El ojo y la nube
Por Adrián González-Camargo / @adriangonzalezcamargo (IG)
El cine mexicano ha mostrado una capacidad enorme de crecer… o de implosionar. En ocasiones parece que aprendió a nadar hace poco y que solamente unos cuantos lo aprendieron bien. Y si bien algunas de las escuelas de cine suelen generar estéticas aburridas, y en momentos pazguatas, hay algunos ejemplos que pueden ayudar a que se salven sus egresados de repetir esas somnolientas películas.
Uno de esos garbanzos de a libra es la reciente La reserva. La historia narra cómo una mujer guardabosques tiene que enfrentarse a todos: su mamá, la comunidad, la invasión extranjera (local), a no ser la madre biológica de su hija, etc. Pero sobre todo a la invasión de tierras qué, por consecuencia, no solo afectará a la reserva pues los invasores son talamontes. Además, quiénes están detrás de los talamontes, que sagazmente son referenciados, nunca son exhibidos dentro del filme. La película está realizada en un interesante blanco y negro, en una reserva ecológica del siempre amado y también siempre vapuleado estado de Chiapas.
La reserva tiene, como pocas películas mexicanas, un ritmo constante que es aprovechado. No necesitamos ver a los verdaderos enemigos de la reserva ni de su defensora principal; tampoco necesitamos que nos cuenten poco a poco cómo se desplaza una familia y cómo gana terreno el crimen organizado.
Además, el filme está realizado con actores no profesionales; y, si bien son personas que no se dedican profesionalmente a la actuación, el director hace un inteligente homenaje a los preceptos del cineasta francés Robert Bresson, cuando dijo que Crear no es deformar o inventar personas o cosas. Es establecer relaciones nuevas entre personas y cosas que existen y tal como existen.
Por otro lado, hay ejemplos del más reciente cine mexicano que parece pataleos o chapoteos en la alberca. Un ejemplo de este cine mexicano que se mete el pie solito es la película Una canción sobre lo que sea. Después de verla, uno no puede evitar concluir que cuando el cine mexicano se propone ser deplorable, lo logra.
La película tiene una carencia estética, que podría llegar a superarse, si el discurso, la narrativa o la temática lo sostuviera. En la historia reciente de películas mexicanas, han existido filmes que son carentes o pobres en términos formales, como Workers o Las búsquedas, pero que sus temas contribuían a que no se vieran filmes carentes.
Independientemente de su incapacidad artística, el director de Una canción sobre lo que sea ha hecho algo muy grave: eliminar por completo la voz y la presencia de la clase trabajadora mexicana. Si lo hizo consciente o inconscientemente, no lo sabemos. Sobre esto, me refiero a una secuencia en particular.
Dos amigas se reencuentran. Una es una artista clasemediera buscando ‘romperla’ en la industria de la música. Otra es una hija de migrantes suizos, de clase acomodada, que posee una empresa de asesoría financiera. La amiga artista, lo cual es casi una obviedad, viene a pedirle ayudar a la amiga rica. Para ello la visita en su departamento de lujo. Ahí es recibida por una joven mujer que trabaja como apoyo doméstico. Las amigas se sientan en una sala y comienzan a reconectar, pues sus caminos se habían separado hace muchos años.
La secuencia podría funcionar. El gran problema es que en ese espacio (sala, que también es comedor) está sentada, fuera de campo, esa joven mujer que trabaja en el departamento. La conversación, que es uno de los momentos más aburridos del cine mexicano reciente, no sería una incomodidad si no fuera porque toda la conversación es escuchada por esa mujer que está fuera de campo y, por tanto, excluida.
El fuera de campo en el cine funciona de la siguiente forma: uno como espectador comprende cómo funciona un espacio a partir de la manera en que la directora o director posiciona la cámara. Si escuchamos algo que está en ese espacio, aunque no lo veamos (es decir, se vea en el ‘campo cinematográfico’), podremos integrarlo a ese espacio. Como espectadores, el lenguaje cinematográfico no necesita darnos mucho para poder adivinar cuáles son los límites de ese espacio. Por tanto, si la acción sucede en un espacio, como es en este caso, una sala-comedor, tendremos que mantener la conciencia de todos los elementos en este espacio.
El fuera de cuadro, entonces, nos ayuda a comprender espacialmente lo que sucede. Y, si como espectadores ya habíamos establecido quiénes están en ese espacio, tendremos que considerar durante el tiempo que dura la escena que a alguien se le está ausentando deliberadamente. Por tanto, la escena puede interpretarse así: mientras la clase artística busca apoyo (moral o económico) de la clase privilegiada, la clase trabajadora tiene solo un propósito: esperar a que se le den indicaciones para servir a ambas.
Por otro lado, el filme La reserva no necesita usar el fuera de cuadro en cada secuencia. El foco está, de principio a fin, en el personaje que luchará contra todos y que cree con vehemencia en defender la reserva natural, por tanto, la naturaleza. El mal es el que está ausente. Muy ausente, justo como en la realidad. Y como en la realidad mexicana, quienes pelean por el bien común es quienes pierden más y quienes son vapuleados, más pronto que tarde.
En particular, La reserva logra con un tono justo y constante una denuncia cuya replica debemos como sociedad continuar escuchando y, sobre todo, atendiendo para llevar la apreciación de una obra hacia la agencia social y política. Así, La reserva contribuye a que sigamos creyendo en el cine mexicano, el cine que cuenta lo necesario, lo justo y que tiene, como si fuera una orquesta, todos los instrumentos bien afinados y en el tempo preciso. Mientras que Una canción… se queda así… en puntos suspensivos.


