En la Biblioteca del ITESO, Reyna Grande dialogó sobre la escritura como frontera y su vínculo con la migración. La autora relató cómo cruzó a Estados Unidos a los nueve años y cómo esa experiencia marcó su obra, centrada en las comunidades migrantes. Además, defendió la literatura como una forma de recuperar humanidad y memoria histórica.
Por Vanessa Briseño / @nevervb
La Biblioteca Dr. Jorge Villalobos Padilla, SJ., del ITESO abrió sus puertas a la charla “Narrativas del cruce: literatura, escritura y migración”, un diálogo entre la autora mexicana Reyna Grande y el académico y escritor Christopher Estrada. Ante un público numeroso, la conversación propuso pensar la escritura literaria como una frontera y explorar lo que implica atravesarla desde la experiencia migrante.
Nacida en Iguala, Guerrero, Reyna Grande llegó a Estados Unidos a los nueve años. Ese cruce marcó su vida y, con el tiempo, su obra. Autora de novelas y memorias como La distancia entre nosotros y A través de cien montañas, su trayectoria se centra en narrar experiencias de migración, desarraigo y reconstrucción personal desde la palabra escrita.
Al responder a la pregunta sobre qué significó cruzar la frontera de la escritura literaria, la autora partió de su propia historia: cruzó la frontera física entre México y Estados Unidos a los nueve años y aprendió a sobrevivir. Explicó que las fronteras no solo son territoriales. También existen en el idioma, la cultura, la legalidad y los espacios de representación. A partir de esa vivencia, afirmó: “yo sé cómo cruzar fronteras… es mi superpoder”.
Reyna trasladó esa idea al mundo editorial en Estados Unidos. Señaló que solo el 7% de los autores publicados son latinos y describió ese entorno como “la migra del mundo literario”. Relató que 26 editoriales rechazaron sus primeros manuscritos y que el proceso evidenció barreras que hacen sentir a las personas migrantes que no tienen voz.
Para la autora, escribir se convirtió en una forma de recuperar esa voz y abrir camino a otras historias. Su trabajo literario responde a la necesidad de narrar la migración desde quienes la viven. En ese cruce entre vida y escritura, Reyna planteó que cada libro representa otra frontera atravesada.
En el diálogo, también subrayó la presencia constante de mujeres en sus historias. Explicó que su escritura responde a una experiencia personal atravesada por desigualdades y afirmó: “yo siento que siempre he estado luchando varias guerras”. Mencionó que, además del racismo, el mundo literario reproduce prácticas de sexismo que limitan la visibilidad de las autoras y de los personajes femeninos.
Al hablar de sus memorias, en especial de La distancia entre nosotros, indicó que quiso recuperar la forma en que las infancias viven la migración. Expuso que la voz de niñas y niños suele quedar fuera de los discursos públicos y literarios, a pesar de que la separación familiar y el cruce de fronteras marcan su experiencia de manera distinta a la de los adultos. Para ella, narrar desde ese punto de vista permitió mostrar “cómo nosotros la experimentamos”.
Igualmente, compartió que en su novela histórica “Corrido de amor y gloria”, quiso centrar la mirada en una soldadera durante la invasión estadounidense de 1846. A través de ese personaje, destacó la participación de las mujeres en los conflictos armados y su papel en la historia del país. La obra, explicó, busca recuperar la memoria de mujeres que arriesgaron su vida y que pocas veces aparecen como protagonistas en los relatos históricos, así como retratar a los soldados irlandeses que decidieron aliarse con México.
En ese sentido, comentó la migración como un fenómeno atravesado por la exclusión y el desconocimiento histórico. Señaló que en Estados Unidos no se enseña la guerra de 1846 ni el origen de la frontera, lo que refuerza la idea de que todas las personas mexicoamericanas “no pertenecen”. Recordó una frase que resume esa tensión: “Nosotros no cruzamos la frontera, la frontera nos cruzó a nosotros”.
La autora explicó que esa omisión histórica afecta la identidad de las comunidades mexicoamericanas y refuerza discursos de rechazo. Contó que, al llegar a California a los nueve años, creyó que no tenía derecho a estar ahí porque desconocía que ese territorio había sido mexicano. El aprendizaje de esa historia en la universidad cambió su percepción sobre pertenencia, idioma y memoria colectiva.
