Oxímoron
Por Andy Hernández Camacho / @andybrauni coordinadora de La Mamá Cósmica / @lamamacosmica
Llegué a este febrero agotada.
No solo cansada: agotada.
Agotada en el cuerpo, sí.
Pero sobre todo en la cabeza.
Porque maternar no solo cansa las manos, cansa la mente. Y cuando la maternidad se cruza con diagnósticos, con el duelo silencioso que esos diagnósticos traen, con terapias, con regulación emocional constante, y además con adolescencias en el aula, planeaciones y seguimiento escolar, la mente no descansa nunca.
La carga mental no es solo hacer.
Es anticipar.
Es saber cuándo toca terapia sensorial.
Es recordar que a las seis hay sesión con la psicóloga.
Es pensar si hoy el ruido del salón fue demasiado.
Es prever cómo reaccionará ante un cambio de rutina.
Es llevar lo necesario “por si acaso”.
Es revisar el correo del colegio.
Es responder mensajes.
Es investigar, leer, ajustar, explicar.
Es traducir conductas que antes se llamaban berrinches y hoy sabes que son desbordes.
Y mientras mi mente organiza todo eso, también sostiene el otro espacio que habito: el aula.
Soy maestra de secundaria. Trabajo en un colegio privado donde los recursos existen, pero el recurso no siempre es el problema. Lo que a veces falta es empatía estructural. Comprensión real de que quienes educamos también cuidamos. Que quienes acompañamos procesos adolescentes también estamos atravesando procesos propios.
La docencia no termina cuando suena el timbre. La planeación continúa en casa. Las preocupaciones por un grupo no se apagan al cerrar la computadora. Acompaño emociones intensas en el salón y, al mismo tiempo, regreso a casa a sostener las de mi hijo.
No son dos vidas separadas.
Son capas superpuestas.
Una misma mente intentando no saturarse.
Spoiler alert: no siempre se logra.
En México, las mujeres seguimos cargando con la mayor parte del trabajo no remunerado del hogar. Pero no se trata solo de horas físicas. Se trata de la administración invisible: la planificación, la anticipación, la memoria activa constante. Estudios recientes señalan que las madres asumimos la mayoría del trabajo mental doméstico, y que esa carga se relaciona con mayores niveles de estrés, ansiedad y desgaste emocional.
No es exageración.
Es patrón.
Y en mi caso, a todo eso se sumó algo más.
Hace dos años, cuando apareció la palabra cáncer, el tiempo cambió de ritmo. Cirugía. Resultados. Espera. Chequeos cada cuatro meses. Aunque el desenlace fue favorable y no necesité quimioterapia, la vigilancia no desaparece. El cuerpo sana, pero la mente aprende a vivir en alerta.
Esa alerta también es carga mental.
No es solo recordar la próxima cita médica.
Es imaginar escenarios que no quiero imaginar.
Es anticipar resultados antes de que existan.
Es sostener calma para que mi hijo no perciba la sombra.
Y al mismo tiempo, el diagnóstico de mi hijo —TEA nivel 1 y TDAH— trajo luz, pero también duelo.
Duelo por la versión imaginada.
Duelo por las facilidades que quizá no tendrá.
Duelo por un mundo que no siempre será amable.
Duelo por todo lo que ahora sé y ya no puedo dejar de saber.
Ese duelo no se vive en una pausa contemplativa. Se vive mientras haces citas, reorganizas horarios, explicas, aprendes y acompañas.
Quiero decir algo con claridad: no estoy sola.
Tengo una red.
Tengo familia.
Tengo manos que ayudan.
Tengo amor que sostiene.
Y tengo al padre de mi hijo, presente, involucrado, acompañando de forma real y constante.
Y eso importa. Mucho.
Pero la carga mental no desaparece por tener apoyo. Porque incluso cuando alguien más ejecuta una tarea, la mente que organiza y anticipa suele quedarse en el mismo lugar. Además, mi red también carga lo suyo. Nadie está vacío de responsabilidades.
Lo que pesa no es la soledad.
Es la acumulación.
Me dicen que me cuide.
Que descanse.
Que me priorice.
Pero el autocuidado no puede ser únicamente individual cuando la carga es estructural.
No necesito solo una pausa.
Necesito corresponsabilidad real.
Necesito espacios laborales que comprendan que maternar no es un hobby.
Necesito políticas públicas que reconozcan el trabajo de cuidados como trabajo.
Necesito una sociedad que deje de asumir que las madres podemos con todo sin costo.
Porque el amor no debería doler en la cabeza.
No escribo esto para victimizarme. Ni para romantizar el sacrificio. Escribo porque estoy cansada. Y porque sé que no soy la única.
Maternar es amor.
Es aprendizaje.
Es expansión.
Las mujeres hemos sostenido generaciones enteras desde la logística invisible del amor. Hemos sido agenda, calendario, alarma, memoria, reguladoras emocionales, mediadoras escolares, cuidadoras médicas y trabajadoras productivas al mismo tiempo.
Y el costo no es abstracto. Es estrés. Es insomnio. Es ansiedad. Es una mente en vela incluso cuando el cuerpo se acuesta.
Por eso este texto no es solo un desahogo. Es una insistencia.
Necesitamos corresponsabilidad en casa.
Necesitamos empatía institucional en el trabajo.
Necesitamos políticas que respalden el cuidado.
Necesitamos dejar de romantizar el aguante femenino como si fuera virtud.
Y mientras eso cambia —porque tiene que cambiar— quiero cerrar distinto.
Quiero cerrar con un apapacho.
Para ti que también estás en vela.
Para ti que organizas el mundo mientras finges que no pesa.
Para ti que amas profundamente y aún así estás cansada.
No estás exagerando.
No estás fallando.
No eres débil.
Simplemente estás sosteniendo demasiado.
Y mereces descanso real.
Mereces apoyo estructural.
Mereces que el cuidado deje de ser una prueba de resistencia.
Porque el amor no debería quebrarnos.


