Envejecer en México no es un proceso sencillo. Aunque tendría que ser una etapa marcada por el descanso, el reconocimiento y la autonomía, la realidad muestra un panorama contrario: discriminación estructural, precariedad económica, falta de políticas públicas efectivas y un adultocentrismo que margina a las personas mayores de los espacios sociales, laborales y urbanos.
Por Sophia Álvarez González, Belinda Azucena Mejía Ramos, Micaela Belaunde Palazuelos, Fátima Yasmín Pérez González y Fernanda Enif Urtaza León.
El 7.2% de la población tiene 65 años o más, y cerca de la mitad vive en pobreza, según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED). En tanto, más del 35% de la población mayor de 60 años sigue trabajando, en su mayoría en condiciones de informalidad, revela el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Estas estadísticas reflejan la insuficiencia de pensiones y la ausencia de entornos adecuados para garantizar una vejez digna.
La pobreza en la vejez es un resultado de una discriminación estructural que transgrede su diario vivir.
Alejandro Pérez Duarte, coordinador del Laboratorio del Hábitat para Personas Mayores del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), especialista en envejecimiento y movilidad, es contundente al respecto: “la vejez no es sinónimo de incapacidad. El problema es que nuestras políticas y empresas la siguen tratando como tal. Eso condena a miles de personas a la pobreza y a la invisibilidad.”.
Cuando las personas adultas mayores acceden al mercado laboral, es bajo condiciones deplorables. Salarios reducidos, sin prestaciones, y la contratación se justifica como “filantropía” en lugar de reconocer décadas de experiencia acumulada.
Quienes se enfrentan a esta realidad y tienen ingresos no suficientes, dependen de sus familias o de programas sociales. Pero incluso, ahí persiste la discriminación. En muchos hogares, se les ve como una carga económica, lo que les expone a sufrir maltrato y abandono.
Existen esfuerzos por ofrecer alternativas. En Jalisco funcionan centros recreativos y de día para personas adultas mayores, como el Centro Metropolitano del Adulto Mayor (CEMAM) en Zapopan, o el Sistema Universitario del Adulto Mayor (SUAM) de la Universidad de Guadalajara. Estos espacios buscan brindar talleres, actividades culturales y oportunidades de convivencia y enseñanza.
La Ley Estatal para Promover la Igualdad, Prevenir y Eliminar la Discriminación en Jalisco reconoce medidas afirmativas para favorecer el acceso y permanencia de personas en situación de vulnerabilidad. Sin embargo, en la práctica, las políticas laborales para adultos mayores siguen siendo más bien excepcionales que universales.
No obstante, pese a los esfuerzos, el sistema de asistencia e inclusión tienen una cobertura limitada y su difusión es insuficiente, no llega o alcanza a toda esta población. Estos apoyos no transforman el problema de fondo. Alejandro Pérez Duarte, desde su experiencia insiste: “mientras no cambiemos la idea de que las políticas públicas son un regalo, vamos a seguir negando a los adultos mayores su lugar en la sociedad”.
El edadismo: El prejuicio que empobrece
El edadismo —el prejuicio por razones de edad— se traduce en estigmas que etiquetan a las personas mayores como incapaces o improductivas. Según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), en la sociedad persiste la falsa idea de que esta población debe ser tratadas como “niños grandes”, una infantilización que les arrebata su autoridad y autonomía.
Aunado a ello, rara vez aparecen como protagonistas en campañas políticas -al menos que se les presente como sujetos dependientes de protección o como parte de un sector vulnerable-. En ese mismo sentido, los medios de comunicación les siguen representando como personas enfermas o dependientes, nunca como parte de la ciudadanía activa.
Lourdes Meza, contadora de 64 años y quien también trabaja en los servicios hospitalarios públicos, lo vive de cerca en su entorno laboral y familiar: “la discriminación comienza en casa. He visto a hijos que deciden por sus padres sin escucharlos”. En el ámbito médico, observa con dolor cómo los profesionales ignoran al paciente mayor para dirigirse únicamente a sus acompañantes: “Eso los lastima, porque sienten que ya no valen”.