Al mismo tiempo, planteó que la migración abre oportunidades de encuentro y comprensión entre pueblos. A través de su investigación para Corrido de amor y gloria, conoció la historia del Batallón de San Patricio y la experiencia migrante irlandesa, hoy preservada en el EPIC (The Irish Emigration Museum). Ese vínculo histórico, explicó, muestra que la migración también construye alianzas y memorias compartidas entre comunidades que han vivido procesos de despojo y desplazamiento.
Agregó que una de las primeras diferencias culturales para las personas migrantes aparece en el idioma. Recordó que al llegar a Estados Unidos no hablaba inglés y que en la escuela la colocaron en un salón donde nadie se comunicaba con ella. Describió esa experiencia como una forma de despojo y la nombró con precisión: “bilingüismo sustractivo”. En lugar de sumar una lengua, muchas infancias migrantes pierden la materna.
Al volver a México, dijo que el idioma vuelve a marcar distancia. Comentó que al escuchar su español, muchas personas le dicen: “Tú no eres de aquí”. También mencionó pequeños choques culturales en dinámicas familiares y sociales que evidencian cómo la migración transforma hábitos, ideas y formas de relacionarse.
Grande habló del contraste entre las oportunidades educativas en Estados Unidos y las carencias que observó en su lugar de origen, Iguala. Relató que en su infancia no tuvo acceso a libros, bibliotecas ni espacios de formación literaria, y que ese acceso fue decisivo en su desarrollo como escritora. Esa comparación, explicó, le provoca una reflexión constante sobre las condiciones que enfrentan niñas y niños en contextos de pobreza.
También mencionó diferencias en la vida cotidiana y en la escala de preocupaciones. En Estados Unidos a veces predominan los “first world problems”, mientras que su experiencia personal la lleva a intentar no perder de vista lo esencial. A la vez, señaló que valora la participación de personas que se movilizan en defensa de comunidades migrantes, aun cuando no formen parte de ellas.
Reyna relató un episodio ocurrido en 2022 mientras grababa un documental en la zona de Tucson, Arizona cerca de la frontera. Contó que agentes de la United States Border Patrol detuvieron el vehículo en el que viajaba y la bajaron junto al director del proyecto “porque éramos los mexicanos del carro”. A pesar de mostrar su pasaporte estadounidense y responder que sí era ciudadana, dijo que no le creyeron y la retuvieron en la parte trasera de la patrulla, a la que las personas migrantes llaman “la perrera”.
La autora explicó que ese trato no fue un hecho aislado en la región fronteriza y recordó que, dentro de un radio de cien millas, las autoridades pueden realizar detenciones con base en perfiles raciales. Explicó que esa práctica afecta de manera cotidiana a personas migrantes e indígenas que viven en esas zonas.
A partir de ese episodio, insistió en la necesidad de recordar que la migración involucra personas y familias. Subrayó que, cuando se habla de políticas migratorias, “estamos hablando de seres humanos”. Añadió que las comunidades migrantes aportan trabajo, talento y diversidad cultural a los lugares donde llegan, y que la literatura puede ayudar a mirar esas historias desde una perspectiva más humana.
En el cierre de la charla, Reyna presentó su libro “Corazón migrante” como una continuidad temática de sus memorias anteriores. Explicó que en estos ensayos retoma la migración, la separación familiar y el trauma del lenguaje, ahora desde su experiencia adulta como mujer, madre, esposa y escritora. Indicó que el libro reflexiona sobre cómo esos hechos marcaron su vida y sobre la necesidad de romper ciclos en las familias y comunidades.
Comentó que también escribe sobre el proceso creativo y el papel de la escritura en su vida. Indicó que busca no centrarse solo en el trauma, sino en las lecciones y en la posibilidad de mirar hacia el futuro con otra perspectiva. Para ella, la escritura funciona como una herramienta personal para reorganizar la experiencia y encontrar sentido en lo vivido.
Al hablar del español, compartió una palabra que considera clave para entender por qué escribe: “desahogar”. Dijo que ese término no tiene equivalente en inglés y que expresa con precisión la necesidad de liberar emociones para “poder respirar otra vez”. Agregó que su condición bilingüe y bicultural le permite entrar y salir de dos lenguas y dos miradas del mundo: “somos lo doble de todo”.


