Oxímoron
Por Andy Hernández Camacho, coordinadora de La Mamá Cósmica / @andybrauni / @lamamacosmica
Ilustración: Open AI
Hay esperas que no se celebran.
No tienen fecha marcada en el calendario ni rituales visibles. No hay globos, ni abrazos colectivos, ni preguntas entusiastas que se repitan en la sobremesa. Son esperas silenciosas, íntimas, a veces profundamente solitarias. Esperas que se viven en el cuerpo, aunque nadie más las vea.
Las dificultades para concebir son una de ellas.
Una experiencia que muchas veces se nombra como infertilidad, aunque esa palabra no alcance —ni cuide— todo lo que ahí sucede.
Yo no he vivido este proceso en mi cuerpo, y por eso escribo desde un lugar cuidadoso: desde la cercanía amorosa, desde el acompañamiento, desde haber estado al lado de mujeres que deseaban maternar y no podían hacerlo como se supone que “debería suceder”. Desde haber visto cómo el tiempo se vuelve extraño cuando el embarazo no llega. Desde la escucha atenta de un dolor que no es mío, pero que igual se siente.
Desde ahí escribo.
Desde la orilla.
Desde el respeto.
Crecimos en un país donde la maternidad es destino, expectativa y mandato. Donde el cuerpo de las mujeres es leído como proyecto reproductivo incluso antes de que sepamos si queremos —o podemos— maternar. Donde el embarazo se asume como algo natural, automático, casi inevitable.
La pregunta aparece temprano y no se va nunca:
—¿Y ustedes para cuándo?
Una pregunta que parece inocente, pero que carga un peso enorme. Porque no contempla la posibilidad del no. Porque no imagina la espera. Porque no considera el dolor. Porque asume que el deseo siempre coincide con la biología.
Cuando el embarazo no llega, el silencio se espesa.
Y con él aparecen la culpa, la vergüenza, la sensación de estar fallando. Fallar como mujer. Fallar como cuerpo. Fallar como proyecto.
Las dificultades para concebir no son solo una experiencia médica. Son una vivencia social atravesada por el estigma. Mientras la maternidad se romantiza, la imposibilidad —temporal o definitiva— de alcanzarla se vive como un secreto. Algo que se calla para no incomodar, para no romper la narrativa de que “todo pasa por algo” o de que “el cuerpo sabe”.
En México, entre el 12 y el 17 % de las parejas enfrentan dificultades para concebir, de acuerdo con datos de la Secretaría de Salud y la UNAM. A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud estima que 1 de cada 6 personas atraviesa procesos reproductivos complejos.
No es una excepción.
No es una rareza.
Y, sin embargo, sigue tratándose como un asunto individual, casi como un fracaso personal.
Estas dificultades afectan tanto a mujeres como a hombres, pero la carga simbólica, emocional y social recae mayoritariamente en ellas. Son los cuerpos de las mujeres los que se examinan, se miden, se intervienen. Son ellas quienes reciben consejos no solicitados, frases bienintencionadas que hieren:
“Relájate”
“Deja de pensarlo”
“Seguro es estrés”
“Todo llega cuando tiene que llegar”
Para muchas mujeres, el camino hacia la maternidad no ocurre de manera espontánea ni “natural”, sino a través de procesos de reproducción asistida, como la fertilización in vitro, la ovodonación o, en otros casos, mediante la adopción. Sin embargo, en México estos caminos suelen ser costosos, poco accesibles y profundamente desiguales. Por eso, hablar de dificultades reproductivas también es hablar de clase, acceso, privilegio y tiempo.
Cada ciclo que no resulta es una despedida.
Cada prueba negativa es un pequeño duelo sin ritual, sin permiso social para doler.
A esto se suman los duelos gestacionales, pérdidas que existieron en el cuerpo, en el deseo y en la imaginación, pero que muchas veces el entorno minimiza o apura a olvidar. Embarazos que sí fueron, aunque no llegaran a término. Vínculos que existieron, aunque no tengan fotografías ni nombres inscritos en registros oficiales.
Las dificultades para concebir rompen el tiempo.
El futuro se vuelve incierto.
El cuerpo deja de ser aliado y se convierte en territorio de vigilancia, de cálculo, de espera constante.
Quienes atraviesan estos procesos aprenden a habitar un lugar incómodo: entre la esperanza y la autoprotección. Aprenden a medir cada emoción. A callar para cuidarse. A sostener la tristeza mientras el mundo sigue avanzando como si nada.
Acompañar desde fuera enseña algo importante: no hay palabras correctas. No hay frases mágicas. A veces lo único que sostiene es estar. Escuchar. No minimizar. No exigir fortaleza. No buscar finales felices para un dolor que necesita ser reconocido, no resuelto.
Hablar de las dificultades para concebir es un acto político.
Es sacar del silencio una experiencia históricamente cargada de culpa.
Es cuestionar la idea de que la maternidad define el valor de una mujer.
Es recordar que los cuerpos no son máquinas y que el deseo no siempre coincide con la biología.
Nombrar es permitir que otras mujeres se reconozcan sin vergüenza.
Es abrir una conversación que durante demasiado tiempo se sostuvo en susurros.
Es aceptar que no todas las historias tienen que cerrar para ser dignas de ser contadas.
Esta columna está dedicada a todas las mujeres que atraviesan dificultades para concebir.
A las que esperan.
A las que siguen intentando.
A las que han recorrido caminos de reproducción asistida, de ovodonación, de tratamientos largos y costosos.
A las que han llegado a la maternidad por adopción.
Está dedicada también a las mujeres que han vivido duelos gestacionales.
A quienes despidieron embarazos que existieron en el cuerpo, en el deseo y en la imaginación.
A quienes cargan ausencias que el mundo minimiza o apura a olvidar.
Sus pérdidas importan. Sus vínculos existieron. Su dolor merece ser nombrado.
Y a quienes, después de mucho desearlo, han tenido que resignarse a que la maternidad ya no estará en sus planes.
A quienes soltaron ese anhelo con duelo, con preguntas sin respuesta, con una tristeza que no siempre encuentra palabras.
A ustedes, que tantas veces quedaron fuera del relato colectivo, las abrazo y las acompaño.
Pero sobre todo está dedicada a mi hermana.
A ella, que caminó la espera con una valentía silenciosa y fe desbordante.
Que sostuvo el deseo incluso cuando dolía.
Que aprendió a habitar la incertidumbre sin dejar de amar la idea de ese pequeño ser que tardaba en llegar.
Hoy, junto a su esposo está esperando a su bebé, y escribirlo me llena de una emoción que no me cabe en el cuerpo.
Una alegría suave, agradecida, atravesada por todo lo vivido antes.
No como un final ejemplar.
No como consuelo obligatorio.
Sino como un gesto de la vida que llega después de haber enseñado tanto.
Este cierre también es para ella,
con todo mi amor,
con toda mi ternura,
con lágrimas que son de alegría, sí,
pero también de memoria.
Que nadie vuelva a decir que estas experiencias son menores.
Que nadie vuelva a imponer una sola forma de llegar a la maternidad.
Que nadie vuelva a pedir silencio.
Hay esperas —y hay caminos— que merecen ser narrados.


