La deuda urbana con las mujeres

EDUFEM

Por Bertha Lassala / Edufem, Asociación de Educación Feminista / @Edufem

La ciudad no es neutral. Nunca lo ha sido. Tampoco es equitativa: su disposición física y la forma en que se habita discriminan. Aunque durante décadas se nos ha dicho que el espacio urbano es para todos, la experiencia cotidiana demuestra otra cosa. La ciudad funciona, sí, pero no de la misma manera para todas las personas. Y no hablo solo de desigualdad económica o de zonas de la ciudad; hablo de género. Cuando se observa la ciudad desde la experiencia de las mujeres, esa aparente neutralidad se rompe.

En los últimos años se habla con frecuencia de ciudades accesibles e inclusivas. En Jalisco, por ejemplo, desde 2020 se impulsan programas como los Puntos Púrpura, espacios seguros frente a la violencia de género, junto con importantes inversiones en movilidad universal. Sin embargo, hay una diferencia profunda —y poco atendida— entre una ciudad accesible y una ciudad verdaderamente transitable sin miedo. Y es ahí donde incluso la ciudad “bien diseñada” sigue quedando a deber.

La forma en que una ciudad está dispuesta —sus calles, banquetas, iluminación, recorridos, paradas de transporte y vacíos urbanos— influye directamente en las decisiones cotidianas de las mujeres. No de manera abstracta, sino concreta y diaria.
Ojalá se tratara solo de decidir si usar tacones o tenis, falda o pantalón, si caminar con ropa deportiva o “arreglarse más” para no llamar la atención. Pero va mucho más allá.

La ciudad condiciona por dónde caminas, a qué hora sales, qué rutas evitas, qué transporte eliges y, en muchos casos, en qué momentos decides no estar. Estas no son decisiones estéticas ni triviales; son estrategias de supervivencia urbana.

Una banqueta amplia no garantiza tranquilidad. Una rampa no elimina el miedo. Una calle “bien trazada” no siempre es una calle segura. La accesibilidad, entendida desde el urbanismo tradicional, suele enfocarse en el cuerpo físico: movilidad, pendientes, distancias. Pero rara vez se piensa desde el cuerpo que siente, que anticipa riesgos, que evalúa constantemente el entorno.

Aquí aparece una variable urbana no resuelta: el miedo. No se vive igual la ciudad siendo niña, joven, adulta o anciana. No teme lo mismo una mujer que quiere salir a jugar a la calle, una joven que camina al gimnasio con ropa deportiva, una mujer mayor que ya no puede sortear banquetas rotas con facilidad, o quien, en la madurez, quizá no tema la violencia sexual, pero sí la inseguridad del entorno. El miedo no es una percepción infundada; es una respuesta aprendida, basada en experiencias propias y colectivas. Es una variable que no aparece en los planes maestros, pero que determina profundamente el uso del espacio público. Una ciudad puede ser técnicamente accesible y, al mismo tiempo, emocionalmente inviable.

La iluminación urbana es uno de los ejemplos más claros de esta deuda. No se trata solo de “poner más luz”, sino de cómo, dónde y para quién se ilumina. Calles con iluminación discontinua, parques mal resueltos, pasos peatonales oscuros, bajopuentes abandonados y paradas de transporte aisladas generan zonas de alerta constante. A esto se suman los vacíos urbanos: terrenos baldíos, fachadas ciegas, muros largos sin actividad, espacios sin ojos que miren. La ciudad moderna ha producido espacios que nadie habita, pero que muchas personas deben atravesar. Para las mujeres, atravesar suele ser un riesgo calculado.

El transporte público tampoco escapa a esta lógica. Sigue pensado para trayectos lineales —casa–trabajo–casa— cuando la experiencia femenina es fragmentada: dejar hijos en la escuela, ir al trabajo, hacer compras, cuidar a otros, regresar en horarios distintos. Más transbordos, más esperas, más exposición. Condiciones que modifican la vida diaria: “sal antes de que oscurezca”, “muévete antes de que llueva”.

El espacio urbano también regula comportamientos. La manera en que una mujer se mueve, se viste o permanece en la ciudad sigue siendo observada y juzgada. Esto impacta directamente en la permanencia: parques que no invitan a quedarse, plazas sin mobiliario adecuado, espacios pensados para transitar, no para habitar. Estar en la ciudad no siempre significa pertenecer a ella.

Hoy el discurso ha cambiado: hay manuales, diagnósticos y proyectos piloto. Pero, en muchos casos, la perspectiva de género sigue siendo un anexo, no un criterio base de diseño. Se incorpora tarde y de forma simbólica, sin modificar decisiones estructurales. El resultado son ciudades que dicen ser inclusivas, pero que siguen reproduciendo desigualdades.

Diseñar ciudad es tomar postura. Las y los arquitectos y urbanistas no solo diseñan espacios; diseñan recorridos posibles, comportamientos y experiencias permitidas. Ignorar la experiencia urbana de las mujeres no es neutralidad técnica: es una omisión profesional. Porque una ciudad verdaderamente transitable para las mujeres —sin miedo, sin estrategias de evasión— es una ciudad que funciona mejor para todas las personas. Mientras eso no ocurra, la ciudad accesible seguirá siendo, para muchas, una ciudad que aún no se puede caminar en libertad.

***
Bertha Lassala es Arquitecta y académica. Desde Lassala Estudio y el podcast Arquiphilia explora el Proceso Creativo y la relación entre las mujeres, ciudad y arquitectura. 

Comparte

EduFem
EduFem
En Edufem realizamos actividades educativas y formativas que tienen como objetivo impulsar condiciones igualitarias y equitativas que propicien, desde la educación, el desarrollo integral de niñas, niños, adolescentes y mujeres.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Quizás también te interese leer