Dolor

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

A veces es una punzada. Detrás del ojo o en la sien. Otras, un piquete en el muslo, una contractura en la pantorrilla o en el cuello o en el antebrazo y entonces uno no puede moverse con normalidad. No, al menos, hasta que el dolor se vuelve normal y el cuerpo se acostumbra a vivir con la punzada, con el piquete, con la contractura.

Hacerse adulto es acostumbrarse a convivir con el dolor. A vivir con dolor.

Algunos pequeños, otros fuertes, muchos de ellos invisibles, pero todos cotidianos. No recuerdo cuándo fue la última vez que pasé un día sin que me doliera algo. Me atrevo a afirmar que ahora mismo, en este momento, todes tenemos un dolor: en una pierna, el estómago, la cabeza, el corazón —el metafórico, por supuesto: una vez un médico me dijo que el corazón no duele: lo que yo juraba que era un preinfarto prematuro porque “me dolía” el corazón, en realidad era un dolor producido por el reflujo: a veces todavía me duele.

Hace un mes murió la tía Esperanza, a quien de cariño toda la familia le decía Pita. Hacía años padecía una agresiva artritis reumatoide que le deformó las manos y los pies. Caminaba con mucha dificultad y luchó, hasta sus últimos días, por mantener su autonomía a pesar de que sus manos no la dejaban sujetar casi nada. Cuando alguien le preguntaba “¿Qué te duele?” su respuesta era corta y contundente: “Todo”. Estoy seguro de dos cosas: de que no exageraba ni estaba haciendo drama y de que sólo ella sabía cuán intensamente le dolía el cuerpo. Un día renunció a tomarse las medicinas y luego a comer y finalmente a vivir. Creo que en realidad renunció a perder su autonomía. Y, definitivamente, renunció a seguir viviendo con dolor.

Unos días antes había muerto Josefa, la mamá de Vero, a quien de cariño le decían Jose y Cuchepa y Susefa. Padecía Alzheimer y en sus últimos días ya no hablaba, ya no comía y había perdido la movilidad. Aunque siempre procuramos hacerlo con mucho cuidado, cuando la movíamos para cambiarla de posición se quejaba intensamente y no pudimos saber por qué: no logramos descifrar si era dolor o susto o cualquier otra cosa y no podíamos hacer nada más que acompañarla hasta que volvía a calmarse. Después de su último suspiro, hubo consenso: ya no iba a tener dolor. Y esa certeza se convirtió en un bálsamo para el otro dolor, el invisible, el que acompaña a quienes se quedan cuando ellas se van.

A veces me pregunto qué les duele a las personas: cuáles dolores acompañan sus días y les recuerdan que tienen un cuerpo que se deteriora. A veces es posible adivinarlo: alguien cojea ligeramente o se soba un hombro o se masajea la sien casi imperceptiblemente o mueve el cuello tratando de liberar la dolorosa tensión de los hombros. Cuando voy en el auto o en el transporte público, me pregunto cuáles son los dolores invisibles de las personas que viajan en los otros autos o dentro del vagón del tren. Estoy seguro a que todes les duele algo. Y todos los días viven con ello.

Uno de los dolores cotidianos más insoportables es el de muelas. Hace años me asaltó por sorpresa y creí que podía hacer algo para sobrellevarlo sin pararme en el consultorio dental. Primero usé paracetamol y después ibuprofeno, ketorolaco, tramadol; luego, jugué con las dosis; al final, los combiné intercalándolos; pospuse el encuentro con la dentista por una razón ridícula, pero poderosa: tengo fobia odontológica. El solo recuerdo del sonido de la fresa y del olor del consultorio y del sonido del extractor de saliva me provocan un malestar que nace en la boca de mi estómago y se me corre hasta los hombros (ahora mismo lo estoy sintiendo). Intenté vivir con el dolor de muelas y volverlo cotidiano no por masoquismo ni por desidia: era pura evasión. Pero no se puede vivir con dolor de muelas. El disco Boris Vian, que el cantante argentino Andy Chango grabó con temas del escritor, músico, inventor y patafísico francés, incluye un tema divertidísimo titulado “El blues del dentista” (versión en español de “Le blouse du dentiste”, de Vian), donde narra las peripecias dentales del protagonista que comienza exclamando: «Era un dolor/ dolor bestial/ era la madre del dolor/ dental». (La pueden escuchar aquí.)

“Le blouse du dentiste” no fue la única pieza que el genio francés dedicó al dolor de muelas. En Boris Vian. Poesía completa (Renacimiento, 2014) es posible encontrar un poema que me parece portentoso y que dice:

«La vida es como una muela./ Primero no pensamos en ella/ y estamos contentos con masticar./ Luego de repente se echa a perder/ y entonces nos duele y nos importa,/ nos preocupamos y la tratamos./ Pero para ser verdaderamente curada/ tienes que arrancarla, la vida».

Muchas, demasiadas veces, no hay analgésico que sirva para hacer más llevadero el dolor de muelas. Ni la vida. 

Sin embargo, hay que seguir viviendo. Con dolores, con piquetes, con punzadas, con dolores invisibles porque como también escribe Vian:

«No quisiera morir/ no señor, no señora/ antes de haber palpado/ el sabor que me atormenta/ el sabor que es más fuerte./ No quisiera morir/ antes de haber probado/ el sabor de la muerte».

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

1 COMENTARIO

  1. Gracias por lo que escribes, justo estaba pensando en eso, justo ahora me duele el brazo, y hace 2 días tuve que ir al dentista, me siento menos mal de mi reacción en el consultorio ahora que sé que hay hasta canciones que hablan de esas experiencias jaja, es bueno saber que hay más personas como yo con esos dolores que no se ven pero se sienten y se vuelven parte de tu día a día, supongo que son una manera de recordarnos que estamos vivos y más sabios.
    Saludos Édgar.

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