La infantilización les quita autoridad bajo la apariencia de cuidado. Frases como “ya no entiendes” o “mejor no decidas, yo lo hago por ti” les niegan el derecho a decidir sobre su propia vida.
El Gobierno de México reconoce al edadismo como problema de salud pública. El Instituto Nacional de Geriatría afirma que la discriminación resta motivación para mantener hábitos saludables y buscar atención médica oportuna. Envejecer no debería significar perder la capacidad de decidir por uno mismo, resume Pérez Duarte: “el edadismo no solo discrimina a los mayores, también empobrece a la sociedad. Al negarles participación, nos privamos de su experiencia y capacidad de aportar soluciones.”
¿Por qué muchas personas adultas mayores siguen trabajando?
“Si dejo de trabajar, no comemos. La pensión no alcanza y mis hijos apenas tienen para sus familias. Yo no quiero ser una carga, prefiero seguir de pie”, revela Juan, un velador de 70 años cuando se le preguntó por qué sigue trabajando.
Hablar de la vejez en México es hablar también del trabajo. Para muchas personas adultas mayores, retirarse no es una opción. El descanso que debería llegar después de décadas de esfuerzo se convierte en un lujo al que pocas pueden acceder.
La razón más evidente es la necesidad económica. Según el INEGI, en 2022 más del 70% de las personas de 60 años o más que seguían trabajando lo hacían en condiciones de informalidad, sin seguridad social ni prestaciones. Esto significa que, aunque trabajan, sus ingresos son frágiles y no garantizan estabilidad. Las pensiones resultan insuficientes y los programas sociales, aunque necesarios, no alcanzan para cubrir necesidades básicas como alimentación, vivienda o su salud.
El arquitecto jubilado Rubén León Rangel de 79 años de edad, lo describe con crudeza:
“Cuando me jubilé sentí que me apagaban. Todavía tenía energía y experiencia, pero el sistema me mandó a casa como si ya no sirviera. Seguir trabajando, aunque sea de manera informal, me devolvió la sensación de ser útil.”
Ese mismo sentimiento lo comparte Lourdes, quien continúa trabajando como contadora en un hospital público:
“Muchas personas mayores me dicen que lo que más temen no es morir, sino sentirse olvidados. El trabajo les da un motivo para levantarse cada día, aunque sea duro. Es su manera de seguir siendo parte del mundo.”
Por otro lado, la experiencia de envejecer está profundamente atravesada por el contexto cultural. Mientras que en las zonas urbanas el trabajo en la vejez suele ser sinónimo de precariedad, en algunas comunidades indígenas la visión es distinta. Una mujer de la comunidad Tarasco en Michoacán, dedicada a realizar artesanías y venderlas en el centro histórico de Guadalajara, explica que en su entorno las personas adultas mayores son pilares de sabiduría: “Aquí seguimos trabajando porque es parte de la vida comunitaria… Afuera es diferente: te miran como si ya no sirvieras”.
No se trata, entonces, de negar el valor del trabajo en la vejez, sino de cuestionar las condiciones en que se realiza. El problema aparece cuando la única alternativa para sobrevivir es permanecer en la informalidad, sin seguridad social ni ingresos estables.
“Necesitamos un cambio estructural en la forma de entender el trabajo en la vejez. Mientras el empleo sea una obligación para sobrevivir y no una opción libre para participar, seguiremos hablando de discriminación.”, apunta Alejandro Pérez Duarte coordinador del Laboratorio del Hábitat para Personas Mayores del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO).
Una ciudad que expulsa
El entorno físico también discrimina. Alejandro Pérez Duarte, especialista del ITESO, señala que en Guadalajara —como sucede en muchas otras ciudades— sigue un “modelo asilo” que marginaliza en lugar de incluir. Banquetes rotas, semáforos desincronizados y transporte inaccesible vulneran la libertad de movimiento.
