La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo».
Me encanta ese arranque. Me parece que sólo en esa línea está contenida toda una historia redonda y contundente. Pero es, lo sabemos, apenas el comienzo: así inicia Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, uno de los libros más importantes no sólo de las letras mexicanas, sino de la literatura universal.
Hoy recuerdo Pedro Páramo por tres razones: porque el año pasado se cumplieron 70 años de su publicación, este año se cumplieron 40 años de la muerte de Juan Rulfo y el próximo jueves, 23 de abril, la historia creada por el escritor jalisciense será la protagonista de la lectura en voz alta organizada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como parte de la fiesta por el Día Internacional del Libro.
He leído Pedro Páramo varias veces. No me acuerdo cuántas. La primera vez que lo leí, no le entendí nada. Pasé de largo en la lectura, obligado para un reporte escolar, y dejé arrumbado el libro mucho tiempo. Hasta que un día lo volví a abrir, ya con otros ojos, y entonces quedé maravillado: por su estructura, claro; por la habilidad de Rulfo para crear escenarios; por su maestría para construir los diálogos. A partir de entonces, he vuelto a leerlo, decía, varias veces. Ya sé que es un lugar común, pero cada vez que lo leo descubro cosas nuevas o me resuenan pasajes que antes me habían pasado de largo. Si el arranque me encanta, todavía me estremezco cada vez que releo el final: «Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras». Qué chulada.
En una entrevista que le hizo Fernando Benítez, Juan Rulfo dice que la historia de Pedro Páramo estuvo en su cabeza desde 1939. Cuenta que en la búsqueda de darle forma a la novela empezó a escribir cuentos, de modo que:
“la práctica del cuento me disciplinó, me hizo ver la necesidad de que el autor desapareciera y dejara a sus personajes hablar libremente, lo que provocó, en apariencia, una falta de estructura. Sí, hay en Pedro Páramo una estructura, pero es una estructura construída de silencios, de hilos colgantes, de escenas cortadas, donde todo ocurre en un tiempo simultáneo, que es un no-tiempo. También perseguía el fin de dejarle al lector la oportunidad de colaborar con el autor y que llenara él mismo esos vacíos. En el mundo de los muertos el autor no podía intervenir”.
Sobre la estructura de la novela, que presenta la historia de manera no líneal, se ha escrito mucho. Seguramente es una de las estructuras literarias más estudiada y analizada en las escuelas. Pero a mí lo que de verdad me gusta es la anécdota que parece chiste.
No me acuerdo dónde y en voz de quién la escuché. Decía, palabras más, palabras menos, que un día Juan Rulfo entró, exultante y con un altero de hojas, a la oficina que compartía con Juan José Arreola y Antonio Alatorre (otras versiones incluyen también a Alí Chumacero).
—¡Por fin! ¡Ya la terminé!
Se refería, por supuesto, a Pedro Páramo (que, como se sabe, en un principio se llamó Los murmullos). Era tal la excitación de Rulfo, que se tropezó y dejó caer la novela, cuyas hojas quedaron regadas en la oficina. Todos se pusieron a recoger las páginas que, mala suerte, no estaban numeradas. Mientras Rulfo se lamentaba, Arreola se puso a leer el altero, que había sido acomodado al azar y, por consecuencia, había devenido en una historia completamente fragmentada y sin orden.
—¡No te preocupes, Juan!—, habría dicho Arreola. —¡Así déjala, quedó muy bien!
Y ese era el origen de la estructura narrativa de Pedro Páramo. No sé si la anécdota es verídica. Dicen que la contaba Arreola y con él todo podía pasar, pero me gusta creer que sí.
Anécdotas aparte, sólo es necesario darse un paseo por Google para recuperar algunas de las ideas que han expresado multitud de autoras y autores sobre la obra de Juan Rulfo, en general, y sobre Pedro Páramo en particular. Tres ejemplos rápidos:
«Yo leí Pedro Páramo y El llano en llamas por primera vez en una traducción para el portugués y sentí el mismo impacto que Gabo (García Márquez) sintió: me quedé impresionado con la riqueza polisémica de los textos de Rulfo, que pueden, que fuerzan, que exigen que el lector participe creativamente. Carlos Fuentes dice que, con Pedro Páramo, Juan Rulfo aseveró que toda gran visión de la realidad es un producto de la imaginación”, dijo alguna vez el brasileño Rubem Fonseca.
«Pedro Páramo y El llano en llamas, que descubrí cuando tenía unos 20 años, han sido de las experiencias más fuertes en mi vida de lector. Libros mágicos, libros intensos, libros misteriosos como la carrera de su autor —aunque la palabra “carrera” no va bien con Rulfo, pienso que valdría más hablar de destino», ha dicho el francés Emmanuel Carrère.
«Lo que busco es ampliar la conversación acerca de Rulfo. Porque es verdad que era un gran lector de antropología y etnografía, pero no darle oportunidad a esta otra visión es reducir su complejidad. Para que algo suene tan natural como Rulfo, tienes que trabajarlo horas y horas en el artificio. A veces decir que escribe como hablaban los bisabuelos no es un elogio, es poner en duda su inmenso talento. Él no reprodujo un habla: la inventó. Fue un hombre en estado de alerta que pensó, digirió lo que vio, detectó cosas a veces consciente y a veces inconscientemente y las trabajó en sus libros», expresó un día Cristina Rivera Garza.
Y así podríamos seguir, porque como decía al inicio de este texto, Pedro Páramo es considerada como una de las obras más importantes de la literatura universal.
Pero uno puede decir y escribir muchas cosas y sumarlas a las muchas otras cosas que ha dicho y escrito otra tanta gente. Al final, lo mejor es agarrar el libro y unirse a Juan Preciado y Abundio para caminar “cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros. Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto”. O en la de abril, o en la del próximo jueves. Hasta llegar a Comala.


