#Entrevista
Gabriel no sólo revela la historia de un malabarista multidisciplinario, sino la de un hombre que resiste desde el arte y demuestra que, aunque poco valorado, cualquier escenario es digno.
Por Ángel Fernando Alonso Márquez
Ilustración de portada: @yurigontapimacha
Foto interior: @arodithat.
Gabriel con frecuencia se enfrenta a la incomprensión del público. A veces lo reducen a “malabarista de semáforo”, pero él ha construido una identidad artística completa con vestuarios, maquillajes, actos distintos y presencia escénica. Para él cada evento es una nueva oportunidad para mostrar su habilidad técnica, y afirma, “Intento profesionalizar lo que hago”.
Con la meta de recorrer el mundo gracias a su trabajo más tatuada que sus propios tatuajes. Sus palabras revelan la seriedad de quien sabe que el arte puede nacer en la calle, pero no tiene por qué quedarse ahí.
Es así como entre el sonido del tráfico y con el cielo que se desangra en tonos de ocaso, Gabriel ofrece un destello de su talento malabarístico. Se acomoda el sombrero que cubre su cabello sostenido por el gel y corre desenfrenadamente para no perder tiempo. Hace girar un balón y lo acomoda sobre su sombrilla roja, azul y amarilla. Abre la sombrilla y, con la mano derecha, prepara las tres clavas que malabareará. Conla izquierda eleva la sombrilla a su frente. Entonces comienza su minuto.
Con maestría desafía la gravedad y con destreza mantiene no solo el equilibrio y la fluidez en sus movimientos, también, a sus espectadores pendientes de su siguiente fantasía. En un momento el sombrero cae al suelo; lejos de ser un error es parte de la presentación. Hábilmente lo levante con el pie y lo devuelve a su cabeza con naturalidad. Con el tiempo sobrante recorre la fila de los carros y regresa a la banqueta.
Gabriel se apropió del malabarismo gracias a sus amigos, que despertaron en él la llama de la curiosidad que iluminó su camino. El cual comenzó en las húmedas calles de Veracruz, un puerto que respira café, donde Gabriel, junto a sus padres, comerciaban el aroma que le da vida a la región.

Desde hace 10 años reside en Guadalajara, pero ha recorrido más partes de México a lo largo de sus 15 años de trayectoria. En ese andar, no sólo exploró nuevos territorios, sino también nuevas disciplinas: como la mixología y actos del circo clásico, que terminaron convirtiéndose en espacios donde su creatividad también encuentra fuego. Estas insaciables ganas de crecer y profesionalizar su hacer lo han llevado a trabajar en eventos privados y participar en el Mazacircus, una de las más grandes reuniones de malabarismo a escala nacional.
Con el pecho alzado y la determinación marcada en la voz, Gabriel se define como “malabarista multidisciplinario”, una frase que resume su deseo de no quedarse estancado en un solo acto. Es por eso por lo que toma clases constantemente, experimenta con nuevas técnicas y busca formas de expandir sus habilidades. Su formación es un proceso continuo, alimentado de una disciplina que, en sus palabras, “nunca se acaba, pues no hay un momento donde digas: ya me sé todos los trucos, ya acabé”.
Dentro de este arte, hay trucos que requieren años de entrenamiento y precisión milimétrica, pero que no siempre sorprenden a la gente. Él, decepcionado y frustrado por la incredulidad de la gente menciona, “a veces hago cosas muy difíciles y la gente no lo entiende, en cambio, números que visualmente parecen más extremos, como los machetes, despiertan mayor asombro, aunque técnicamente no siempre sean los más complejos.” Esa diferencia lo ha llevado a diseñar actos vistosos, pensados, para atrapar la mirada incluso de quienes tienen solo un minuto antes de que la luz cambie a verde. Por eso cuida su presentación con la atención que un hijo requeriría. Y aunque su escenario, en ocasiones sea el asfalto, suele caracterizarse con su distinguida barba de candado, un moño, una corbata, o una camisa para mostrar que lo suyo no es solo improvisado. Sino un acto preparado con intención.
Gabriel es lo que yo definiría como un científico del arte. Un hombre que utiliza el semáforo como un laboratorio, un espacio donde puede ensayar trucos nuevos o pulir los ya conocidos, y donde además obtiene un pequeño ingreso. Pero no todo es sencillo. Las calles feroces, inseguras e impredecibles están repletas de tensiones y personas territoriales que, en sus palabras, “se ponen pesados y reclaman las avenidas como si fueran suyas”, convirtiendo a su escenario en un lugar hostil, donde es complicado cargar con la mochila que guarda los materiales con los que deslumbrará a su público cuando el semáforo cambie de color.
“pip”, suena el semáforo.
“chh”, frenan los autos.
Ese es su llamado a la improvisación, al repentismo, a la creación. Corre nuevamente, pero ahora deja la sombrilla y el sombrero. Eleva el balón y lo domina con la frente. Sin perder la concentración, malabarea las clavas. Y es aquí donde se entiende que sus malabares no solo lanzan objetos. También lanza un mensaje de constancia y entrenamiento. Su trabajo es, en sí mismo, un pequeño manifiesto sobre la presencia del arte donde menos se le espera. Su oficio no se limita a entretener: ordena el caos, interrumpe la rutina y ofrece un instante de pausa para quienes están atrapados en el tráfico.
Es por eso por lo que los adultos se detienen a felicitarlo, aagradecerle ese minuto de distracción en medio del estrés cotidiano. Mientras que los niños se limitan a verlo con cara de asombro, fascinados por lo que hace, emocionados e incrédulos ante lo que están viendo.
La historia de Gabriel es, en apariencia, la de un malabarista que se abre paso entre el tráfico, los semáforos y las horas duras de la calle. Pero bajo esa superficie vibra algo más profundo: el relato de un creador que lucha por dignificar un oficio que demasiadas veces es reducido a una mirada rápida, un estereotipo o un prejuicio. Su vida, extendida desde las calles húmedas del puerto de Veracruz hasta las avenidas aceleradas de Guadalajara, es parte de un largo recorrido que viven miles de artistas urbanos en México: la búsqueda por convertir un acto que nació entre la necesidad y la curiosidad en una profesión reconocida, legitima y valorada.
Esa es la paradoja que habita en el corazón de su trayectoria. Gabriel ha encontrado en la calle una maestra exigente, dura e impredecible, pero al mismo tiempo un taller abierto, un laboratorio de experimentación donde lo técnico, lo visual y lo emocional se ponen a prueba frente a un público que nunca es el mismo. Su historia nos recuerda que no todos los aplausos se escuchan, no todos los escenarios tienen luz y no todo arte viene acompañado de fama.
Y quizá por eso su presencia en la calle adquiere un significado final: Gabriel malabarea sueños, dificultades, expectativas, prejuicios y esperanzas. Y en ese equilibrio frágil, pero persistente, demuestra que el arte puede sostenerte incluso en los lugares donde nadie lo espera.
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Esta entrevista fue elaborada en el marco del Laboratorio de Información, el cual es parte del proceso formativo de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO.


