¿Felicidades?

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Además del sobeteado Día del Amor y la Amistad, mañana acá en el rancho grande se ¿celebra? un aniversario más de la fundación de Guadalajara: hace 484 tuvo lugar el cuarto y último intento de las y los españoles que, encabezados por Nuño de Guzmán, buscaban un lugar para establecerse luego haber sido corridos tres veces. Fue, ya se sabe, hasta que Beatriz Hernández dijo “De aquí no nos movemos” que ya no se movieron, aun cuando el punto en el que se establecieron no era el mejor. Y pues ni hablar. Como dijera Cristina Pacheco: “Aquí no nos tocó vivir”.

Amén de que los aniversarios fundacionales me dan urticaria, en el caso particular de los festejos por la fundación de la ciudad me provocan aversión. No entiendo por qué la gente se siente particularmente orgullosa por haber nacido aquí —o en cualquier lugar— y me parece que la efeméride es pretexto para escuchar, desde la comunicación oficial, discursos de chovinismo casero que dan más pena que otra cosa: vil patrioterismo local bañado en salsa de torta ahogada.

En particular, este aniversario me parece tristemente patético. Más allá del lugar común en que se ha venido convirtiendo la frase, creo que no hay nada qué celebrar: de verdad, me pregunto qué festejan los que festejan. La ciudad está cada vez más abandonada, sus calles más deterioradas y sus servicios, ineficientes. Pienso en Guadalajara como municipio, pero el abandono abarca, por extensión, buena parte de los municipios del área metropolitana: uno pasa de un municipio a otro y las calles siguen llenas de hoyos, o de bolas de asfalto mal puesto; con socavones en formación, con calles abiertas durante semanas que se vuelven meses porque el SIAPA no puede coordinar a su cuadrillas, con torres de departamentos levantándose aquí y allá sin importar si hay infraestructura pública suficiente para atender la demanda. Las personas siguen desapareciendo, la autoridad municipal sigue borrando las fichas de búsqueda, no hay autoridad que logre hacer cumplir a las y los motociclistas las normas básicas de vialidad, la violencia se vuelve más cotidiana y pueden realizarse tiroteos en plena luz del día sin que una sola autoridad haga acto de presencia. 

Y por si fuera poco, el Mundial de Fútbol está a la vuelta de la esquina.

A mí me encanta el fútbol: amo jugarlo y me gusta verlo por la televisión, así sea el partido más intrascendente de la historia universal. Uno tiene sus taras, pues. Pero esto que se viene está en las antípodas de todo aquello que me gusta del balompié.

Aunque ya no era tan pequeño, en 1986 todavía era un niño y la verdad no recuerdo absolutamente nada de aquel Mundial. Mucho menos recuerdo cómo era el ambiente que se vivía en las calles. Debe ser porque, seguramente, la maquinaria en torno a la justa deportiva era muy pero muy diferente de la que se mueve ahora. Seguramente también lo eran la ciudad y sus condiciones.

El caso es que no me entusiasma nada la migaja de Mundial que nos va a tocar y que las autoridades están empeñadas en hacer ver como el gran suceso que ha de marcar a generaciones enteras. Lo que está pasando alrededor del torneo panbolero no sólo no me entusiasma: me encabrona. Me parece lamentable la cantidad de decisiones que se están tomando a propósito de la competición, porque esos cuatro partidos están trazando caminos que van a seguir más allá de esos 360 minutos —más tiempo de reposición—.

Por ejemplo, aunque se sabe que la ciudad es sede desde hace ya muchos años, no se planeó un rediseño integral del transporte público para optimizar los traslados. La gran obra pendiente que había para conectar el aeropuerto con la ciudad terminó siendo otro Macrobús, se destinaron recursos para las quizá necesarias pero nada urgentes remodelaciones de la Minerva y de la plaza Liberación y se están dejando de atender otras zonas de la ciudad donde esos millones de pesos bien habrían podido usarse para mejorar las calles y los servicios para la ciudadanía. ¿De verdad la remodelación del parque de la Revolución —el Rojo, pues— ha requerido tanto tiempo? ¿No será más bien que no quieren regresarlo porque luego no van a poder quitar la gente que no les gusta y por eso están esperando hasta el último momento?

Pero… ¡hey! Tenemos la sede “más mexicana” del Mundial porque además nos maman los clichés y los estereotipos. Al estilo Jalisco, pues.

El caso es que mañana se cumplen 484 años de la fundación de la ciudad, cosa que a mucha gente, sobre todo funcionarios de todos los colores y niveles, les da mucha felicidad. Aunque muchas otras, la verdad, nos da pena ajena.

¿Felicidades? 

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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