La Otra Historia
Por José Baroja
Nombrar mal un objeto es añadir desgracia a este mundo.
Albert Camus
Después de lo ocurrido el domingo frente a Casa Jalisco, el gobierno descubrió que había que ser muy cuidadoso con las palabras. No con todas, por supuesto, porque para hablar de quienes protestaban hubo rapidez suficiente para encontrar expresiones como “grupo de choque”, separar a unos manifestantes de otros y explicar que la violencia comenzó cuando aparecieron ciertas personas; para hablar de los policías, en cambio, llegó la prudencia, que es una virtud bastante útil cuando uno necesita describir lo que hicieron sus propios agentes, y entonces comenzaron los “posibles excesos en el uso de la fuerza”, las actuaciones que deben revisarse y los videos que todavía falta analizar. Ciertamente, debe ser difícil gobernar y escoger al mismo tiempo las palabras adecuadas, en especial cuando hay imágenes circulando por todas partes y las palabras corren el riesgo de parecerse demasiado a ellas. Para “grupo de choque” no pareció necesaria tanta paciencia.
No pretendo negar que hubo personas que golpearon policías, lanzaron objetos o participaron directamente en hechos violentos, porque las imágenes existen y defender el derecho a protestar no obliga a imaginar que todo aquel que protesta es inocente de cualquier cosa que haga. Si alguien agredió a un policía deberá responder por ello, con nombre, apellido y pruebas; lo que me cuesta más entender es que la conducta de algunos termine sirviendo después para explicar casi cualquier cosa que haya hecho la policía, como si una piedra lanzada por una persona pudiera ir absolviendo por adelantado cada golpe, cada persecución y cada detención ocurridos varias calles más allá.
“Grupo de choque” ayuda bastante en ese sentido, puesto que permite dejar de hablar de personas y empezar a hablar de una cosa más grande, más sencilla de reconocer, donde caben quien arrojó una piedra, quien empujó una valla, quien gritó, quien estaba grabando y probablemente también alguien que tuvo la mala suerte de correr cuando vio avanzar a los antimotines. Una expresión así ahorra muchos detalles, y los detalles suelen complicar bastante los comunicados oficiales. Cuando se habla de la policía, sin embargo, esos detalles regresan: importa saber qué agente golpeó, en qué momento, qué ocurrió antes, si siguió el protocolo, si interpretó que existía una amenaza y si la fuerza utilizada fue proporcional, preguntas razonables que deberán responderse porque de eso se trata precisamente una investigación; uno agradecería simplemente que esa misma precisión apareciera cuando el gobierno describe a quienes estaban del otro lado del escudo. CEPAD, por ejemplo, denunció detenciones arbitrarias y exigió conocer el paradero de personas detenidas por agentes del Estado, mientras familiares intentaban averiguar dónde estaban. También se han denunciado actos de tortura. Son acusaciones graves, nadie sensato podría negar que requieren pruebas y una investigación seria, pero hay algo extraño en esta preocupación por no pronunciar ciertas palabras demasiado pronto, como si el verdadero peligro estuviera en el vocabulario. Tortura es una palabra terrible y detención arbitraria tampoco resulta agradable, aunque sospecho que el problema comienza un poco antes de que alguien las escriba.
Algo parecido ocurre cuando una persona es detenida y durante horas su familia no consigue saber dónde está. Habrá circunstancias que reconstruir y responsabilidades que establecer, porque las palabras jurídicas tienen un significado preciso y no deberían utilizarse de cualquier manera; pero tampoco parece demasiado pedir que el Estado sepa dónde están las personas que detiene y pueda decirlo cuando alguien pregunta por ellas. En ocasiones lo elemental termina necesitando muchas páginas de explicación, quizá porque explicar por qué una familia no sabía dónde estaba su hijo resulta más complicado que decir dónde estaba.
Aquí también estamos discutiendo palabras, aunque no alcanzo a ver por qué eso debería volver menos importante la discusión. Después de una represión comienza otra disputa, menos aparatosa que la de la calle pero bastante útil para quien consigue imponer su vocabulario. En El agua de Lemus escribí que lo ocurrido frente a Casa Jalisco fue represión y que había que llamarla así, no porque la palabra fuera particularmente bonita ni porque resolviera por sí sola lo sucedido, sino porque para eso están las palabras cuando empiezan a llegar los comunicados. Un día después encuentro pocas razones para corregirme.
“Enfrentamiento”, por ejemplo, es una palabra muy cómoda. Uno dice que hubo un enfrentamiento entre manifestantes y policías y de pronto tenemos dos grupos, violencia de ambos lados, lesionados aquí y allá y algunas detenciones, como si todos se hubieran encontrado por casualidad frente a Casa Jalisco y hubieran decidido pasar una mala tarde juntos; queda un poco al margen que uno de esos grupos estaba compuesto por agentes uniformados, armados, entrenados y enviados por el Estado, algo que quizá molesta en la construcción de una escena más simétrica pero que sigue siendo cierto. Claro que Lemus tiene derecho a hablar de policías agredidos y a exigir que se investigue a quienes cometieron delitos. Lo curioso es que el mismo gobierno que pide cautela antes de concluir si hubo abusos, tortura o detenciones arbitrarias pudo identificar con bastante rapidez a un “grupo de choque de aproximadamente 400 personas” que, según el gobernador, llegó con la intención de generar violencia. Hasta la cifra posee una peculiar precisión: aproximadamente cuatrocientas. Habrá que suponer que para algunas cosas los videos todavía deben revisarse y para otras ya hablan con bastante claridad.
El domingo miles de personas llegaron hasta Casa Jalisco porque llevaban meses reclamando por el agua que reciben en sus casas. Eso estaba al principio de la historia y conviene no perderlo demasiado rápido entre las discusiones sobre el orden público, porque no fueron a conocer las vallas ni a comprobar hasta dónde alcanzaban los chorros de agua de la policía, sino porque estaban cansados de abrir la llave y desconfiar de lo que salía de ella. Después ocurrieron otras cosas, algunas bastante graves, y cada una tendrá que reconstruirse sin necesidad de borrar la anterior, aunque convertir la tarde entera en la historia de cuatrocientas personas violentas tiene la ventaja de que las otras miles dejan de hacer demasiado ruido.
Espero que los videos permitan aclarar buena parte de lo sucedido y sepamos quién golpeó, quién ordenó, quién fue detenido con motivo y quién no, y qué ocurrió con quienes denunciaron tortura. Ojalá sea así, aunque mientras tanto no parece mala idea conservar cierta desconfianza hacia las palabras demasiado cómodas, especialmente cuando vienen de quien también tiene la policía, los escudos, las cámaras y la posibilidad de redactar el comunicado al día siguiente. Al final no se está pidiendo demasiado: apenas que las cosas conserven su nombre el tiempo suficiente para poder discutirlas. Con el agua ya tuvimos bastante confusión.


