#DespuésDel22F
El 22 de febrero de 2026, la violencia no sólo paralizó calles, carreteras y actividades en distintos puntos de Jalisco. También interrumpió los planes de vida de quienes llegaron a Guadalajara en busca de oportunidades académicas o laborales.
Por Montserrat Aburto / @montse.aburtoo
El domingo 22 de febrero, Sofía despertó en Cocula, Jalisco. Bastó mirar su celular para entender que regresar a Guadalajara ya no sería posible: las redes sociales estaban inundadas de reportes sobre bloqueos, carreteras cerradas y camiones incendiados.
“Pensé que se arreglaría pronto. En ningún momento me pasó por la mente que no iba a poder regresar”, afirma.
Con el paso de las horas, Sofía y su familia comenzaron a notar que ningún establecimiento cercano estaba abierto. En un pueblo donde normalmente hay movimiento constante, las calles empezaron a vaciarse:
“Empezamos a ver noticias que decían que nadie debía salir de su casa y nos llegaban chismes amenazando con quemar coches y hasta matar a las personas”.
Aun así, Sofía creyó que la situación duraría poco. Permanecer encerrados por unas horas parecía suficiente para que todo volviera a la normalidad y pudiera regresar a Guadalajara para continuar con su vida universitaria y con las exigencias de estudiar medicina.
“Fue entonces que empecé a ver que habían quemado Oxxos y que le habían quemado el carro a personas conocidas. En ese momento empezó a sentirse más cercano”.
Mientras esperaban noticias, el Gabinete de Seguridad reportaba 252 narcobloqueos en 20 entidades federativas y 65 bloqueos en Jalisco, además de incendios en locales, coches y gasolineras. En Cocula, los habitantes también reportaron incendios.
Sofía no esperaba que la captura y abatimiento de Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, durante un operativo en Tapalpa, desatara una ola de violencia que alcanzaría no sólo Jalisco, sino también Michoacán, Nayarit, Colima, Querétaro y Guanajuato.
“No me lo esperaba, ni siquiera yo sabía bien bien quién era ese personaje”.
Vivirlo desde Cocula, ubicado en la Región Valles marcada un año antes por el hallazgo del Rancho Izaguirre, hizo que el pueblo se sintiera distinto.
“Salir de mi casa y no ver ni a un alma en un pueblo donde siempre hay personas fue muy drástico y me asustó: no quise volver a salir”.
Para jóvenes como Sofía, que llegaron a Guadalajara con un plan de vida, el 22 de febrero no fue solo una jornada de violencia: fue el recordatorio de que sus proyectos también están atravesados por un territorio que tiene años con altas estadísticas de violencia.
Sofía llegó a Guadalajara en agosto de 2023 para estudiar Médico Cirujano y Partero en el Centro Universitario de Ciencias de la Salud de la Universidad de Guadalajara. En Cocula no existían opciones cercanas que ofrecieran la carrera que buscaba. El Tecnológico Superior de Jalisco no contaba con medicina y el Centro Universitario de los Valles, ubicado a aproximadamente 45 minutos, no tenía el nivel de programa que ella quería para su futuro.
“De donde soy, la universidad más cercana no tiene como tal un programa de medicina (…) desde chiquita quise ir a estudiar a Guadalajara y a esa institución, entonces mi razón de irme fue meramente universitaria”, afirma.
Mudarse también implicó aprender a habitar una ciudad distinta.
“Cuando me mudé, sí me había planteado el tema de inseguridad por la idea de que iba a vivir sola”, comenta. “En la semana de trámites me cayó el veinte de que tendría que caminar a la universidad y salir de noche sola”, una ruta de aproximadamente cinco a diez minutos.
Pero el entusiasmo por las oportunidades terminó pesando más que el miedo.
“Me emocionaba más venir por oportunidades, que este miedo de la violencia pasó a un segundo plano”.
Después de más de dos años viviendo en Guadalajara, su percepción de la violencia comenzó a transformarse.
“En Cocula no es algo que se escuche mucho, a diferencia de aquí, que si sucede algún acto de violencia pues ya no sorprende… como que ya está más acostumbrado y digo: bueno, lo normal”.
Su experiencia dialoga con una ciudad donde el 45% de la población dijo sentirse poco o nada segura durante 2024, de acuerdo con el Observatorio Jalisco Cómo Vamos. Ese mismo año, el INEGI registró una percepción de inseguridad de 61.5% en Jalisco.
