#VocesDelAhuehuete
Desde el límite norte de Guadalajara, el Parque Mirador es una muestra de las disputas por el derecho a la ciudad, la memoria y el sostenimiento de la vida.
Por Tonantzin Moya / @huitlacohi (X) / @tonantzin_moya (IG)
A quien se asoma desde el Parque Mirador Independencia se le abre la inmensidad de la Barranca del Río Santiago, un paisaje que es a la vez el límite geográfico que separa a la ciudad de la barranca, y el umbral simbólico donde se encuentran lo urbano y lo natural, el centro y la periferia, la contemplación y el conflicto.
Este parque no fue concebido como un espacio aislado, sino como parte de una barrera biológica que conectaba distintos parques de la zona, el Parque Natural de Huentitán, áreas de “Parques y Jardines”, el Zoológico de Guadalajara y la zona donde hoy se ubica Iconia, con el objetivo de proteger la Barranca del Río Santiago del avance urbano, funcionando como regulador climático y refugio de biodiversidad. Aunque con el tiempo, la barrera se fue fragmentando perdiendo su capacidad de conformar un escudo natural.
Desde este borde, la ciudad muestra sus contrastes más profundos: la belleza del paisaje convive con la contaminación y la devastación ambiental; la inmensidad se acompaña de segregación socioespacial, y surgen tensiones porque el desarrollo urbano se impone sin escuchar a quienes habitan el territorio.
El derecho a la ciudad desde la periferia
El Mirador ha sido el coprotagonista de muchas disputas por el derecho a la ciudad, entendido como la posibilidad de todas las personas de participar en la construcción y transformación del espacio urbano. Las decisiones sobre su reconfiguración, árboles, canchas y usos se toman sin la participación de la comunidad, debilitando derechos fundamentales como el acceso al espacio público, la participación ciudadana y, sobre todo, el derecho a un medio ambiente sano, pues habitantes de Huentitán y estudiantes han estado a pie de lucha tratando de preservar los gigantes del parque, árboles de más de 15 metros que resisten los cambiantes climas, les dan sombra y conforman su patrimonio material.
La cercanía con el río Santiago refuerza esta dimensión socioambiental. Al ser la parte final de su recorrido, el río arrastra contaminación proveniente de distintos estados del país, afectando directamente a las comunidades que habitan sus márgenes. Así, el Mirador se convierte en un punto de observación privilegiado para comprender que las periferias urbanas suelen cargar con los costos ambientales del desarrollo.
Más que un elemento del paisaje, el río Santiago es un testigo silencioso de las desigualdades territoriales que atraviesan la urbe. A lo largo de su recorrido recibe descargas industriales y urbanas que lo convierten en uno de los ríos más contaminados del país, trasladando hacia sus márgenes los costos ambientales del desarrollo económico. Esta situación evidencia una profunda injusticia socioambiental: mientras los beneficios del crecimiento urbano se concentran en otras zonas de la ciudad, las periferias como Huentitán enfrentan sus consecuencias en forma de deterioro ecológico, riesgos para la salud y pérdida de calidad de vida.
La ciudad planeada y la ciudad vivida
El conflicto en torno al Parque Mirador permite entender cómo se produce la ciudad. Por un lado, existe la ciudad planeada institucionalmente, diseñada desde oficinas gubernamentales y proyectos urbanísticos. Por el otro, está la ciudad vivida y percibida por quienes utilizan y dotan de significado a los espacios en su vida cotidiana.
Esta tensión se expresa en los imaginarios urbanos en disputa: mientras algunos conciben el territorio como una oportunidad de desarrollo económico, para la comunidad el Mirador representa un espacio de encuentro (con los vecinos y con la naturaleza), identidad y cuidado.

Los vecinos festejan ahí baby showers, cumpleaños, y entre semana se ven las clases de yoga, los paseantes de perro, los picnics que miran la majestuosidad de la Barranca. Las colectivas vecinales realizan ahí obras de teatro, proyecciones de cine, clases de salsa y hasta “pajareadas”, que son avistamientos de aves para comprender la interdependencia e importancia de los habitantes de la zona. Incluso, los actuales gobernador y presidenta municipal, han llevado a cabo eventos oficiales en este parque, para presentar su gabinete con la ciudadanía. Es un foro único por excelencia.
“Todavía se respira un aire puro… se siente el olor de la tierra y el cambio de clima cuando llegas al Mirador”, recuerda uno de los habitantes del barrio, evidenciando el valor ambiental y emocional del espacio.