“El gran desafío es cómo crear un hábitat que apoye la autonomía de la persona, es decir, cómo podemos crear una ciudad que me ofrezca un espacio más amigable con el envejecimiento donde primeramente se le apoye su autonomía”.
En varias zonas de Guadalajara se pueden ver banquetas “rotas”, escaleras sin barandal, e incluso cruces peligrosos, lo que ocasiona que las personas en su vejez sientan menos libertad y seguridad al movilizarse. Como lo menciona el arquitecto Rubén Rangel, “… no existe manera de que un viejito que camina lento pueda cruzar la calle sin riesgo”, hablando sobre la desincronización de los semáforos, así como desde su experiencia como profesional en el área y como persona adulta mayor que transita la urbe.
Pérez Duarte, explica que en Guadalajara, y en otros lugares del mundo, el modelo asilo para envejecer hace referencia al hecho de que los asilos son lugares en donde se marginaliza a las personas o relega, ya que los asilos “no son edificios exactamente inclusivos”.
En contraste, países como Brasil y Chile utilizan un modelo arquitectónico llamado Senior. El fin de este modelo es promover la “actividad, la independencia, apoya esta etapa de semi dependencia para que la persona mayor sea autosuficiente”, explica el especialista.
Reorganizar las ciudades de esta manera aseguraría, agrega Pérez Duarte, “un envejecimiento con calidad” que, además, prevé condiciones óptimas para que las personas adultas mayores sean autosuficientes y no dependientes.
Rubén lo reconoce “las personas que diseñaron y que trabajan en la ciudad se van haciendo viejos, y entonces están viendo las necesidades de esta ciudad, y entonces la están modificando acorde a sus mismas necesidades… Está procediendo a ser incluyente. Va cambiando, se va superando.”
La urgencia de un cambio cultural
El envejecer en México sigue siendo un reto marcado por la desigualdad y la violencia. Las voces de las personas adultas mayores entrevistadas para este reportaje revelan cómo esta población es sistemáticamente vulnerada por el sistema y por las personas que les rodean.
Los testimonios son claros. Lourdes, desde su experiencia en el hospital, advirtió que la discriminación comienza en casa. Rubén, arquitecto jubilado, habló del sentimiento de inutilidad que llega con el retiro forzado. La mujer perteneciente a la comunidad Paracho en Michoacán mostró que la inclusión es posible en entornos donde la sabiduría y el legado se valoran. Juan, velador de 70 años, reveló que, para muchas personas seguir trabajando es la única forma de no sentirse invisibles. Estas voces dan rostro a un problema que de otro modo quedaría atrapado en cifras frías.
Luz del Carmen Godínez González, presidenta de la Comisión Estatal de Derechos Humanos Jalisco (CEDHJ) advierte que la población adulta mayor atraviesa por una crisis de abandono y malos tratos que requiere una transformación cultural profunda.
Hasta agosto de 2025 se habían presentado 16 quejas formales por maltrato y exclusión.
“Es una realidad en Jalisco que estamos enfrentando, donde las personas mayores son víctimas de violencia, de discriminación, de abandono, de malos tratos en general, y nos hace falta generar como una cultura diferente hacia las personas mayores”, asegura Godínez.
Para el año 2050, de acuerdo con el Consejo Nacional de Población (CONAPO), el 23% de las y los mexicanos serán adultos mayores. Ignorar esta realidad no es solo una injusticia actual, es una irresponsabilidad hacia nuestro propio futuro.
Envejecer con dignidad debería ser un derecho, no un privilegio. Reconocerlo exige transformar políticas, rediseñar ciudades, erradicar prejuicios y, sobre todo, escuchar las voces de quienes hoy luchan por ser visibles. Como recuerda Alejandro Pérez Duarte, especialista del Laboratorio del Hábitat para Personas Mayores
“La sociedad que no respeta a sus mayores, está destinada a repetir sus errores.”
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Este reportaje fue realizado en el marco del Bloque de Producción periodística convergente del Tec de Monterrey Campus Guadalajara, del cual ZonaDocs fungió como Socio Formador.