Para Mercedes Núñez, académica de la Universidad Iberoamericana de Puebla, la violencia termina incorporándose a la vida cotidiana porque “la economía, la política y la dinámica de nuestras ciudades y comunidades no cambian por ninguno de estos hechos violentos”, hechos que, en consecuencia, “vamos incorporando a nuestro cotidiano”.
Sofía pensó que lo ocurrido el domingo 22 se resolvería al día siguiente. Pero no fue sino hasta el martes 24 que pudo regresar a Guadalajara, todavía sin saber si las clases se reanudarían. Esa noche le avisaron que permanecerían suspendidas toda la semana.
“Éramos como cuatro foráneos los que veníamos e Íbamos con miedo e incluso nos llegamos a replantear si esto ya había acabado o si nos bajarían del coche en el camino”.
El trayecto de Cocula a Guadalajara implicó atravesar carreteras donde todavía había rastros de la violencia. Sofía vio los restos de los coches que fueron incendiados a lo largo de la ruta Guadalajara-Barra de Navidad y Acatlán de Juárez–Guadalajara.
“Veías que las cosas quemadas solo las hicieron a un lado y pensabas: ‘Ah, no solo fueron las noticias, sí pasó realmente’”.
El regreso también le devolvió una sensación que creía superada.
“Llegar a la ciudad fue como volver atrás a la ansiedad que ya no había sentido de cuando me vine para acá”, comenta. “Al inicio, yo no me sentía parte de, pero ese sentimiento se había ido por un tiempo. Me estaba acostumbrando a vivir aquí, a moverme”.
Vivir en Guadalajara siendo foráneo implica sostener dos ideas al mismo tiempo: que es una ciudad elegida para construir un proyecto de vida y que también es un lugar donde la violencia acompaña lo cotidiano.
Aun así, Sofía no piensa irse.
“Ahorita el hecho de estar tan motivada por las oportunidades que me puedo ofrecer contrarresta totalmente el tema de seguridad”, afirma. “Me acostumbro más que nada”.
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A kilómetros de Cocula, al norte de la Zona Metropolitana de Guadalajara, Gerardo despertó con detonaciones fuera de su casa. Su primer impulso fue mirar hacia arriba.
“Esperé a ver qué pasaba y segundos después se escucharon detonaciones más fuertes. Fui con mi chica que estaba dormida y le dije: ‘¿sabes qué? No vamos a salir de la casa, se está poniendo feo’”.
Junto con su novia, entró rápidamente a los grupos de WhatsApp de vecinos, una de las formas más inmediatas de enterarse de lo que estaba ocurriendo. “Me metí a ver los comentarios y afirmaban que sí habían escuchado de cerca lo mismo que yo”.
Sin embargo, para Gerardo escuchar detonaciones ya no era algo extraordinario, tampoco para muchos de sus vecinos.
“Es parte de, que tiren balazos y mucha gente de aquí cerca dicen cosas como: ‘no se apuren, son balazos, pero no pasa nada, no está aquí cerca’”.
Aun así, decidieron permanecer en casa. Pasaron el día hablando con amigos y esperando noticias. Al vivir cerca de la carretera Colotlán, no tardaron en enterarse de los hechos violentos reportados en la zona.
“De repente escuché que empezaron a parar camiones”.
La carretera Colotlán fue uno de los puntos señalados por bloqueos y vehículos incendiados en Zapopan. A Gerardo le comenzaron a llegar videos casi de inmediato.
“De hecho, me tocó ver un video que me llegó rápidamente de cómo intentaron bajar a un señor de su camión, aunque no lo lograron. Fue uno de los que sí se salvó”, cuenta.
Frente a la incertidumbre, sus decisiones fueron inmediatas.
“Okay. Quédate en casa. Bloquea la puerta. Ante cualquier problema busca la mejor solución”.
Pero permanecer encerrado tampoco eliminó las dudas sobre continuar viviendo en Guadalajara.
“Tu idea como foráneo es: pues, ¿qué estoy haciendo aquí? Mejor me regreso a mi ranchito, seguro. Pero ¿cómo regresas? Si no sabes cómo está la situación en las carreteras. No sé si es como entrar en un juego de paranoia”.
