Pagar por todo…

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Mi padre aprendió de su padre —mi abuelo, pues— el arte de las chambitas. Domina el oficio de la fontanería y podría, si quisiera, hacer una instalación eléctrica sin problema. Durante más de 20 años trabajó en la Euzkadi, la llantera que devino en cooperativa allá en El Salto, y completaba las quincenas haciendo chambitas por aquí y por allá. Cuando mi hermano y yo entramos a la adolescencia, intentó transmitirnos los saberes que él había aprendido de su padre: nos llevaba como chalanes para que le ayudáramos, y de paso aprendiéramos, los secretos del oficio. Fracasó: nunca logró que aprendiéramos a distinguir la corriente de la tierra y se desesperaba cuando confundíamos la perica con la stilson. Un día, en un arrebato de franca sinceridad y desbordada frustración, nos dijo: «Ustedes por eso mejor estudien: como no saben hacer nada, por todo van a pagar».

El razonamiento de mi padre era simple: estudiar nos abriría puertas para tener buenos trabajos que nos darían mucho dinero. Así lo pensó toda una generación durante mucho tiempo. La vida y el capitalismo nos habrían de enseñar que la premisa no estaba mal, pero tampoco era cierta: prosperar en este mundo, en estos tiempos, tiene mucho de golpe de suerte, más de que preparación académica. Pero no es esa la idea central de este texto: ya bastante he invertido en la terapia como para venir a desahogarme ahora aquí… por eso.

Me acordé de la frase de mi padre en estos días en que la mentada tarjeta única —o Al estilo Jalisco— ha dado tanto de qué hablar y no precisamente por sus bondades, sino por sus perversidades: un negociazo privado auspiciado —patrocinado, impulsado, cobijado— por el gobierno del estado. La que operará la tarjeta no es la mejor empresa, ni la más calificada, ni la que más beneficios otorga —su catálogo de comisiones es insultante y rebasa por mucho los cuatro pesos de “ahorro” en el camión—, pero lo que me llamó la atención fue la logística para entregar los plásticos: la empresa que los está entregando también es una empresa privada a la que se le van a pagar 57 millones de pesos.

Desde hace muchos años, en Jalisco las y los políticos hacen campaña para ganar elecciones, pero una vez que están en los cargos prefieren pagar para no gobernar. Buena parte de los servicios y de las responsabilidades de las autoridades, estatal y municipales, están en manos de particulares vía concesión: el alumbrado y el transporte público (incluyendo la flamante e incompleta línea 4), la verificación vehicular, las fotomultas, la cobranza de los morosos del Siapa, las inservibles patrullas Cybertruck, ahora la operación de la tarjeta con la que las personas van a vender en 4 pesos su información personal y biométrica. Durante mucho tiempo la recolección de basura operó bajo ese esquema, habrá que ver cuánto tiempo dura en manos del municipio.

En Jalisco se gobierna bajo la lógica de la concesión y del subsidio. Esta lógica no es una patente de Movimiento Ciudadano: así ha ocurrido desde hace muchas administraciones, pero los gobiernos naranja han aceitado bien la maquinaria y la han llevado hasta el descaro. Las y los funcionarios no tienen tiempo de gobernar porque están demasiado ocupados tomándose fotos y grabando videos para sus redes sociales. Viven, ya lo he escrito aquí alguna vez, en una campaña electoral permanente.

El ejemplo más claro de lo que pasa cuando el gobierno renuncia a ejercer lo tenemos, precisamente, en el ente que comenzó con este nuevo circo: el transporte público. Desde hace muchos años el “servicio” está concesionado y subsidiado; desde hace muchos años, el “servicio” no mejora en nada: no mejoran las unidades, no mejoran los derroteros, no mejoran las condiciones laborales de los empleados, no mejora el trato a la ciudadanía. No importa cuánta saliva gaste el gobernante en turno para decir que ahora sí se va a mejorar: todos sabemos, los concesionarios en primer lugar, que es algo que no va a pasar. La concesión y el subsidio están a salvo.

Con todo esto en mente, pensaba cómo podría parafrasear la frase de mi padre. Pensaba, por ejemplo, que podría ser algo tipo «como no saben gobernar, por todo van a pagar». Mentira no es, pero tampoco es verdad del todo. El problema, creo, tiene dos aristas: la primera, que no es que no sepan gobernar, sino que no les interesa. La segunda, no es que tengan que pagar por todo, sino que es complicado rastrear dónde está el negocio detrás de tanta concesión. Porque alguna ganancia deben tener, de lo contrario no estarían ahí.

Y mientras todo esto ocurre, la ciudadanía es la que termina pagando por todo.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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