Historias Cotidianas
Por Víctor Ulín
Me sucede a veces que me encuentro un amigo de la infancia. Por más que me esmero en llamarlo por su nombre, solo alcanzo a recordar su apodo.
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Me apena y me da un poco de vergüenza la verdad no recordar su nombre y tampoco deseo llamarlo por su apodo, mucho menos ya siendo adultos y con los hijos o nietos escuchando.
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Cuando uno es adolescente, los apodos parecen normales. Cosas de jóvenes. Parte del ritual para ser integrante del grupo.
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Es común-pero no debería seguir siendo-, que cuando somos adolescentes nos pongamos o nos pongan apodos. Algunos no son tan ofensivos para quien tiene que portarlo el resto de su vida.
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Pero en general solemos ser crueles cuando se trata de buscarle un apodo al amigo o a la amiga, o al extraño que solo vemos pasar frente a nosotros. Casi siempre se busca algo físico que propicie la risa o el escarnio. No pensamos en lo que siente el amigo o el desconocido al que ya hemos estigmatizado.
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No hay apodos buenos o malos. Los apodos son apodos. Por más que digamos, por ejemplo, que lo comparamos con algo que no resulta a nuestros ojos ofensivo.
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Nadie nos preguntó, cuando niños, si el apodo que nos pusieron nuestros compañeros o amigos nos gustaba o disgustaba. Seguramente nos disgustaba, pero no teníamos más opción que quedarnos callados y aceptar. Era parte de esos códigos aparentemente inofensivos que después descubrimos que formaban parte de nuestra crueldad normalizada.
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Con el tiempo nos acostumbramos al apodo y hasta nos olvidábamos de nuestros nombres, ese que nuestros padres decidieron y formalizaron en el registro civil. Ese nombre que disputa con el apodo su legitimidad, pero que a veces suele imponerse contra nuestra voluntad.
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Hablamos muy pocos de los apodos. De sus repercusiones en la vida de las personas cuando ya son adultos y de pronto el hijo nos pregunta por qué del apodo. Quizá le demos una respuesta o simplemente sonreíamos mientras le acariciamos la cabeza.
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A nuestros niños de hoy, que también hablan seguramente por muchos de nosotros, no les agrada que les pongan apodos. Es uno de sus principales temores.
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Conocemos de lo que sienten nuestros niños por el reciente estudio exploratorio para conocer las experiencias cotidianas de los estudiantes de educación básica que Mexicanos Primero Jalisco (MPJ) realizó en escuelas, en su mayoría rurales, de los municipios de San Juan de los Lagos, Zapopan y Arandas, en el estado de Jalisco.
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Hay otros resultados interesantes que exploran inquietudes y prácticas cotidianas de nuestros niños que deben fortalecerse en tiempos en que la tecnología nos disputa también la paternidad.
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Lo que ignorábamos es que los apodos que les disgustan a nuestros niños también forman parte del acoso escolar o el bullying que padecen muchos en la escuela.
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Si los apodos de ayer, de otras generaciones, nos parecen fuertes, los de ahora suelen ser más crueles.
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No es fácil romper con una práctica que ha sobrevivido por generaciones, pero que quizá podamos visibilizar más con nuestros hijos en casa procurando el respeto y el amor al prójimo.
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Es en casa, primero, y en la escuela después, donde tenemos que cambiar o contener comportamientos o expresiones que por muy sanas que parezcan, lastiman la sensibilidad de nuestros niños, de nuestros hijos.
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Todos tenemos un nombre y es el que debería permanecer más allá de nosotros. El apodo, por muy gracioso que parezca, no es lo que deberíamos recordar de un amigo de la infancia. Llamarlo por su nombre debe ser lo normal.
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Por muy inocente e inofensivo que parezca, no hay nada que justifique los apodos.
Todos nuestros niños tienen derecho a ser felices. A no sufrir su infancia ni mucho menos a sustituir su nombre por un apodo que alguien les puso y que les pueda arruinar su autoestima en formación.
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Hay que escuchar a nuestros niños que pasan buena parte de su vida en las escuelas, desde el nivel básico hasta el superior.
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A los amigos y también a los extraños se les debe llamar por su nombre. Es cuestión de respeto y dignidad. Tenemos que combatir la crueldad en todas sus expresiones e impedir que gobierne en nuestros niños desde pequeños.
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