La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Hace unos días, mi sobrina cumplió años. Para celebrarlo, mi hermana contrató una terraza por la calle de Gante, a un par de cuadras de R. Michel. No sé cómo terminó ahí, alguna búsqueda en Facebook, supongo, pero la llegada al lugar me tomó por sorpresa y me removió la memoria: circular por Gante, y por esas calles del sector Reforma que todos conocemos, siempre se ha sentido como esa comezón que lo hace a uno rascarse una cicatriz.
Antes de empezar a escribir este texto, fui a leer otras colaboraciones que he enviado en los días previos o justo el 22 de abril. Es una fecha que buena parte de les jaliscienses, y particularmente quienes habitamos la zona metropolitana, recordamos muy bien: ese día, la tierra se abrió para comerse todo lo que había sobre ella. Las explosiones del colector dejaron tras su paso una estela de dolor, muerte y destrucción que hoy todavía está presente, pero cuyo recuerdo, a veces pienso, es cada vez más difuso.
Como este año, el 22 de abril de 1992 también fue miércoles. Yo estaba por cumplir trece años. No voy a repetir mi relato de aquellos días, ya lo compartí aquí una vez. Cada año me pregunto de qué otra manera se puede volver a contar lo mismo, como lo hemos venido haciendo desde hace 34 años, porque me parece que es necesario, indispensable, que la historia no se olvide. Que siempre recordemos que la negligencia, la corrupción y la impunidad arrasan, matan y trastocan vidas. Pero con el paso de los años se va volviendo más difícil.
Este año, cuando íbamos camino al lugar de la fiesta, le dije a mis hijos: “Todo esto que ven es relativamente nuevo, porque todo se vino abajo la vez de las explosiones”. Cruzamos la calzada del Ejército avanzando por Gante, viendo talleres de diversos oficios, alguna que otra casa, lotes baldíos: un barrio que nunca volvió a ser el mismo. Algo similar me pasa cuando camino por las calles de la colonia Atlas, mi colonia de la infancia, y veo todavía el rastro de la explosión: el motel incompleto, los baldíos, los refuerzos del colegio.
El día de la fiesta de mi sobrina, hice el recorrido dos veces: una para entregar el pastel que me habían comisionado entregar, la otra para llegar ya definitivamente a la fiesta. En la segunda vuelta, le señalé a Vero y a los muchachos una barda llena de palabras, supongo que los nombres de quienes perdieron la vida aquella mañana de abril. Cada vez está más escondida, la barda. O eso me pareció.
Hacer el trayecto dos veces por esas calles del sector Reforma fue una pesadilla: como si fuera una terapia de choque, o no sé qué, las calles de la zona de la vieja central camionera otra vez están abiertas. Es una remodelación, sí, pero la mente y la memoria son caprichosas y hay asociaciones visuales que es imposible pasar de largo. (Una remodelación de calles que, por cierto, ha sido larga como larga es la lista de agravios que han sufrido las personas que resultaron con secuelas de las explosiones y que siguen pidiendo que su historia no se olvide.)
Como ya anoté aquí una vez, siempre he creído que a mí el 22 de abril me impactó mucho porque me abrió los ojos a situaciones que me eran completamente desconocidas. Por eso me gusta contar la historia una y otra vez, recordarla, rememorarla. Porque cada vez es más lejana. A mis hijos ya les dice poco, quizá nada. Seguramente ya hay una buena parte de habitantes de la zona metropolitana de Guadalajara que ya no se acuerdan qué pasó. Y no debemos permitir que eso ocurra. Ya saben lo que dicen: quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Y en eso somos especialistas: siempre he tenido la certeza de que uno de los principales males de México es la desmemoria que tenemos quienes aquí habitamos.
Y por eso cada año vuelvo a contar la misma historia, como quien tiene comezón y se rasca —abstraído, con la mirada perdida y la mente desconectada— una y otra vez la cicatriz.


