Diversidad: Otras formas de habitar
Por Dalila Ayala Castillo
Yo también quiero usar el transporte público, pero las condiciones actuales de la zona metropolitana de Guadalajara y el estado actual de las unidades no me permiten hacerlo.
Desde los siete años vivo con una enfermedad autoinmune llamada Dermatomiositis, la cual debilitó mis músculos y desvió mi columna. Para facilitar la movilidad, utilizo un bastón y para trayectos medianamente largos, utilizo mi silla de ruedas.
Sin embargo, mi movilidad en transporte la hago principalmente en auto de plataforma o en auto de familiares o amigos, es decir en transporte privado. Esto debido a que no me es posible llegar a la parada de autobús oficial con mi silla de ruedas desde mi hogar. No hay paso en las banquetas, no hay rampas suficientes para completar el camino y, en ocasiones, debo bajar a la calle para esquivar obstáculos como postes, baches, macetas, árboles, canceles o personas.
Aun si lograra llegar a la parada de autobús, sé bien que éste no me daría la parada, pues la mayoría de las unidades de las rutas asignadas en la actualidad no están equipadas para subir la silla de ruedas.
La última vez que me subí fue en 2014, acaban de comprar las nuevas unidades y tuve que subir gateando, porque no estaba nada accesible subir parado por esos escalones.
Ese mismo día, descubrí que en las nuevas unidades tenías que subir algunos escalones para llegar a los asientos de atrás, además de que había una fila menos de asientos y que estaban diseñados para tener viajes más incómodos que los de antes, ya que la mayoría de los usuarios debían ir parados.
Cuando estudiaba la licenciatura, un compañero de la universidad me cargaba para subir y bajar las escaleras, porque los chóferes no podían darse el tiempo que yo necesitaba para bajar los escalones.
Una vez una señora me jaloneo el brazo, porque me senté en el lugar asignado a personas con discapacidad y no se me notaba la mía. Otro día, una señora cayó sobre mí cuando íbamos paradas las dos, porque el chófer dio un frenón de esos que todos los usuarios conocemos.
El asunto es, que ya no pude subirme nunca a un autobús y con la silla de ruedas se ha vuelto más difícil acceder a este servicio, porque como ya dije, no te dan la parada. Incluso, sucede dicha discriminación al pedir un auto de plataforma, ya que en el momento en que ven la silla de ruedas te cancelan el viaje, porque suponen que ellos la van a cargar o porque simplemente no quieren hacer más de lo que les “compete”.
He utilizado el tren cuando me ha sido posible, es decir, cuando sirven los elevadores o cuando voy con amigos que apoyan con el traslado. Pero en cuanto al autobús está lejos de ser un servicio que las personas con discapacidad motriz (PCDM) puedan usar.
Es un servicio que no es digno para ningún usuario que lo utiliza actualmente, pero incluso ellos sortean todos los días experiencias que corporalmente una PCDM no puede realizar.
Desde tener que correr, porque se paró más adelante de la parada oficial, aguardar en las paradas que no están acondicionadas para una espera digna o cómoda, hasta bajar donde no es tu parada y tener que caminar de regreso varias cuadras porque ahí te bajó el conductor.
Éstas y muchas otras deficiencias viví cuando tuve el apoyo para subir al autobús, y por supuesto se siguen viviendo actualmente.
Un aumento a la tarifa de dicho transporte significa un sinsentido, e implica la vulneración de los derechos a la movilidad y a la igualdad y no discriminación. Aun así, insisten los empresarios y el gobierno en que es justo el aumento a la tarifa de 9.50 a 14 pesos, argumentando que, 1) es una medida que busca garantizar el servicio hasta el 2030 contemplando el aumento en combustible y salario mínimo y 2) se tendrá la posibilidad de pagar 11 pesos con una tarjeta que proporcionará el gobierno que permite hacer uso del subsidio de 3 pesos para los usuarios en general y de 7 pesos para estudiantes, personas con discapacidad, personas de la tercera edad y beneficiarios de los programas de ayuda del estado.
Sin embargo, es importante recordar y no dejar de lado que el transporte es un derecho, aunque en la práctica, falta mucho para que sea un servicio digno y justo. No deben priorizarse las ganancias monetarias o los tratos entre empresarios a costa de los derechos de las personas.
El servicio del transporte público realizado de manera correcta y priorizando el bienestar social, permitiría garantizar otros derechos fundamentales de las personas con discapacidad, como el derecho al trabajo y al estudio, a los cuidados, a participar de las actividades culturales de su comunidad y a la no discriminación.
Sin embargo, está lejos de lograr este objetivo, por el contrario, es el escenario en el que se materializa la inseguridad ciudadana, la injusticia social, la exclusión, la violencia estructural y política, y la explotación laboral de los conductores de las unidades.
Por último, quiero hacer explícito mi deseo de poder hacer uso de un transporte digno, accesible y con precios justos que nos incluya a todos, que no tengamos que pelear entre nosotros por los asientos, que no tengamos que hacer filas por horas para llegar a nuestros trabajos y que también permita condiciones laborales dignas para los conductores de las unidades, salarios justos, salud física y psicológica y una vida digna para quienes llevan día la labor de trasladar a la ciudadanía.
Basta de abusos por parte de los dueños de las unidades, de los empresarios que han secuestrado nuestro derecho a la movilidad en beneficio de sus cuentas bancarias y de políticos que solo hacen tratos sin fundamento ético y político. Por un transporte público digno y justo para todos.
***
“Diversidad: Otras formas de habitar” es una columna que busca generar un espacio de análisis, reflexión y crítica en torno a las barreras, falta de equidad y experiencias en torno a las personas que viven con alguna discapacidad o condición, privilegiando la voz propia de los actores, así como los saberes, prácticas inclusivas y aportaciones a la cultura de la inclusión.


