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En la Feria Internacional del Libro, Amnistía Internacional presentó el Informe Desaparecer otra vez, en el cual documenta las violencias que enfrentan más de 600 mujeres buscadoras de todo el país.
Por Aletse Torres Flores / @aletse1799
En un país donde más de 133 mil 552 personas siguen desaparecidas, el Estado mexicano continúa fallando en su deber más elemental: garantizar la búsqueda, la verdad y la vida. Frente a esa ausencia institucional, han sido las mujeres, madres, hermanas, esposas, hijas, quienes han levantado el país con las manos en la tierra, así lo evidencia el Informe Desaparecer otra vez que la organización Amnistía Internacional presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la tarde del 4 de diciembre.
En el país, más de 234 colectivos se han organizado para suplir, con su propio cuerpo, lo que el Estado ha dejado de hacer. Han aprendido a excavar, a identificar restos, a leer leyes que no se escribieron para ellas y a recorrer zonas dominadas por el crimen organizado, caminos rurales, centros penitenciarios y baldíos donde nadie más se atreve a entrar. Lo hacen porque las autoridades, que deberían encabezar la búsqueda, han sido omisas, ineficaces o cómplices.
Lo que emerge de este trabajo no es sólo una fotografía del horror: es la confirmación de que en México la búsqueda se ha centralizado en manos de quienes deberían estar siendo protegidas.
Buscar a una persona desaparecida es, en este país, una labor de altísimo riesgo. Al menos 30 familiares que buscaban a sus seres queridos han sido asesinados desde 2011; 16 de ellos eran mujeres. Otras han sido desaparecidas, desplazadas forzosamente o viven bajo amenaza constante.

Durante la presentación, Edit Olivares, directora de Amnistía Internacional, recordó que la búsqueda “sigue siendo una labor artesanal”. Las mujeres escarban con palas, picos, varillas y, muchas veces, con las manos.
El contacto permanente con restos humanos y ambientes contaminados genera enfermedades en la piel; la tensión sostenida provoca bruxismo tan severo que varias mujeres han perdido la dentadura; la vista se deteriora hasta llegar al desprendimiento de retina por el esfuerzo prolongado.
A esto se suman insomnio, depresión, ataques de pánico y ansiedad, todos atravesados por el miedo de que una amenaza se convierta en ataque. Algunas duermen en el sofá, frente a la puerta, para que si entran por ellas no se lleven a sus hijos. La violencia se refuerza con la estigmatización: autoridades que las descalifican, comunidades que las culpan, familiares que les exigen silencio. Para las mujeres indígenas y migrantes, los obstáculos aumentan: barreras de idioma, falta de traductores, lejanía institucional y trámites que dificultan incluso el derecho a buscar.
Más del 65% de las mujeres buscadoras ha enfrentado afectaciones económicas por su labor. Ellas pagan todo: gasolina, equipo, ropa, alimentos, fotocopias, traslados. Algunas han cubierto incluso pruebas de ADN que el Estado debería garantizar. Muchas perdieron sus trabajos tras la desaparición del familiar; otras renunciaron porque ningún empleo permite conciliar la búsqueda con la vida cotidiana.
La precariedad se extiende al núcleo familiar: niñas y niños que dejan la escuela, hogares sostenidos por mujeres que viven entre la angustia y la necesidad de seguir buscando.

En ese contexto, la voz de Yadira Martínez, madre de Jaime Adolfo Martínez Castro, desaparecido el 15 de noviembre de 2018, cimbró la sala.
Su testimonio forma parte del informe, pero escucharlo en directo fue distinto. Yadira pertenece a una Brigada Independiente creada en 2023, con la que han realizado 358 búsquedas en campo, 19 búsquedas en vida (de las cuales 17 fueron positivas) y obtenido 248 hallazgos.
Gracias a sus transmisiones en vivo, que muestran prendas, objetos y señales en lugar de cuerpos, 77 personas han sido identificadas y entregadas dignamente a sus familias:
“Cuando Fiscalía encuentra fosas clandestinas, vuelven a desaparecerlos —dijo—. No dan información. Por eso transmitimos. Para que las familias sepan. Para que no nos los oculten”.
Luego habló de lo que representa el mes de diciembre, de la mesa incompleta, de los tres hijos que siguen esperando, del menor que le dice: “Ya no llores, mamá, un día mi hermano va a regresar”. Contó que llora en el baño para no angustiar a sus hijos. Contó el peso de no saber si Jaime Adolfo come, si tiene frío, si está vivo. “Esto que vivo es una tormenta. Una tormenta que no va a parar hasta que encuentre a mi hijo”.
El acto cerró con un poema leído por Paulina Coronado, un recordatorio de que antes de ser cifras, todas las personas desaparecidas soñaban, amaban, caminaban con las manos llenas de proyectos. “Ese día, tú, no volviste a casa”, dijo, y la frase quedó suspendida como un eco que nombraba a los más de 133 mil tesoros desaparecidos.
Amnistía Internacional insistió en que el Estado mexicano debe reconocer la crisis, reconocer a las mujeres buscadoras como defensoras de derechos humanos, garantizar su protección, su salud y su estabilidad económica, y dejar de criminalizarlas.
Asimismo, la directora de Amnistía Internacional insistió que el informe no es sólo un documento: es un acto de memoria y una herramienta de lucha. Una forma de acompañar a quienes salen cada día a buscar, aunque no haya garantías de que volverán.
Finalmente, la madre buscadora recordó que esta no es una tragedia lejana. Es un país que se sostiene sobre una herida abierta. Mientras el Estado incumple su deber, ellas continúan, con amor, con rabia, con fe y resistencia, sosteniendo una búsqueda que es también un acto de vida. Porque, como repitió Yadira: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos.”
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Aquí puede descargarse de manera íntegra el Informe elaborado por AI México.


