Moscas: el dolor tiene remedio

El Ojo y la Nube

Por Adrián González-Camargo  / @adriangonzalezcamargo (IG)

Es posible que Guadalajara, la Ciudad de México, Monterrey u otras ciudades del país hayan sabido ocultar muy bien o no una pandemia de soledad que se extiende. Conozco muchas personas que viven solas. Seguramente usted también.Algunas de estas personas solitarias lo han hecho por elección; otras, porque sencillamente no tienen de otra. Unas, por ejemplo, porque no han podido superar una muerte. La de su madre, la de su padre, la de una hermana o hermano. Y entonces se esconden en sí mismas porque no han aprendido a buscar, a saber observar ese dolor que llevan dentro. Otras, por otro lado, viven solas porque tuvieron que migrar y se dieron cuenta que las ciudades, ese nuevo campo invisible de batalla que los carteles inmobiliarios tienen cooptados, provocan la alienación urbana y, por tanto, imaginaban vivir en un lugar específico pero la realidad, siempre con una mandíbula más afilada que cualquier pesadilla, decidió morder y entonces la persona migrante tiene que reconsiderar y, por tanto, elegir un lugar para vivir en soledad, lejos de los epicentros urbanos. No siempre hay soledad en el dolor… o dolor en la soledad. Si la persona solitaria ha elegido su soledad a partir del dolor, es posible, que haya olvidado que el dolor se resuelve de diferentes formas. Y justo será imprescindible hacerle notar que en comunidad, el dolor se puede hacer un poco más pasajero.

Moscas (Fernando Eimbcke, 2026) es una película mexicana, filmada en blanco y negro, en espacios privados y públicos de la Ciudad de México. Entre millones de historias, conocemos la de un niño, Cristian y su padre; la madre de Cristian está hospitalizada. Una mujer, Olga, posee un departamento vecino al hospital donde se encuentra la madre de Cristian. Olga renta habitaciones y pelea contra las moscas.

Las estructuras son contrastantes entre sus personajes. Mientras que el niño y su padre tienen que ir y venir, poniendo sus pies donde apenas se les permita, Olga mantiene una rigidez y cerrazón que, conforme avance el filme, sabremos cuál es su origen.

El Dolor en Moscas no tiene que explicarse. No solo al interior del relato, sino porque su naturalidad es la que encontramos si somos pacientes, parientes de pacientes o simplemente transeúntes sensibles que hayamos estado cerca de esas filas enormes afuera de los hospitales públicos de nuestro país. Moscas nos recuerda que nos hemos acostumbrado a convivir con amarguras y dolores, que parece que es normal no tener dónde dormir, porque alguien que vive en eso que se llama provincia, tiene que forzosamente trasladarse a otra ciudad para recibir atención médica del estado… y que Dios o el Diablo le bendiga, porque el Estado no lo hará.

Ahí empieza, aunque no con facilidad, la generación de comunidad. Sin develar la trama: Moscas nos dice, con mucha sutileza, que la comunidad se necesita ante esta ausencia del Estado. Que el dolor debe doler, pero que también puede haber risa y distracciones. Que la persistencia no es solo adulta. Que la esperanza de la tenacidad reside en las infancias. Y, definitivamente, que el dolor tiene remedio.

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El ojo y la nube
El ojo y la nube
Adrián González Camargo es cineasta, escritor y académico. Estudió el Doctorado en Arte y Cultura por la UMSNH y una maestría en guionismo con la beca Fulbright-García Robles en CSUN. Se ha dedicado a la gestión cultural, producción radiofónica y al análisis de textos artísticos. Es profesor de la Escuela de Humanidades y Educación del Tec de Monterrey, Campus Guadalajara.

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