómo me sentía en mi relación con ellos, ni siquiera cómo me sentía en general al reconocerme como víctima de violencias sistémicas o cómo estaban mis amigas después de hablar públicamente, eso fue lo que verdaderamente dolió. No parecían estar arrepentidos y en muchas ocasiones no querían cambiar… querían saber qué decir y cómo actuar en espacios para no ser juzgados; como por ejemplo cuando yo hablo con mi terapeuta y sé cuál es la respuesta correcta para ocultar mi ansiedad y practico con ella ejercicios que sé que no necesariamente voy a reproducir una vez saliendo del consultorio. (No es cierto Marilú te prometo que sí los hago).

Como nos pasó a muchas, al pasar los días, perdí algunas amistades, no sólo de quienes fueron expuestos, sino también de amistades que eran cercanas a ellos, sus parejas, o sus familias, por lo que dije, por lo que no dije, por como se dijo… no por lo que ellos hicieron; pero esta bien, creo que también es válido reconocer cuando entras a una etapa distinta en tu vida que quienes se quedan es por amor sincero y quienes se van es por paz personal. 

Con muchos otros nuestra relación cambió, se habló, se reconstruyó y se volvió más sana, fortalecimos el diálogo y el aprendizaje mutuo, la empatía y la sinceridad de hablarnos sobre nuestras violencias, nuestras decisiones o nuestras formas.

Con el tiempo he curado las heridas que significan un corazón roto, porque al final pues eran mis amigos, mis héroes, mi familia y quieran o no, sus acciones y las mías me rompieron el corazón; en mi proceso de curación aprendí a no endiosar a nadie, a no meter las manos al fuego por nadie, en asumir como depredadores a ciertas personas y reconocer las violencias que implica para todas y todos seguir en un sistema que promueve las violencias a través de la reproducción del género… pero reconocerlo no es invisibilizar sus violencias ni a ellos como violentadores, ni defenderles y mucho menos protegerlos de que se haga justicia. 

Muchas de mis amigas y mujeres que alzaron la voz no sólo no tuvieron justicia, sino que las consecuencias sociales y económicas para ellas fueron mil veces peores; y para ellas aquí estoy y voy a estar siempre. También las quiero reconocer y agradecerles, porque su voz fue la mía que no me atreví a alzar, porque su voz fue un grito de alerta hacia las instituciones y hacia el cómo se toman las decisiones, su voz no fue un grito de ayuda, fue un grito de guerra; y desde entonces les puedo asegurar que muchas mujeres despertamos y actuamos.

Al final aprendí que a mi no me toca andar mostrando, ni protegiendo, ni reivindicando a nadie, porque 2eso le toca a ellos; les toca generar sus propios espacios de deconstrucción sana y dejar de andar pidiendo ayuda a las morras para que les enseñen, para que les cuiden y les maternen. La lucha es suya, los violentos son ustedes.

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