Las batallas de un Policía

Historias Cotidianas

Por Víctor Ulín

Ni usted ni yo vamos a saber qué pasaba en la mente de Edson ni tampoco lo que sentía cuando durante un convivio, en su día franco, le disparó a su compañero de trabajo, también Policía de Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco.
Por prejuicio, estamos acostumbrados a sentenciarlos a partir de los hechos y no precisamente de las causas que puedan provocarlos, y a sostener públicamente que los policías siempre son los culpables cuando protagonizan algún altercado con algún ciudadano o ante la presunción de un soborno de terceros o gresca entre lo compañeros de la corporación.
Muy pocas veces, o casi nunca, nos detenemos a pensar lo que vive y siente un Policía Municipal, el de abajo en categoría y percepción salarial en la pirámide de los elementos de seguridad, que es muy probable que cualquier día de estos ya no vuelva a su hogar con su esposa e hijos que lo van a extrañar, porque puede fallecer en el cumplimiento de su deber.
A veces o muy a menudo olvidamos que los Policías Municipales son igual seres humanos e imperfectos como nosotros. Que pueden estar librando más de una batalla: la necesidad de mantener un trabajo para poder sostener a la familia y la presión de los jefes y el miedo por tener que laborar en uno de los empleos más peligrosos del país. Hay, en esas emociones, mucha ansiedad y estrés que es lo que no vemos ni mucho menos procuramos entender. Ellos también se deprimen. Se frustran, no es ningún pecado, como nos pasa a muchos de nosotros que no andamos exponiendo nuestras vidas.
En el 2025, la organización civil Causa en Común registró 348 asesinatos de policías en el país y 16 en Jalisco, según estimaciones derivadas de la prensa.
Los policías -hombre o mujer-, también suelen tener conflictos familiares, se preocupan por saldar las deudas mensuales en la tienda departamental, por juntar el dinero para comprar la comida, la ropa y zapatos de los miembros de la familia, donde usualmente hay uno o dos hijos, en promedio, y porque todo vaya bien en casa: desde la limpieza hasta el pago del recibo del agua, de la luz, del gas.
A la par, lidian a diario con los superiores que suelen estar la mayor parte del tiempo en oficinas, y con la incertidumbre de lo que pueda pasar en la siguiente vuelta de las calles que transitan en las colonias o zonas residenciales para prevenir y combatir el delito con balazos si es necesario, y para proteger nuestras vidas, lo reconozcamos o no de vez en cuando.
Cuando tienen algún enfrentamiento con delincuentes y logran salir ilesos se deben acumular en su cuerpo un sinnúmero de emociones y no dudo que hasta repriman el llanto por salvar la vida, mezclado con alegría y un sabor amargo. Ese que se siente cuando el peligro acecha y se esquiva, no se vence, a la muerte.
¿Quién de nosotros ha empuñado un revolver para salvar la vida de un desconocido que después se erige en nuestra contra, como la mayoría de nosotros lo hacemos, como el más implacable de los jueces que solo busca aplicar la ley y no hacer justicia? Los policías son los únicos que se la pasan protegiendo y salvando al prójimo.
No creo que ningún Policía deliberadamente se haya reclutado solo para dañar al prójimo, para asaltarlo o matarlo. Si no hay vocación, le puedo asegurar que hay mucho humanismo en ese hombre o mujer que porta el uniforme azul.
Por lo sucedido con Edson, es que hoy sabemos que en la Policía Municipal de Tlajomulco, según el Comisario Eduardo Silva, hay 362 elementos, de entre un total de 700 y 800 que son parte de la corporación, que sufren agotamiento físico, emocional y mental crónico, síntomas propios del Síndrome de Burnout, en niveles menores y altos.
Entonces, casi la mitad de los policías de Tlajomulco de Zuñiga viven en el límite todos los días que tienen que salir a patrullar por las calles de su municipio, en la zona urbana y rural.
En apariencia están bien. Pero por dentro se amotinan sentimientos encontrados que difícilmente permiten la concentración. Pero salen a trabajar.
Ni su mente ni sus emociones están en consecuencia debida y completamente en paz en su jornada laboral, mucho menos si hay problemas en casa o si algún compañero cercano o de otra corporación fue abatido en el cumplimiento de su deber en el más reciente de los enfrentamientos con la delincuencia.
Tampoco dudo que, como seres humanos que son, también deben sentir miedo de morir y de no regresar a sus casas.
No. No empecemos a compararlos con otros o nuestro trabajo para tratar de minimizar las difíciles circunstancias en las que laboran los policías de Tlajomulco y de todos los municipios de Jalisco y de los demás Estados, donde las condiciones laborales y un seguimiento y atención a lo que piensan y sienten, siguen siendo una asignatura pendiente por más que se hable de mejoras en sus salarios y de la compra de equipos para mejorar su desempeño. Hay que pensar más a los policías desde su condición humana y no solo material.

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