Memorias peligrosas: recordar para resistir
De estas formas de habitar se va tejiendo un conocimiento que es a la vez ecológico, político y social del espacio. Lejos de ser un espacio neutro, el Mirador alberga lo que pueden llamarse memorias peligrosas: recuerdos que cuestionan el orden establecido, interpelan al poder y mantienen vivo el conflicto. Y estos recuerdos se encuentran con la realidad material, el abandono del museo Guggenheim, luego museo de arte moderno, que hoy son sólo los cimientos de una obra inconclusa que divide al parque, edificada sobre el área donde anteriormente había canchas, juegos infantiles y más miradores, pero desde 2012 no se concluye, sólo da albergue a grafitis y basura.

Estas memorias movilizan las luchas vecinales por la defensa de los parques. El conocimiento que ha obtenido la lucha abarca la contaminación del río Santiago, la protección de los gigantes de la Barranca, el resultado de reforestaciones con especies no endémicas, y el recuerdo de aves, mamíferos, peces que acompañaban sus trayectos diarios
“Llevamos casi 15 años defendiendo nuestros parques. Comenzamos con el parque mirador haciendo rodadas en bicis, reforestando, haciendo de todo. Yo sueño con que el parque sea un lugar donde los niños sean reclutados por el juego, el deporte y el arte, por lo que quieran. Pero no por el cartel y las drogas. Y eso solo lo entienden quienes han visto lo que ha pasado en el barrio.”
Posicionarse implica reconocer la capacidad de estas memorias para interpelar al poder y evitar la normalización de la desigualdad. Recordar, y actuar con base en eso, es una forma de acción política.
Un espacio en disputa y apropiación
Podemos entender así que el Parque Mirador se ha vuelto un territorio en disputa, un escenario de disenso donde la ciudadanía se reapropia del espacio, lo mantiene vivo, a través de prácticas cotidianas de alegría, fiesta, vinculación con la naturaleza y cuidado. Las promesas de amor selladas con candados en sus barandales, las clases de salsa, las actividades de las colectivas y los encuentros vecinales son expresiones concretas de cómo el espacio público se transforma en un territorio vivido y defendido.
Estas acciones desafían las lógicas que conciben el espacio urbano como mercancía.

La producción de la desigualdad en la periferia
El caso del Mirador evidencia cómo la ciudad produce y reproduce desigualdades socioespaciales. Los preparativos para el Mundial han mostrado que los espacios públicos periféricos suelen ser considerados prescindibles frente a los intereses del desarrollo urbano de las zonas que “saldrán en la foto”. Estos espacios carecen de continuidad en las políticas públicas y concentran impactos ambientales y sociales negativos. Sin embargo, siguen siendo fundamentales para la vida comunitaria y para el equilibrio ecológico de la metrópoli.
Mirar la ciudad desde sus márgenes permite comprender que las periferias no son vacíos urbanos, sino territorios llenos de vida, memoria y resistencia. Son también lugares desde donde se gestan otras formas de imaginar y construir la ciudad.
El Parque Mirador Independencia nos recuerda que los límites no representan necesariamente un final. Por el contrario, pueden ser, y lo son, puntos de partida para repensar el modelo de ciudad que habitamos. Desde este umbral, la defensa del territorio se muestra como una defensa de la vida misma. El Mirador nos invita a reconocer la importancia de escuchar a quienes habitan y cuidan estos espacios. Porque es en los márgenes donde, muchas veces, germinan las semillas de una ciudad más justa, habitable y compartida.

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Revive aquí nuestro programa del 13 de abril de 2026.
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“Voces del Ahuehuete” es un programa en la radio comunitaria de Guadalajara “La Coyotera”, 102.3 FM., el cual se trasmite todos los lunes a las 12:00 horas. Aquí conversamos de memoria, resistencia, cuidado y comunidad. Escuchamos a quienes defienden el agua, el bosque, el barrio, la dignidad. Narramos las luchas que no siempre ocupan los titulares, pero que transforman el mundo desde abajo. Creemos que la memoria es una forma de justicia. Que nombrar es acompañar. Que imaginar es político. Este programa es tejido entre periodistxs, defensorxs, activistxs y vecinxs. Este programa es tejido entre periodistxs, defensorxs, activistxs y vecinxs que apuestan por una comunicación que haga visible lo que se construye con esperanza situada, organización comunitaria e imaginación política.
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