La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Siempre he agradecido la condescendiente complicidad de mis editores. Tanto de quienes gestionan este espacio como de Antonio Marts, que no sé qué cara puso cuando le dije que para Fe de erratas (2018) quería una portada de Jis. Lo que sí sé es que me dio luz verde para gestionarla. Luego de un intercambio de mensajes y del envío de algunos de los relatos, después de que Marts sacara monedas de todas sus alcancías —“vale la pena”, me dijo—, recibí un mensaje de Jis: “Espero salga un portada chida, maestro!”. Y vaya que salió.
Traigo la anécdota a colación porque hace un par de días se dio a conocer que José Ignacio Solórzano (Guadalajara, 1963), universalmente conocido simplemente como Jis, recibirá el homenaje La Catrina durante la próxima edición del Encuentro Internacional de Caricatura e Historieta, que año con año se realiza en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Con el anuncio, La Catrina salda la que, me parece, era una deuda largamente postergada: desde su creación se ha rendido homenaje a las y los mejores dibujantes de diferentes partes del mundo, y cada año la pregunta era la misma: ¿cuándo le toca a Jis? Esta cobró más fuerza hace cuatro años, cuando fue homenajeado su pareja creativa de toda la vida, Trino Camacho, y entonces todos gritamos con una mezcla de sorpresa, reclamo y justa indignación: ¿Y cuándo le toca a Jis? Bueno, pues por fin su nombre ha quedado inscrito en una lista que comenzó con Eduardo del Río, Rius, y que incluye a dibujantes como Quino, Aragonés, Gabriel Vargas, Fontanarrosa, Helio Flores, Maitena, Sixto Valencia, Helguera, Liniers, Nani, Tute y Elena Ospina, por citar apenas a alguno de ellos.
Soy fan del trabajo de Jis desde mediados de los noventa. En ese entonces yo era un adolescente y él ya tenía un largo camino recorrido, mismo que comenzó, como ya se sabe y yo mismo conté acá cuando le dieron el galardón a Trino, con la conformación de la hoy conocida como Generación Galimatías, un colectivo de creadores que se encargó de escandalizar a las buenas conciencias de la Mochalajara de los años ochenta, primero, y luego de atraer los reflectores cuando su trabajo, particularmente el de Jis y Trino, llamó la atención en el Distrito Federal gracias al impulso que allá le dieron personajes como Carlos Monsiváis, además de los moneros Magú y El Fisgón.
La simbiosis creativa que alcanzaron desde entonces Jis y Trino —¿o son Tris y Jino?—, y que han mantenido durante tantos años, hace casi imposible distinguir la obra de uno y otro. El Santos, la Tetona Mendoza y el Peyote Asesino son la mejor prueba de ello. Sin embargo, cuando se mira más de cerca, es muy fácil apreciar las diferencias. Y a mí, lo he dicho siempre a cualquier persona que no me lo pregunta, siempre me ha gustado más la obra de Jis, con su mezcla de campechana vulgaridad y mística introspección, pasando por el puntual registro de uno de los temas más difíciles: la cotidianidad.
Para contemplar las creaciones de Jis es necesario abrir los ojos y despejar la mente de cualquier prejuicio: buena parte de su obra la integran penes eyaculando y vulvas en flor, tetas de rígidos pezones y un humor escatológico que exige un buen par de riñones para seguirle el ritmo. Pero encasillar la obra de Jis en una salpicadura de semen ilustrado es quedarse apenas en la superficie: debajo de ese humor pornográfico hay todo un universo que vale la pena descubrir y recorrer poco a poco para disfrutarlo en plenitud.
Consumidor confeso de psicoactivos y demás sustancias, otra buena parte de la obra de Jis viene de la abstracción: líneas y puntos se unen dando pie a patrones que usan la repetición para crear belleza. Un vistazo a sus cuentas en redes sociales son suficientes para darse cuenta de la belleza que surge de la nada: figuras antropomorfas comparten el espacio de la hoja con letras, líneas, puntos y espacios en blanco que capturan la atención y abren las puertas a un viaje psicodélico desde la pantalla. Contemplación en su máxima expresión.
Y, me permito decirlo así, en medio de estos dos universos —la festiva vulgaridad y la profunda introspección— se erige otro de los ámbitos que más ha explorado el dibujante: la vida cotidiana. Desde los cuadros de la serie “Otro día”, Jis ofrece una mirada de su cotidianidad, de la que nos hace partícipes, cómplices y protagonistas. En más de una ocasión he dicho que Jis me espía porque ha retratado increíblemente situaciones con las que me he visto asombrosamente identificado. Sus reflexiones hechas monos sobre la paternidad —como padre y como hijo—, la vida en pareja, los temas de ocasión, el oficio monero y un larguísimo etcétera, son una prueba fehaciente de que ahí donde muchos ven sólo una vida rutinaria Jis encuentra detonantes creativos. Mención aparte merecen también su trabajo interviniendo fotografías y, sobre todo, su obra como autorretratista.
Caminante de la ciudad y explorador del subconsciente, es autor de un dibujo que me robó una parte de mí desde la primera vez que me pasó por delante: un hombre decapitado camina por un desierto mientras carga sobre sus hombros su propia cabeza, enorme por el peso de los pensamientos que la agobian, como una suerte de Atlas atormentado. Me conmovió tanto que lo llevo tatuado en mi brazo desde hace varios años.
En fin, escribo esto como un admirador incondicional, lo reconozco, y tengo claro que todo lo que pueda escribir aquí sirve de poco para transmitir las emociones y las sensaciones que se pueden experimentar al enfrentarse a la obra de este Molusco Imperial, chamán del mono y gurú del viaje psicodélico con tinta. Lo mejor será, siempre, ir a verlo con sus propios ojos.
Yo me voy a quedar aquí gritando: ¡Viva Jis! Y nos vemos el 5 de diciembre en el auditorio Juan Rulfo de la FIL Guadalajara.