Desde que llegó a Guadalajara junto con su novia, Gerardo nunca pensó la ciudad como un destino definitivo.
“Yo lo veía más como un trampolín. No tanto de quedarme aquí”.
Como ingeniero mecatrónico, mudarse significaba salir de Durango en busca de oportunidades laborales.
“Durango es bonito, pero en cuestión de industria no está muy industrializado. Por esa parte, la idea que yo traía desde pequeño era no quedarme en un solo lugar donde no se da la oportunidad”, afirma.
Con esa idea consiguió un empleo como practicante dentro de la industria tecnológica y llegó a Guadalajara hace tres años.
Su decisión responde también a un proceso más amplio: la consolidación de Guadalajara como un polo tecnológico. Desde hace décadas, empresas como HP e IBM se instalaron en la región y, en años recientes, políticas públicas como Tech Hub Act —enfocadas en innovación y atracción de talento— han impulsado la inversión extranjera y la generación de empleos en el sector, según el Gobierno de Jalisco.
Pero el 22 de febrero hizo que su proyecto profesional también se sintiera atravesado por la violencia.
Al día siguiente de los bloqueos, la empresa donde trabaja pidió que asistieran presencialmente, a pesar de que el estado seguía en código rojo.
“Yo no quise ir por lo mismo que debo cruzar la carretera (Colotlán), pues yo también tenía incertidumbre”.
Mientras decidía qué hacer, Gerardo siguió atento a un mapa digital que mostraba en tiempo real los incidentes reportados por otros ciudadanos durante la jornada de violencia. La herramienta fue creada por Luis Romo, desarrollador de tecnología móvil y web.
“Se iba creando una red informática que te ayudaba a saber por dónde pasar”.
Ese mapa terminó reforzando su decisión de no salir.
“Yo creo que como a mí, a muchas personas también les pidieron que fueran a chambear, pero primero que todo es tu integridad (…) nada me garantiza la seguridad en el camino”.
Después de vivir esa jornada, Gerardo comenzó a tomar todavía más precauciones de las que ya tenía antes.
“Ya no es seguro para mí caminar de noche o cerca de donde vivo”, comenta. “Tampoco se trata de vivir con miedo, pero sí con precaución”.
La posibilidad de irse también apareció nuevamente.
“Sí llegué a plantearme el regresar a Durango, pero dije: ‘okay va, pero no me voy a regresar por la violencia. No somos los primeros ni los últimos en pasar por esto’”.
Quedarse, entonces, ha implicado encontrar nuevas formas de cuidado frente a escenarios como el del 22 de febrero.
“No estoy normalizando la violencia, pero si ya pasamos un marco de violencia como este, ya tenemos la idea más o menos de cómo actuar. Es de cuidarte a ti mismo y no meterte con nadie, aunque en realidad nada te garantiza la seguridad plena”.
Para la académica Mercedes Núñez, estas formas de autocuidado —no salir de noche, evitar ciertos lugares o permanecer alerta— reflejan también un proceso donde la responsabilidad de la violencia termina recayendo más en los ciudadanos que en las autoridades.
“En México si vives violencia es por tu culpa, o porque no te cuidaste lo suficiente, o porque fuiste a un lugar peligroso”, afirma. “Este proceso exime al Estado o a las autoridades que deben procurar la seguridad de hacer su trabajo”.
A pesar de ello, Gerardo no descarta seguir construyendo su vida en Guadalajara.
“Guadalajara es un buen lugar para poder establecerte, para venir a trabajar, pero con ciertos matices de tener cuidado y estar preparado de que cosas como estas pueden volver a ocurrir”.
Días después de los hechos, Sofía regresó a Guadalajara para retomar sus clases. Gerardo, por su parte, continuó con su rutina laboral. Ninguno abandonó sus planes que los llevaron en un inicio a la ciudad, pero el 22 de febrero sí modificó su manera de habitarla.
Ambos comprendieron que alcanzar sus metas implica convivir con una realidad que no habían dimensionado completamente: la violencia no es un episodio aislado, sino una condición latente del espacio que ahora llaman hogar.
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“¿Qué pasó después del día en que Jalisco se detuvo?” es un proyecto periodístico realizado por alumnas y alumnos del Laboratorio de Información de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO en colaboración con ZonaDocs.


