¡Vamos a casa hijo!

Historias Cotidianas

Por Víctor Ulín

Doña Ceci Flores abraza con una mano un hueso largo mientras con el celular trasmite en vivo el hallazgo de restos de uno de sus hijos, Marco Antonio, en el kilómetro 26 de la carretera 46, en Hermosillo, Sonora, el 26 de marzo. La prueba de ADN realizada por las autoridades y dadas a conocer el 31 de marzo del 2026, confirmaría lo que el corazón de doña Ceci supo desde el día que desenterró los restos y la ropa que llevaba puesta el día que desapareció: era su hijo.
¡Vamos a casa, hijo!, fue la expresión que doña Ceci destacó en el tuit en el que describía sus emociones luego de años de búsqueda, de abrir hoyos por todas partes donde hubiera indicio de sus hijos o de alguno de los más de 133 mil desaparecidos que se han registrado en la República mexicana.
No es cliché, ni una frase hecha. Es lo que refleja el alma de las madres, de todas, pero en particular de doña Ceci, de las buscadoras que están en cualquier parte: nunca olvidan, no se dan por vencidas, ofrecen sus vidas, combaten, aman eternamente a los hijos, en casa, a los que están buscando o a los que ya encontraron y están sepultando.
Terminaron siete años de buscar desde que un comando se llevó a su hijo Marco Antonio, en el 2019, con 32 años de edad, pero no es el final de su cruzada ni el último dolor al que tenga que domar. Aún queda por encontrar a otro de sus hijos, Alejandro Guadalupe, que tenía 21 años en 2015, desaparecido en los Mochis, Sinaloa, cuando salió a su trabajo.
Ni doña Ceci ni ninguna madre está preparada para encontrar los restos de un hijo, o solo unos huesos. Por más que diga que será fuerte, que podrá resistir la pérdida confirmada por el corazón o las pruebas de ADN.
Ninguna madre está lista para enterrar a un hijo, aun cuando sea en una morada en el que vayan a descansar sus restos, como de Marco Antonio que fue puesto en un féretro para ser velado y enterrado por los familiares, los amigos y conocidos, entre ellos madres buscadoras que acudieron o desde la distancia se solidarizaron con doña Ceci, que vuelve a tomar fuerzas para seguir caminando, cargando palas y abriendo más hoyos en desiertos.
En su lucha no ha estado sola. A su lado permanecen las infatigables madres buscadoras de Sonora, como las de Jalisco o Sinaloa, que no descansan, que solo hacen pausas para recargar valor, energía y seguir buscando a los hijos, hijas, padres o esposos desparecidos hace un día o una década.
La detención de los presuntos responsables de la desaparición de Marco Antonio que pronto serán sentenciados, no curan ni menos sustituyen al hijo perdido. Su condena es solo una pequeña curita en el corazón de doña Ceci. La ausencia de un hijo nada lo resuelve, ni tampoco la cadena perpetua. La justicia de todas maneras siempre llegó y sigue llegando tarde para los padres de las víctimas que lo que quieren ya es que sus desaparecidos aparezcan y descansen en paz, en una tumba a la que vayan a rezarle y llorarle.
Han dejado en manos de Dios la justicia Divina, ya no la de los hombres que investidos de jueces, de policías o de militares, nos siguen fallando a todos, y más a las madres buscadoras que pelean con uñas y dientes, con coraje y amor su derecho de buscar por su cuenta a los hijos desaparecidos.
Doña Ceci y las cientos de buscadoras que también son madres siguen avanzando, buscando a los suyos, con el miedo empacado y con su valentía, por delante.

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